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El contador de palabras del documento que estoy escribiendo ya indica cerca de 38 mil (son una parte de todas mis publicaciones de grosso modo), las he revisado y leído una y varias veces sin encontrar una pizca de genialidad en ninguna de ellas. Se trata de un diario vulgar y corriente que podría escribir cualquier persona capaz de hilar dos palabras para conjuntar una oración. Incluso aquellos cuyo lenguaje telegráfico no les permitiera escribir seguramente podrían elaborar un discurso tan carente de valor como el que en este momento estoy tecleando.

El único que lee esto soy yo mismo y por eso me lo he tomado como una especie de terapia: una psicoterapia grupal donde participan en conjunto Daniela y Omar y que no dista mucho de lo que se realiza en los consultorios de los psicólogos empedernidos. Cada uno habla de un tema que le ha movido en los últimos quince días, si acaso llegamos a poner atención en lo que escribió el otro es básicamente por error, por un descuido, por querer buscar una historia común que ya hace años no se pueden ligar porque somos personas distintas, lejos los unos de los otros, que amamos y disfrutamos cosas diferentes pero compartimos cierta patología que nos ata a esta “cura del habla”.

Tengo tres historia qué contarme a mí mismo. La primera involucra a tres mujeres… cuando digo mujeres pareciera que quien escribe es un hombre en toda la extensión de la palabra. Pero mi hombría está muy por debajo de lo que esperaría para mí en estos momentos, ¿qué es ser hombre después de todo? ¿es ser competitivo? ¿es tomar la iniciativa y demostrar seguridad en momentos donde los débiles flaquean? Para mi, convertirme en hombre no es una cuestión de roles ni de género, significa crecer, madurar, conocer y hacer lo que yo quiera teniendo como único motivo y justificación poder decir “lo hice porque quería hacerlo”.

La segunda historia es sobre proyectos. La mayoría de los proyectos que nos proponemos llevar a cabo comparten una característica: son mediocres, casi todos tienen que ver con ganar dinero, obtener reconocimiento social, convertirnos en figuras públicas, un mejor trabajo… cosas insignificantes. ¿Quién de verdad antepone sus intereses personales para otorgarle un valor a la existencia de la humanidad? Las personas somos egoístas y cortas de entendimiento porque dejamos atrás a nuestros homólogos que hicieron esos sacrificios para enseñarnos las lecciones de la ética y la moral. Ahora nuestros héroes y modelos a seguir están en la televisión: son narcotraficantes, personajes de ficción, motociclistas, delincuentes, Walter White… Nos hemos orillado a eliminar de nuestro repertorio todos aquellos símbolos de paz, matamos todo lo armonioso y elevamos en altares el caos, la podredumbre y la mierda.

La tercer historia es sobre amor y felicidad. Esta por supuesto es blasfema e inexistente. De tal modo que habré de buscar otros relatos para compartir conmigo mismo, pero tendré que esperar otros quince días para mi próxima sesión de terapia grupal grossomodera en la que tal vez cuente porqué me corté el cabello.

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