Casi olvido, no del todo accidentalmente, que hoy tengo que escribir. Honestamente, lo último que quiero al llegar a casa, después de pasar casi diez horas luchando contra una computadora que no sirve, es sentarme frente a otra computadora. Sin embargo, el deber llama. Recuerdo con claridad la primera clase de “orientación vocacional” en la que declaré, no del todo ignorante, que no quería que algo que tanto me apasionaba, como la escritura, se convirtiera en un deber, en una obligación. Oh, sorpresa, lo que daría hoy por tener una conversación con esa chica de dieciséis años y advertirle que eso era lo último que debía preocuparle, que mejor se fijara en lo que iba a pasar, irremediablemente, si seguía por ese camino que estaba a punto de elegir. Lo que daría por advertirle a esa chica que no se metiera con ese hombre, que no le creyera, que no lo escuchara. Lo que daría por hacer que esa niña me hiciera caso. Porque sé que, en ese tiempo, aunque hubiera ido yo misma, de veinticuatro años, o la yo misma de treinta que me ve desde el futuro, no me habría hecho caso. No habría escuchado a nadie, de hecho no lo hice. No escuché a mi madre, que me lo dijo por las buenas y por las malas, no escuché a mi padre, que me lo dijo sólo en silencio, no escuché a mis amigas, de las cuales me quedan pocas, no escuché a mis amigos, porque era impensable hablar con otros hombres, no escuché ni a su mujer, ni a sus amigos, ni a sus enemigos. Sólo lo escuché a él. Sólo escuché su voz dulce siempre escudada por seis cuerdas, sólo escuché su palabrería barata y sus promesas, que nunca habría de cumplir. Sólo escuché sus mentiras y sus cuentos chinos y creí cada palabra y seguí cada instrucción al pie de la letra. Ni siquiera puedo culparlo. Desperdicié todas las oportunidades que tuve para sacarlo de mi vida, y se me hizo demasiado tarde. Lo dejé entrar en mí hasta un punto que nadie más ha alcanzado después, hasta un punto tan íntimo y tan profundo que me marcó. Me marcaron para siempre sus palabras, sus promesas, sus sueños, sus ojos y sus manos. Perdí entre sus labios la confianza y entre sus sábanas la ingenuidad. Perdí esa ternura tan atractiva y esa ilusión por enamorarse una y otra vez, y por consiguiente, por darse en la madre una y otra vez. Porque yo de él sólo me enamoré una vez, pero me di en la madre todas las veces posibles. Él es una página arrancada del libro de mi vida. La página cuyo borde me corta la piel cada vez que la toco, pero que no puedo quitar del todo, porque hasta su hueco es importante. Él es esa página que escribí y borré y traté de corregir y de enmendar tantas veces que se volvió inútil, que lo nuevo se mezcló con lo viejo y que ninguna tinta y ningún corrector pudieron arreglar. Él es esa página que ya no le leo a nadie, porque me molesta no tener una acentuación adecuada, una puntuación, un final. Él es ese puñado de canciones que no escucho más, esas anécdotas que edito, y ese piquito de azúcar que le pongo al café sin más motivos que el hecho de que él me dijo  que así se hacía. Hay tantas cosas que hago sólo porque él dijo que así se hacían y que ya no identifico que me da miedo haberme convertido sólo en la sombra de lo que no pude ser con él. Me da miedo volver a topármelo en la calle y volver a ser la niña que le enseñaba las piernas debajo de una falda escolar, la niña que le creía sus mentiras y que lo dejó hacerla mujer a las prisas y con malos modos. Me avergüenza esa página arrancada, a mí, tan juiciosita siempre, tan perfeccionista, tan prudente, tan cuidadosa de con quién me relaciono, tan tímida, tan introvertida, y por todo lo anterior, tan susceptible de enredarme con alguien tan nocivo. No es que no me diera cuenta, lo supe siempre. Y siempre creí que por alguna razón, algún milagro del destino o alguna epifanía las cosas cambiarían. No cambiaron. Pero ahora lo que más me preocupa es si cambié yo. ¿Soy ahora capaz de discernir todas esas cosas que no discerní cuando tenía diecisiete años? ¿Sería capaz de ver a ese hombre, o a otro cualquiera de su calaña y decir NO? ¿Cuántas metidas de pata soportaré? ¿Cuántas veces tendré que huir? ¿Cuántas paginas voy a tener que arrancar del libro de mi vida?

Advertisements