Me estoy subastando. ¿Quién da más? La puja empezó por ahí de mediados de septiembre con la oferta de vivir en Colombia en cuanto él lo decidiera siempre y cuando eso representara para los dos “una buena oportunidad”. Esta buena oportunidad significaba que yo tendría cualquier trabajillo de medio pelo a la sombra de su éxito profesional. Acepté y una semana después me había sumido en un episodio depresivo que aún continúa, pero que hizo que las apuestas cambiaran por el tan anhelado boleto de regreso a casa de una hija pródiga que se fue buscando quien sabe qué cosa y que todavía no sabe si la encontró y si la quiere… pero que se quiere ir a la comodidad de su hogar y la seguridad de estar cerca de los suyos. Esto a costa de volver a estar desempleada y de renunciar al único empleo que me ha producido verdadera satisfacción, y acepté. Esa oferta me fue satisfactoria hasta que mi actual jefa, en un acto de desesperación y después de haber tratado de convencerme por las buenas, ofreciéndome cuanto beneficio el lector pueda imaginarse, soltó la pregunta mortal: ¿qué tengo que  hacer para que no te vayas? El grado de poder que me dio esta pregunta se multiplicó por diez al venir, no de su parte, si no de la de su propio jefe, el dueño de la empresa, quien desde Barcelona ha oído hablar de mí y de que conseguí para la escuela algo que nadie, ni con su experiencia ni con su buena voluntad, había conseguido en diez años. Me siento poderosa, es verdad. Me embriaga la idea de poder conseguir beneficios, capacitaciones, tratos preferenciales y el aprecio y la admiración de esos personajes tan fríos y tan exigentes que me están ofreciendo lo que a mí se me pegue la gana con tal de que siga haciendo mi magia y resolviendo lo que parece que nadie más ahí está dispuesto a resolver. Dicen en las empresas que nadie es indispensable, y yo lo creo, pero el ver a esta mujer inquebrantable tratar de encontrar a alguien para suplirme y verse enredada porque no puede asignar mis tareas ni a tres personas juntas me hace reflexionar sobre cuánto puede valer mi dedicación y mi talento para ella, y para mí, porque eso me ha puesto en el lugar más difícil que haya  conocido jamás, porque hasta aquí todo suena increíblemente favorecedor para mí, pero tiene su precio. Por el otro lado las apuestas también son altas: mis padres permanecieron inmutables cuando les anuncié que volvía, pero en sus ojos apareció un brillo que no había visto antes por skype: no sólo para mí es difícil estar lejos. Vengo de una familia grande, unida, cohesionada, casi apelmazada en la que no existe ningún referente femenino de independencia profesional. Ninguna mujer se ha ido lejos a buscar un propósito personal; por su marido sí, pero no por su trabajo. Igual esto no sería tan importante si yo no sintiera que me falta algo. Tengo esa sensación permanente de que me estoy perdiendo de algo, de que debería estar en otro sitio, de que no pertenezco. Volver significa la comodidad y la seguridad y la certeza de que nada malo va a pasar, pero aunque pasara, no estoy sola. Significa también frecuentar a mis amigos, mis lugares, a mi gente. Significa renunciar a una carrera profesional prometedora y brillante. Pero no sólo eso. Hay otro factor. Un factor que no puedo explicarle a nadie pero que es el que en realidad me está complicando tanto la existencia. Esta decisión no sólo implica mi vida profesional, ni mi vida familiar, ni a mis amistades. Es también una decisión de pareja. Y como en los ámbitos anteriores, también hay opiniones divididas. Las apuestas pueden seguir subiendo. ¿Quién da más? Yo voy a seguir igual de dividida hasta que responda la única pregunta que en realidad me está quebrando la cabeza. ¿A qué estoy dispuesta a renunciar? ¿Renuncio al éxito profesional asegurado, y como consecuencia de esto, a mi pareja? Vienen juntos. En este paquete vienen juntos. Si me voy, y renuncio a este empleo, él se tiene que quedar. Promete seguirme, pero eso ya es otro cuento. ¿Renuncio a la independencia y a vivir en el paraíso? Es un paraíso con clima de infierno y con costos más altos de los que puedo pagar, pero es un paraíso. ¿O renuncio a seguir siendo la niña de papá, a la comodidad y a la cercanía? Y como consecuencia a los lujos, a las vacaciones, a los interminables días de asueto, a las fiestas. ¿Me alcanza con ir un mes cada cuatro meses? ¿Es eso suficiente para no ser la tía que sus sobrinos desconocen? ¿Me alcanza eso para estar en paz? ¿Qué haría feliz a papá? Ese sigue siendo el guión de fondo. ¿Qué lo haría sentirse orgulloso de mí? Sé que él quiere que yo sea feliz. Pero también sé que si se lo pregunto su respuesta va a ser “tú sabrás”. Eso me deja peor que antes, porque yo no sabré nada a menos que lo haga y estoy tan paralizada por el miedo que  si tuviera que decidirlo en este momento -lo cual no está muy lejos de ser verdad- me pondría en posición fetal y comenzaría a llorar enmudecida. Necesito hablar con alguien. Quiero que alguien me diga lo que tengo que hacer, y que eso sea lo que yo quiero escuchar. Quiero no tener que tomar esta decisión y que no sean mi responsabilidad sus consecuencias. Quiero hundirme en un profundo sueño y despertar y ver que todo está resuelto, y que nadie salió herido.  Quiero no tener que darle la cara a mi jefa cuando le diga que no me quedo, que no regreso y que no quiero la mina de oro que me está ofreciendo. Quiero no tenerle que dar la cara a papá cuando le cuente que me dejé comprar, que me embriagaron las ofertas y que voy a ir y venir y que espero que eso le parezca bien, y que esa situación se prolongará hasta que las cosas cambien. Quiero no tener que decirle a mi novio que me voy y que lo dejo sólo en ese trabajo con mi fantasma y que sé que no me va a seguir, aunque  lo prometa. Quiero no tener que renunciar al sueño de “y vivieron felices para siempre”, que sigue siendo un sueño porque un hombre tuvo tanto miedo de tenerme que me rompió el corazón, y cuatro años después pasó lo mismo y me fui lejos para intentar olvidarlo, y no lo logré. Quiero no tener que volver a verlo y darme cuenta de que nunca fue lo que yo quería que fuera, y que nunca vamos a ser lo que soñamos que seríamos. Quiero no tener que tomar esta decisión. Quiero apagar la luz y dejar de pensar en todo lo que implica decir sí o decir no. Quiero que alguien lo resuelva, alguien que no sea yo. Estoy tan desesperada que me he encontrado pidiéndole a Dios algún temblor, algún huracán, algo que me obligue a inclinarme hacia cualquier lado, pero ya. No puedo seguir con esta indecisión. Tengo, además, el tiempo contado. Si voy a aceptar la mina de oro, con las condiciones que sean, tengo que hacerlo antes del 28 de noviembre. Porque ese día hay un boleto de regreso con mi nombre. ¿A qué voy a renunciar? ¿Quién da más?

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