Es una responsabilidad ética escribir esto para ustedes y, sin embargo, me es casi imposible encontrar las palabras adecuadas para expresarme. Quizás se deba a que no hay nada que parezca mínimamente adecuada cuando atravesamos una situación como esta. Me es casi imposible comenzar siquiera a escribir esto porque temo defraudarlos nuevamente como lo han hecho ya demasiados hombres indolentes, temo no tener el mínimo de autoridad moral como ciudadano para dirigirles unas palabras, temo no tener al menos una parte de la dignidad colosal que ustedes han mostrado a cada minuto de este calvario.

Han sido semanas ya desde la noche que cambiaría su vida, casi dos meses de impunidad, indiferencia y promesas que nunca se cumplen. El tiempo es relativo y jamás podría comparar lo que estos días han representado para mi con lo que ustedes han pasado desde aquella fatídica noche, no soy iluso y tampoco pretendo insultarlos, sé que no hay absolutamente nadie en este país que sienta hoy tanto dolor como ustedes. Sin embargo, honesta y humildemente, me atrevo a decirles que desde mi trinchera, desde este rincón, desde aquí a la distancia, lejos de las montañas de Guerrero, su dolor ha llegado con el viento de otoño y ha traído noches difíciles para el alma.

La tragedia que me lleva a escribir estas palabras para ustedes hoy me ha mostrado dos cosas; me ha mostrado el momento preciso en que un país joven perdió su inocencia, el momento en que nos despertamos de un sueño que nunca fue real, el momento en que reventó una burbuja de paz y confort que no era nada más que un espejismo dentro de un oasis imaginado por unos pocos que tuvimos vidas mucho más fáciles, permaneciendo ajenos al calvario que es a veces la vida en la tierra, ajenos a la lucha de aquellos que han perdido la vida por buscar un poco de libertad y dignidad, nos mostró como es que estábamos dormidos y fue necesario un puñetazo para despertarnos e indignarnos, para gritar por justicia, para buscar hasta por debajo de las piedras una esperanza, para confrontar a los necios y los sordos. Me mostró también el patio de esa escuela bajo el cielo nublado, la llovizna y la neblina, con un grupo de padres sentados a la espera de noticias, sentados a la espera de que algún Dios, cualquiera, respondiera sus plegarias, sentados esperando alguna respuesta proveniente de una partida de criminales disfrazados de gobernantes, nos mostró la cara del dolor y el sufrimiento pero, también, de la dignidad, de la lucha incansable, de la fe y la esperanza más intensa que puede sentir el corazón humano, la de unos padres buscando por sus hijos, nos mostró a un grupo de personas que tienen mucho más coraje e integridad que el propio presidente de este país, nos mostró la fiereza y tenacidad indomable de esa bestia que es el corazón humano doliente.

Fue un día viernes cuando me decidí a escribir esto, esta carta, estas palabras que, me encantaría, pudieran llegar hasta sus oídos. Manejaba mi automóvil atento a la conferencia de prensa que el procurador pronunció. Mientras me dirigía a casa no pude evitar sentir un temblor que me recorrió todo el cuerpo y me sacudió súbitamente, ante la voz de ese hombre impasible, de aquellos delincuentes y los objetivos de las cámaras tomando fotos me fue imposible no derramar las lagrimas. Hoy busco cada tecla para poder crear palabras y decirles todo esto y sigo encontrando muy difícil contener las lágrimas dentro de mis párpados, porque nadie merece esta barbarie y no puedo concebir un corazón humano capaz de llevar a cabo semejantes actos, mi mente y mi espíritu se niegan a creer que hemos llegado al punto donde es posible tratar a 43 muchachos que deberían estar enseñando a nuestros niños, a nuestro futuro, como basura, como inmundicia. No puedo imaginarme a un hijo o a un padre que pueda concebir arrancar de este mundo a otro hijo y dejar a un padre en el limbo del sufrimiento.

No puedo (y a veces confieso que no quiero) imaginarme lo que cruzaba por sus mentes y sus corazones en el momento en que un funcionario indolente y sin sentido común describía una masacre de una saña pocas veces vista, verdaderamente dantesca, solamente para, minutos después, confesar que no había aún seguridad que de que así fuera. Permítanme dejar algo muy en claro; nadie, absolutamente nadie merece eso, y yo, como parte de México les pido perdón por haber permitido tal atropella e infamia.

Quiero también decirles una última cosa; no están solos y jamás lo van a estar. Hoy nos faltan 43 muchachos, 43 maestros, 43 mexicanos, 43 almas. Hoy nos faltan Abel García Hernández, Abelardo Vázquez Peinen, Adán Abrajan de la Cruz, Alexander Mora Venancio, Antonio Santana Maestro, Benjamín Ascencio Bautista, Bernardo Flores Alcaraz, Carlos Iván Ramírez Villarreal, Carlos Lorenzo Hernández Muñoz, César Manuel González Hernández, Christian Alfonso Rodríguez Telumbre, Christian Tomas Colon Garnica, Cutberto Ortiz Ramos, Dorian González Parral, Emiliano Alen Gaspar de la Cruz. Everardo Rodríguez Bello, Felipe Arnulfo Rosas, Giovanni Galindes Guerrero,Israel Caballero Sánchez, Israel Jacinto Lugardo, Jesús Jovany Rodríguez Tlatempa, Jonas Trujillo González, Jorge Álvarez Nava, Jorge Aníbal Cruz Mendoza, Jorge Antonio Tizapa Legideño, Jorge Luis González Parral, José Ángel Campos Cantor, José Ángel Navarrete González, José Eduardo Bartolo Tlatempa, José Luis Luna Torres, Jhosivani Guerrero de la Cruz, Julio César López Patolzin, Leonel Castro Abarca, Luis Ángel Abarca Carrillo, Luis Ángel Francisco Arzola, Magdaleno Rubén Lauro Villegas, Marcial Pablo Baranda, Marco Antonio Gómez Molina, Martín Getsemany Sánchez García, Mauricio Ortega Valerio, Miguel Ángel Hernández Martínez, Miguel Ángel Mendoza Zacarías y Saúl Bruno García. Tampoco olvidamos la muerte de Julio César Mondragón Fontes, Daniel Solís Gallardo, Julio César Ramírez Nava, David Josué García Evangelista, Víctor Manuel Lugo Ortiz y Blanca Montiel Sánchez. Por todos y cada uno de ellos les prometo que mi voz no callará, que no habrá olvido, que no habrá perdón, que exigiré justicia con todos mis fuerzas, que desde la lejanía y la pequeñez de mi trinchera haré todo lo que pueda por restituir el nombre y la dignidad de sus hijos. He salido a las calles y he visto a miles de personas sentir su dolor y clamar su justicia, no vamos a regresar, no vamos a dar marcha atrás, no vamos a abandonar las calles hasta que el grito de este pueblo mancillado se escuche, aún hay mexicanos que sienten, que tienen sangre en las venas y que saben de dolor y solidaridad. Les prometo que no pararemos hasta encontrarlo, les aseguro que no están solos, que nunca lo estarán. Resistan, por favor, resistan. Ayotzinapa somos todos.29101452cba9d2amed

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