No sé exactamente cómo escribir esto. Es raro. Tengo necesidad de escribir sobre dos cosas diferentes y sin relación entre ellas pero ambas sienten demasiada urgencia por salir como para posponer alguna. En mi mente creo haber encontrado una forma de lograrlo sin tener que decidir, creo haber encontrado una forma de combinar los tópicos y ahorrarme el sacrificio o la postergación. Probablemente acabe siendo un híbrido raro y sin sentido pero ya veremos, eso dejaré que lo decidan ustedes. Para ser honesto; hace sólo unos días tenía muy en claro sobre qué quería escribir, era una cuestión de darle continuidad a algo que me interesa. Todo cambió hace un par de días y ahora me veo urgido a hacer malabares y desahogarme porque tengo terapia hasta el jueves. Todo cambió (como ha sucedido tantas otras veces) al rebuscar en el pasado bajo el inocente pretexto del ocio y el aburrimiento, del sueño, del insomnio, de la embriaguez.  Encontré tu fotografía de segunda mano, cálida, rojiza, marcada con un lugar y una fecha, mirando al futuro al cual no quisiste ir conmigo…pero quizás con él sí, con quien dijiste no pasaría nada. Al parecer sucedió suficiente como para volar un par de miles de kilómetros, más lejos aún de lo que ya te encontrabas de mi cuando regresabas del último viaje del que tuve noticias. Mi humanidad, esa parte mezcla de vulnerabilidad y temores no pudo evitar retroceder a la culpa de no haber intentado antes lo que intenté contigo demasiado tarde, no pudo evitar retroceder al miedo de revivir la incertidumbre que con tanto aplomo cimbra al hombre que se aparece seguro ante decenas de personas, no pudo evitar retroceder a las preguntas inútiles e hirientes en un intento fútil por descifrar cómo es que hoy en día duermo con tu almohada pero no contigo. Borro tu número telefónico pero no tu recuerdo de mi mente. Vaya memoria hija de puta. Y trato de pasar de las palabras poéticas y estéticas y ser honesto conmigo mismo aquí pero lo último a lo que me remite verte al lado de otro hombre es a la penúltima mujer a la que amé con algo de seriedad. A la penúltima mujer que amé, dejémoslo así. Dejémoslo así porque últimamente no eres tú la única que me trae recuerdos de tiempos y cosas confusas y no quiero perder el poco norte que queda. Ya habrá más de una hora en el trabajo para salir a comer y discutirlo con los amigos. Ya habrá tiempo de sobra para probar la fe que queda y descubrir que, después de todo, todas fueron el amor de vida. Pero a final de cuentas es una época inadecuada para dejarse vencer, es una época de represión y asfixia allá afuera. Una época a la cual no le podemos dar la espalda ni el beneficio de la renuncia. En el gran total, como dice Bertrand Russel, ningún hombre que vaya contra si mismo ha logrado alguna vez una victoria…o algo así. Y es así como termino hablando del segundo tema que me ocupa. Del tema que con un infinito respeto ha servido para replantearme modos de actuar y reafirmar convicciones previas; la situación que vive mi país. Mi idea original consistía en hablar sobre las detenciones arbitrarias acaecidas en las movilizaciones del 20 de noviembre en las cuales 11 personas fueron golpeadas, arrestadas, coaccionadas física y psicológicamente y, finalmente, condenadas a penales de máxima seguridad bajo cargos de terrorismo, delincuencia organizada, motín y lesiones (sí, vivimos en un país que arraiga a una mujer que mando asesinar a 6 y desaparecer a 43 pero encarcela por terrorismo a 11 que se quejan de eso)  sin otra prueba más que el hecho de llamarse entre ellos “compa” y gritar consignas contra Enrique Peña Nieto en la marcha (sí, el pretexto para los golpes es que ellos mismos se los propinaron al golpearse contra los escudos de los granaderos para agredirlos, no es que nuestro heróico cuerpo antimotines haya arrestado hasta a personas comiendo, y no, otra vez no arrestaron a los ultra peligrosos grupos de “anarquistas” aunque los tuvieran al lado, como si los conocieran, que raro, en fin). La única intención era poner en contexto el segundo tema que quería discutir. Seguramente ustedes se preguntan, igual que yo, qué carajos tiene que ver una cosa con la otra; mis dolores de corazón con los tumultos que acontecen en mi querido país. Es más sencillo de lo que yo mismo lo imaginé aunque haya sido necesaria una mezcla y una explicación tan confusa. El único punto al que quiero llegar es el miedo. El miedo que a veces se presenta en la forma de una mujer decidida a irse o de un corazón empeñado en quedarse. Es el mismo miedo que algunos cuantos sordos y ciegos quieren hacernos sentir, para no hablar, para no salir a la calle, para no exigir, para no manifestar nuestro hartazgo, para no echarles en cara el desfiladero al cual han empujado los restos de esta hermosa tierra, llevándose con ellos la vida, la dignidad y la esperanza de muchísimas personas que tratan de luchar por un mundo mejor. El miedo que nos hace sentir desolados y vacíos, escépticos de encontrar un mejor puerto. Es también el miedo que nos dice que nos mantengamos en casa y bien calladitos, porque lo contrario nos puede convertir en delincuentes a ojos del estado y eso nos puede convertir a nosotros en el siguiente desaparecido, en el siguiente del cual no se supo nada, en el número 44, aún cuando nuestra cabeza sabe que el crimen no es la protesta sino la indiferencia y la impunidad. El miedo que buscan generarnos no le habla a la razón, porque no tiene argumentos, le habla al instinto de supervivencia porque quieren reducirnos a animales. No pretendo faltar el respeto a la memoria de personas que han muerto o desaparecido ni a sus familiares, no pretendo hacer una comparación vulgar entre el mal de amores y una crisis de tamaño nacional que ha sesgado la vida de personas inocentes. No soy indolente ni quiero ser grosero o absurdo. Sé que son dos tipos de dolor y de miedo que pertenecen a diferentes categorías pero que al final de cuentas se entrelazan en la experiencia humana. Hoy quise traer a flote un dolor y un miedo de mi esfera personal solamente para ilustrar cómo es que el remedio contra un corazón afligido no es la parálisis y el resguardo en cuatro paredes, sino la resolución irrevocable de salir y gritar aún más fuerte. Si me quedo sintiendo lástima por mí mismo y temo conectar de nuevo con otra persona el dolor ganó. Si me quedo en casa temeroso y convencido de que me he vuelto parte de la ilegalidad no seremos capaces de ver la “ilegalidad del miedo” que menciona la “Carta a las y los Jóvenes de México” y que busca mantenernos a raya, cosificarnos, deshumanizarnos, criminalizarnos y, sobre todo, cansarnos de buscar a nuestros muchachos, a nuestros estudiantes, a nuestros maestros, a nuestra esperanza. Hoy uso este pequeño bache en el corazón para hablarle a toda una generación y ejemplificar que, así como un corazón roto solamente sana cuando es suficientemente valiente para salir de sí mismo, así un país y un pueblo ultrajado hasta el cansancio solamente es capaz de regenerarse, reivindicarse y transformarse si dejamos de permitir el abuso de la tiranía, porque no es autoridad, si dejamos de permitir que se encarcele al inconforme y no al violento, si dejamos de permitir que nuestros estudiantes, nuestros jóvenes, desaparezcan como si nunca hubieran existido sus cuerpos y sus almas, si dejamos de permitir que el miedo a salir a la calle nos domine. No es momento de quedarnos encerrados, no es momento de dejar que los cínicos, mentirosos y cobardes que juraron defender la patria pero ahora no escuchan la demanda del pueblo ganen la partida que se lleva entre las patas a más de 100 millones de personas. En el corazón como en el pueblo que nos cobija a todos, la única forma de sanar es siendo suficientemente valiente para volver a salir, para conquistar, para nunca dejar de luchar, para tener fe y pelear hasta el final. Hoy le hablo a todos los que han pasado noches frías en su alma y los invito a transformar esos dolores que todos llevamos escondidos en el pecho en humanidad y esa humanidad en un grito que sane a nuestro país. Quizás si un corazón roto lleva a la convicción de que la única forma de existir es sirviendo y viviendo entonces millones de despechados puedan volverse millones de solidarios, los invito a transformar dolor, dudas y banalidad propias del individuo en servicio, solidaridad y empatía ante el prójimo. Hoy le agradezco a todas las personas que alguna vez me lastimaron, voluntaria o involuntariamente porque me hicieron sentir dolor y ese dolor me hizo vulnerable y esa vulnerabilidad me hizo un ser humano, me hizo ser para los demás, para la tragedia del día a día y el dolor del otro. No tengan miedo, salgamos todos a gritar fuerte hasta que el país y el corazón sanen. Espero sinceramente no haberlos confundido más de la cuenta, después de todo, como dice Residente, no se puede escribir sobre el dolor cuando se escribe con miedo”.

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