monta;a

Es una puta montaña rusa. Ya no lo soporto más. Hay días en los que estoy extasiada y grito y levanto las manos y abro los ojos y veo todo pasar a velocidades incontrolables y los colores son maravillosos y los gritos de las demás personas suenan a música para mis oídos y quisiera que el viaje no acabara nunca. Y hay días -como hoy- en los que lo único que quiero es desabrocharme el maldito cinturón que aprisiona mi pecho y salir volando para que se acabe la tortura de tener que ir montada en un carrito que no va a ningún lado, que se silencien los gritos de los desconocidos que me rodean y se detengan las luces y los colores que no hacen más que cegarme. No importa si eso implica que yo me haga mil pedazos, de cualquier forma así me siento por dentro. Quiero que termine. Los días de luz todo son flores y colores y esperanzas, aromas deliciosos, sabores exquisitos, siento la sangre correrme por las venas, mis ojos brillan y mi creatividad se exacerba. Los días de sombra no quiero abrir los ojos porque todo se ve a través de un velo gris cada vez más opaco y cada vez más impenetrable, no quiero escuchar nada porque cualquier palabra suena a desesperanza, no puedo hacer planes porque todos son un recordatorio de que voy a morir, pero no sé cuándo. Los días de risas cualquier frase es un chiste, cualquier gesto un pretexto para una travesura, cualquier insinuación una declaración de amor. Los días de lágrimas no paro, comienzo y no puedo detenerme, me escondo para que nadie me vea, porque me avergüenza. Me avergüenza admitir que padezco, que sufro y que no sé cómo controlarlo a pesar de todas las condecoraciones que se me endilgaron. Me avergüenza no tener la respuesta, no encontrar la solución y no saber dónde buscarla. Las lágrimas son cada vez más, y cada vez más saladas. El dolor que las motiva a salir es genuino, todas las veces como si hubiera muerto alguna parte dentro mía que disfrutaba la vida y que no voy a volver a ver jamás. Como si hubiera muerto la alegría y su risa no se volverá a escuchar nunca a través de mi voz. Los días buenos no hace falta más, me levanto, me ducho, me arreglo, ni siquiera reparo en mi aspecto porque sé de sobra que es bueno. Los días malos no hace falta más, no quiero salir de la cama, me siento indigna de sentir el calor del sol en la piel porque soy un fracaso y una decepción para un mundo que espera más de mí y al que no le estoy dando absolutamente nada más que lástima, ataviada en la pijama todo el día, sin siquiera cepillarme los dientes, ya no digamos el cabello. Me paro minutos que parecen horas frente a un espejo que me devuelve la mirada de una desconocida que se avergüenza de mí y de las pésimas decisiones que tomo, que siente culpa, que se arrepiente, que quisiera estar siempre en otro lugar, que no está satisfecha porque simplemente no sabe lo que quiere. Me devuelve una mirada triste la joven promesa que acaba de renunciar a una exitosa carrera en una empresa de prestigio, porque no soporta la idea de vivir lejos de una familia a la que parece que no podría importarle menos si vivo aquí o en Tombuctú, que es una ciudad cercana al río Níger, en la región del mismo nombre, en la República de Malí, que tiene una larga historia como puesto avanzado de comercio, porque se dice que “el oro viene del sur, la sal del norte y el dinero del país del hombre blanco; pero los cuentos maravillosos y la palabra de Dios sólo se encuentran en Tombuctú”, cosa que a mí me importa tres pepinos, porque yo no tengo oro, huí de la sal y no me gustan los hombres blancos, y a estas alturas ya no sé si haya Dios alguno o cuento maravilloso que me pueda rescatar íntegra de esta puta montaña rusa a la que me subí un día sin darme cuenta y cuya ruleta me brinda imprevisiblemente la gloria o el infierno.

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