Tengo 24 años. La primera vez que me subí a un avión tenía siete. Fui a Disneylandia. Estaba emocionada porque mi papá se encargó de que su entusiasmo opacara el miedo de mi mamá ante el vuelo y nos lo contagiara lo menos posible. Mientras escribo esto me doy cuenta de que esa ha sido una de las principales influencias de mi papá en mí: encargarse de que el miedo y la depresión heredados de mi mamá no sean más fuertes que las ganas de vivir y de conocer el mundo que heredé de él. No sé si me estoy explicando bien, pero para mí esto ha sido una pequeña epifanía. Les decía, fui a Disneylandia. Mi hermano menor creía que Disney estaba en León, ahí se subió al avión y ahí se bajó, durmió ambos vuelos así que para un niño de cinco años fue lo más fácil de suponer. Recuerdo que me gustó la comida del avión, que creía fielmente que mi papá hablaba inglés y que se sabía todos los caminos y todas las respuestas. No dudé ni por un momento de que estaba conociendo al único y verdadero Mickey Mouse y que en ese lugar maravilloso vivían todos felices para siempre. Me subí por primera vez a una montaña rusa, supongo que me habrá gustado lo mismo que me aterrorizó. No lo recuerdo bien. Era muy inocente. La cantidad de vuelos que he tomado después de eso es difícil de calcular, aproximadamente cuarenta, la mitad de ellos en los últimos dos años. La emoción y el entusiasmo se fueron transformando en nerviosismo y en miedo. He ido a un par de lugares en lo que sigue pareciendo que la gente vive feliz para siempre, incluso he creído que puede ser ese mi destino. Pero dicen que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Así que, tal vez estúpidamente, sólo he vuelto una y otra vez a lugares que me siguen debiendo algo. A lugares donde tengo cuentas pendientes. A reunirme con personas que creo que tienen respuestas. Siempre intento que mi equipaje sea ligero, pocas veces lo he logrado. Cargo con demasiado, y eso me está afectando de muchas maneras. Estoy añorando porque me voy otra vez, es la verdad. No sé quedarme quieta y menos tranquila. Como muchas de las decisiones que he tomado últimamente, fue inspirada por un motivo que se evaporó acto seguido y ha ido cobrando nuevos significados al pasar de los días. Me pregunto si este tren en el que me subí va a parar alguna vez en su último andén. Me pregunto si existe un último andén o si voy a vivir haciendo maletas y huyendo de los sitios que me atormentan. Me pregunto si hay un lugar para mí, si hay un lugar en el que mi alma se vaya a sentir quieta y contenta. Si encontraré alguna vez la combinación correcta de sitios, actividades y personas que me hagan sentir plena por suficiente tiempo como para que parezca permanente. Me pregunto si esa palabra me va a dar tranquilidad y no terror algún día.

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