Existen algunas acciones, algunas expresiones, tan normalizadas en la cultura popular que nos rodea que al ser testigos de ellas no reparamos en sus significados subyacentes, no reparamos en lo que dicen de nosotros como sociedad, asumimos pasivamente que forman parte de la serie de hechos cotidianos que hacen que el mundo funcione así que ya ni siquiera volteamos a verlas. Hemos dado por hecho que no sólo suceden sino que deben suceder para mantener el orden “natural” de las cosas.

Hace algunos meses circularon por todo internet fotografías privadas de diferentes celebridades que fueron hackeadas de sus cuentas de iCloud. Las fotografías incluían momentos personales, desnudos, conversaciones privadas y escenas sexuales que fueron almacenadas en el servicio en línea o compartidas con otros usuarios. Hasta hoy en día se siguen filtrando imágenes y estas se siguen difundiendo a todo lo largo y ancho del mundo con personas ávidas de consumirlas. El grupo responsable de la filtración clama que su objetivo es “dar a conocer lo frágil del sistema de Apple”. De la misma forma pudimos ver circular en diversos medios de comunicación un video tomado de la cámara de un ascensor que mostraba a Jay Rice, jugador de la NFL, dándole una golpiza a su entonces prometida (y ahora esposa) Janay Palmer para posteriormente sacarla arrastrando tras dejarla inconsciente. Semanas después ella daría una rueda de prensa pidiendo a los medios que se alejaran del caso y asumiendo la “responsabilidad”. Quizás también muchos de nosotros hayamos descargado la aplicación Secret a nuestros smartphones atraídos por la idea de la exposición pública y el anonimato encontrándonos, básicamente, con dos tipos de post; aquellos que exhiben fotos íntimas de las que en algunos casos son meras pubertas y aquellos que resumen su lógica y cosmovisión con un llano “¿cómo pueden las mujeres pedir respeto cuando ni siquiera ellas se respetan al enviar fotos íntimas vía electrónica?”. Al parecer no tienen derecho a reclamar.

Como lo mencioné en mi artículo anterior, y lo hago nuevamente aquí con la misma preocupación, lamentablemente no sé qué es más grave; si los hechos en sí o las actitudes que nosotros como sociedad y como individuos hemos aceptado dar en dichos casos. No sé qué es más grave; si exponer la intimidad y violar la privacidad de decenas de personas bajo el pretexto mediocre de demostrar una falla tecnológica o la gente que consume dicho material de forma ávida, que encuentra placer y se regodea al lograr vulnerar la voluntad de una persona que implícitamente se ha negado a compartir ese material con ellos, en la gente que confunde ser una figura pública con ser una figura anulada de derechos, la gente que no se da cuenta que esto no dista, cómo dijo Jennifer Lawrence, de ser un crimen sexual en toda la extensión. Supongo que es normal cuando los comunicadores la llaman incongruente por desnudarse en una revista semanas después, al parecer aún no están familiarizados con un concepto bastante simple que se usa en la esfera de los delitos sexuales; consentimiento. Después veo el caso de Rice y me encuentro ante la disyuntiva de saber que su pareja tiene derecho a pedir privacidad en el momento en que no se dio un consentimiento para divulgar el contenido pero me quedo perplejo al reconocer en dicha acción el ciclo de la violencia y la misoginia, supuestamente decrecida, florecer en todos los rincones de las redes sociales en donde personas se preguntan, palabras textuales tomadas de la publicación en un diario mexicano,  “¿qué habrá hecho esa perra para ganarse esa putiza?”. No sé qué es más grave; diseñar una caja de pandora como Secret sin reparar en las consecuencias que traerá darle libertad sin responsabilidad a la gente o todos aquellos que no tardaron en convertirlo en una fuente de fotos íntimas de personas que, nos gusta pensar, sólo viven en la pantalla de nuestro teléfono pero que en realidad están allá afuera sufriendo las consecuencias, cometiendo suicidios al no poder resistir la presión, todos aquellos que dicen querer a una persona, que piden por iniciativa propia una fotografía como prueba retorcida de amor, pero que no dudan en publicarlas una vez que la relación ha terminado y llaman putas y perras a quien alguna vez quisieron, todos aquellos que, conociendo o no a la persona, hacen circular las fotografía, difunden rumores, chismes, información personal, todos aquellos que piensan que si una mujer se toma fotografías desnuda y las envía a alguien es una zorra, pero que aplauden y encumbran como “macho”, como “hombre” a aquel que las solicita y luego las difunde. En resumen, todos aquellos que hacen que una mujer se sienta insegura al caminar por la calle, culpable al vivir su sexualidad, o degradada e indefensa al punto de quitarse la vida.

Soy hijo de una mujer, tengo cantidad de tías y primas, amigas entrañables y, desde hace algunos años, dos sobrinas de 3 y 9 años. Siendo objetivo podría haber vivido rodeado de hombres y eso no debería marcar una diferencia pero me atendré al punto. Me indigna y me llena de rabia observar estas expresiones, me encabrona encontrar personas que se creen merecedoras de todas las libertades pero que son incapaces de asumir la más mínima responsabilidad. Y es que no nos confundamos, por más trillado que suene seguimos sin asimilar que libertad no significa hacer lo que queramos, que eso es libertinaje y que la verdadera libertad consiste en hacernos cargo de las consecuencias de nuestros actos. No nos engañemos, no podemos exigir derechos si nos dedicamos a transgredir los derechos de otros, nuestro derecho llega hasta donde se violenta al otro, al otro que nos guste o no es prójimo y merece el mismo respeto. Hemos crecido sintiéndonos muy machos, sintiendo que tenemos el derecho y la obligación de estar con la mayor cantidad posible de mujeres pero en el proceso hemos pasado a degradar personas en objetos, en viles instrumentos de placer que están ahí para satisfacernos, para satisfacer una sexualidad que poco a poco a involucionado en un juego de poder que poco tiene que ver con la sexualidad humana y se acerca más a la psicología del violador. Creemos que todo lo que hacemos el día de hoy, en este momento y en este contexto no tendrá eco en el futuro, nos sentimos envalentonados para dejar a una persona vulnerable pero somos incapaces de asumir la responsabilidad de vidas que están siendo destruidas y vidas que ya no verán a luz del sol mañana, respetamos a una mujer mientras sea “nuestra” per una vez que deja de serlo se convierte en otro trozo de carne que nos sentimos con derecho de desechar, seguimos pensando que todas las mujeres son putas menos mi hermana y mi mamá, seguimos generando mujeres que ejercen la pero violencia contra otras mujeres. Yo sigo viviendo en una época en donde mis amigos se regodean por consumir la privacidad de una persona, se escudan en el pretexto de no publicar para justificar su participación en el bullying cibernético que sufren adolescentes que a duras penas dejaron de ser niñas como si fueran mercancía desechable, una época en la que las mujeres de mi oficina no se atreven a tocar el tema del acoso sexual porque piensan que algunas mujeres “usan faldas demasiado cortas”, porque seguimos fomentando una sociedad que culpa a la mujer por ser violada, que enseña a la mujer a vestirse “decentemente” en lugar de enseñar al otro a no violar. Le arrebatamos la dignidad a las personas y luego reclamamos con golpes de pecho la nuestra. A todas esas personas les digo que yo no quiero ser participe y que ojalá ustedes no lo sean más. A todas esas mujeres les digo que no están solas. A toda la violencia que hay en mi sociedad le digo no. A todas las personas les digo que todos tenemos la misma dignidad.

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