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“Era un vasto y caótico basurero creado por monstruos prehumanos o subhumanos en un delirio de codicia. Era un mal sueño y hacia el final eché a correr, con asco y repugnancia (…)” dice Henry Miller para referirse a su reencuentro con su ciudad natal: Nueva York.

Desconozco si a todos les pase esto, pero hay días en los que cualquier lugar en el que me encuentre me produce una sensación similar. La epítome me nuestro país: la Ciudad de México suele producirme este malestar, con excepción de cuando visito los vestigios de lo que alguna vez fue. Cuando uno camina por el palacio de Bellas Artes o el Castillo de Chapultepec definitivamente parece que está en otra ciudad, en una ciudad donde se aprecia el arte y se venera nuestra cultura. Hubo un mural en particular que creo que todo mexicano debería de conocer, yo me siento molesto de no haberlo visto antes: Liberación o la humanidad se libera de la miseria de Camarena. Los artistas pintaban murales para llevarles arte al pueblo y al parecer Camarena quiso darnos algo más que arte, libertad.

El resto de la ciudad parece corrompido. En ninguna lugar había podido observar más claramente la fusión de la opulencia y el tercer mundo mejor que en el DF. Pero no es cosa de la capital, todo el país es así, Juriquilla, donde vivía, es otro ejemplo de ello pues bastaba caminar un par de calles para encontrarte a la gente más humilde rodeada de casa habitación construidas en masa para albergar a la gente acomodada de la ciudad, que poco a poco camina por el mismo sendero que despojó de su esencia los bellos lugares que hablan de nuestro pasado y nuestro futuro.

Me siento decepcionado de mí mismo, de mi país y de nuestra gente. Ya no deseo escribir más.

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