https://www.flickr.com/photos/doug88888/4687906267
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–Disculpe doctor–, llamaron a la puerta del consultorio –llegó su cita, ¿le digo que pase?

–Si Margarita, que pase– respondió el doctor Baldomero.

–Adelante– dirigió Margarita la mirada fuera del consultorio hacia la sala de espera– el doctor lo atenderá ahora–.

–Muchas gracias– se escuchaba la plática incluso en el consultorio. El doctor había podido oír a su paciente conversar con Margarita, le había parecido que bromeaba y que era una persona agradable con buen humor, “eso a veces ayuda para los tratamientos y hace más fluida la primer consulta”, pensó.

–Buen día doctor– dijo tras pasar al consultorio y cerrar la puerta tras de sí, –me llamo Juan, y me recomendó con usted mi psiquiatra, espero que le haya escrito tal como me dijo que iba a hacer–.

–Toma asiento Juan, en efecto, el doctor me escribió y me puso al tanto de tu… situación, pero debo de decirte que no he entendido exactamente cuál es el problema, tu caso está, como dicen, fuera de mi especialidad. No sé si yo vaya a poder ayudarte. De todos modos me gustaría escucharlo de tu parte –terminó el doctor.

–Claro que si doctor, le cuento mi “situación” como dice usted. En realidad es muy simple, resulta que a mis 42 años de edad nunca me ha tocado un alto en un semáforo. Así como lo escucha, por más que me haya esforzado en ver la luz roja de una señal de tránsito, siempre que me acerco a un cruce o una intersección, la luz automáticamente cambia a verde y tengo que seguir avanzando. Al principio creí que era cuestión del transporte que usaba, como casi siempre iba en camión pues no lo notaba tanto, pero poco a poco cuando me enseñé a manejar por hay de los 16 años, noté que en el coche que usaba siempre tenía la suerte de ver luces verdes. Cambié de coche y luego usé una moto, lo intenté en taxi y no importaba, siempre tenía el mismo resultado. Una vez hasta quise cruzar con los ojos cerrados pero ni así me tocó el rojo. Esto ha afectado mi vida como no tiene idea, no puedo detenerme a mirarme en el espejo ni contestar mensajes mientras manejo, ni siquiera puedo voltear a platicar con quien vaya a mi lado durante los altos…

* * *

La historia de Juan era cierta, él incluso recordaba muy intensamente un episodio cuando tenía 25 años y que ocurrió mientras iba manejando en Coyoacán. Era más o menos medio día y el sol brillaba como si no quisiera dejar de iluminar hasta la última hoja de los árboles del centro cuando, en una intersección pudo ver a aquella chica. Llevaba paseando un cachorro que le llegaría hasta la rodilla, como habían pasado tantos años ya ni siquiera recordaba qué raza de perro era y solo sabía que había sido color blanco. La chica que miró estaba parada esperando el alto junto a un semáforo de la esquina, de ella sí que tenía presente cada detalle, su cabello era castaño grana y parecía apenas un poco más pequeña de edad que él en ese entonces. Su tono de piel caucásica le recordaba las muñecas de porcelana que decoran las estanterías de las tiendas departamentales y que únicamente compran esas señoras adineradas que no tienen en qué más malgastar los centavos de sus acaudalados maridos. Cuando la vió ella le sostuvo la mirada y observó sus ojos cafés brillando con la intensidad del ámbar por la gran cantidad de luz que absorbían de su alrededor, su mirada de miel hacía ver opacos todos los demás tonos sumergidos bajo los rayos del sol y quedó prensado de ella en ese mismo instante. Ese fue el momento en el que deseó con mayor fervor que le tocara el alto, de haber sido así se habría bajado del coche y acercándose a esa chica hubiera tratado de dejarle claro que no era un acosador pero había sido cautivado, le habría pedido un beso y una cita. Aunque su maldición no se lo permitió, le tocó el verde y tuvo que seguir avanzando, se adelantó y detuvo el coche de improviso ocasionando un accidente, se echo a correr para alcanzar a la muchacha pero un policía que observó la escena interpretó eso como un intento de escapar y se lanzó sobre él, tirándolo al suelo y evitando de una vez por todas que pudiera volver a encontrarse con la chica. Cuando pudo reincorporarse ya no había nadie esperándolo junto al semáforo y nunca volvió a ver a la joven.

* * *

–¿Y esto que me cuenta le ha pasado con otras cosas? ¿Tiene suerte en las apuestas o algo así?– Inquirió el doctor.

–No doctor, no tengo mas suerte en los juegos de azar que el resto de las personas. Ya lo probé. También es importante que siempre he vivido en la ciudad, no vaya uste´ a creer que vivía en un pueblo sin semáforos. Si me lo pregunta, no creo que la suerte lo pueda explicar.–

–Ya veo, ¿y se lo atribuyes a algo? ¿crees que tienes algún poder especial?

–¡No doctor! Eso fue justo lo que indagó el psiquiatra antes de mandarme con usted, si estaba yo deschavetado, pero no encontró nada en sus pruebas de manchas. Tampoco tengo ideas excéntricas ni me creo todo poderoso o que soy capaz de cambiar el color de las luces a voluntad… es solo algo que me pasa desde que me acuerdo sin que lo pueda explicar.

El doctor pensó un momento y entonces sacó unas tarjetas de colores, tal vez Juan no pudiera percibir los colores y pensaba que siempre le tocaba el verde cuando no era cierto en realidad, poco probable, pero una hipótesis válida.

No hubo resultado, Juan distinguía los colores sin problemas. También revisó su licencia de conducir y estaba vigente. Hizo un examen minucioso de la vista aunque el psiquiatra ya lo había referido antes con un oftalmólogo podría haber pasado que algo se le hubiera pasado. Traía estudios de resonancia magnética y tomografías, ninguna presentaba alteraciones. Revisó el reporte que había enviado el psicólogo, el acupunturista y hasta de un astrólogo y las cartas notariadas de sus amigos y familiares donde hacían constar que siempre que iban en un coche con Juan abordo les tocaban señales de avanzar.

El astrólogo parecía ser el único que tenía una respuesta para el predicamento de Juan, pero el doctor Baldomero también era signo Leo y de todos modos le tocaban tantas señales en rojo como al resto de las personas así que no hizo mucho caso.

­–Juan, –dijo el doctor en tono ceremonioso tras haber cavilado algunos minutos– lamento decirte que no hay algún tratamiento que yo te pueda recomendar, no tienes síntomas de ninguna enfermedad que yo conozca, tampoco creo que haya algún especialista que pueda atender tus quejas, a mí cuando menos me dejas desconcertado. Yo te recomendaría que trataras de aprovecharlo y sacar ventaja de tu situación, revisaré tu caso con mis colegas pero a lo mucho te puedo decir que habrá alguien que le interese estudiar tu caso con fines de investigación, si pudiéramos replicar tu capacidad en otras personas habría quienes pagarían mucho dinero por tenerla. Si estas buscando trabajo tal vez puedas hacerla de chofer de algún personaje importante que le importe llegar siempre puntual a sus citas. No hay cura para las luces verdes y a menos que desarrolles otro problema no puedo atenderte–, fue su conclusión diagnóstica.

–Bueno- respondió Juan como decepcionado– tal vez tenga razón doctor, deberé aprender a vivir con ello. No me interesa ser la rata de laboratorio de ningún investigador. Haré buen uso de esta capacidad y muchas gracias por su tiempo–. Juan se despidió de la consulta y el doctor continuo con su vida cotidiana, realizó un informe sobre e caso y lo archivó junto a todos los demás.

* * *

Semanas más tarde el psiquiatra de Juan recibió un correo del doctor Baldomero donde decía:

“Querido amigo, no sé si a ti te sucedió lo mismo después de haber visto a tu paciente Juan, pero desde el día en que lo vi en consulta no me han tocado semáforos en rojo, ¡Siempre tengo que seguir avanzando! Si a ti te pasó igual tengo que decirte que has sido un irresponsable por no advertírmelo, sea cual sea el padecimiento de tu paciente ha resultado que es contagioso y afecta gravemente la calidad de vida. Uno ya no puede detenerse a tomar un sorbo de café o voltear para cambiar la canción de su ipod durante los altos. Es necesario localizar a Juan de inmediato para obtener respuestas y una posible solución. Espero tu respuesta. Atte. Dr. Baldomero.”

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