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Se ofrecieron a acercarme a mi destino en su coche pero no acepté, le dije que caminaría –un pie adelante, luego el otro y repetir ¿ves? No tengo problemas en caminar– le dije. Por algún motivo a casi nadie le parecen agradables mis chanzas, pero como siempre digo qué-se-le-va-a-hacer. Elegí caminar un poco, aparte no me iba mal, hacía días que no realizaba nada de ejercicio y mi estado de ánimo lo resentía, pareciera andar de peor humor –¿y cómo te das cuenta?– me podrían preguntar.

Mientras uno camina por los barrios de su infancia y a medida que la edad ha consolidado la madurez en el cuerpo, las personas nos podemos reprochar a nosotros mismos todo el tiempo que hemos dejado pasar sin repetir las cosas que disfrutamos. Por ejemplo, hace algunos años recuerdo haber ido a acampar con 3 grandes amigos en la fecha de mi cumpleaños y es uno de los momentos que recuerdo con más gusto en mi vida, significó mucho para mí; por un lado me di cuenta que tenía amigos (por lo menos 3) dispuestos a salir a festejar conmigo una fecha importante, también conocí la Sierra de Querétaro durmiendo en su tierra húmeda y pastosa, además, siempre que estoy en un lugar con árboles enormes siento una conexión más intensa con el mundo en el que vivimos, me siento pequeño y especial como si las estrellas en la galaxia más lejana pudiera vigilarme a simple vista por la luz que soy capaz de emitir en ese momento. A pesar de tanto que lo disfruté, solo acampé una vez más, pero en esa ocasión fue con una chica, no sabría decir si fue mejor o peor, si lo gocé igual, más o menos, fue distinto, pero lo real es que sentí una conexión más profunda conmigo mismo cuando esa noche dormí y estuve dentro de ella en el bosque.

–Un pie adelante, luego el otro y repetir–, me reía para mis adentros mientras seguía mi camino y seguía recordando, entonces en una de las avenidas más concurridas del barrio donde crecí noté algo distinto, algo que no encajaba, de niño pasaba por ahí casi a diario pero por extraño que pareciera esa calle lucía más larga de lo usual, se notaba en la cantidad de casas y locales que la ocupaban pero sobre todo por un callejón. Junto al pequeño callejón marcado por una pared de ladrillos rojizos sin mayor recubrimiento que la lluvia y el desgaste de los años expuestos a la intemperie pensé que haberlo visto en alguna ocasión anterior (o tal vez en un sueño). Aunque habitualmente el callejón no se encontraba ahí al resultarme tan familiar mi cuerpo pareció acercarse sin que yo se lo ordenara, como las palomas que vuelan de regreso a su nido de manera automática dado que están programadas para ello.

Apenas entrando al callejón había una pequeña tienda abierta, afuera había una letrero que decía “La Fosa de Mnemesio”. El letrero resaltaba de la pared de ladrillo sin pintar, las letras estaban escritas en un cuadro de madera tan podrida que parecía caerse a pedazos tan solo con voltear a verlo. Por alguna razón esto me dio confianza y ese tal Mnemesio probablemente fuera el pseudónimo de algún personaje que yo hubiera conocido años atrás con un nombre genérico como Juan Pérez o Paco López. Entré por la puerta y, si por fuera se veía que iba a ser un lugar pequeño, por dentro lo era aún más. Había una cantidad de inmundicia regada por toda la habitación, frascos vacíos llenos de moho y muebles roídos de donde no te sorprendería ver salir alguna ardilla o incluso una familia a gatos. De la entrada hasta una pequeña recepción había una especie de pasillo formado por la falta de basura acumulada de modo que avancé y tomé un pequeño folleto de una vitrina donde había un menú empolvado que rezaba: “Caldo Mnémico $35.00”.

Se escuchaba a alguien acercarse a tropezones y carraspeos. “Debe ser Mnemesio” pensé. Un hombre viejo pero muy vigoroso se acercó y comenzó a hacerme una plática banal como si me conociera, “pueblo chico infierno grande” aquí todo el mundo te trata con familiaridad porque creen que te conocen. De pronto entró en materia cuando le pregunté por sus productos.

–El caldo mnémico es mi especialidad, sabe a aguarrás con cebollas pero eso es lo de menos, cuando lo comes debes pensar en un sueño, en una fantasía, algo que te gustaría que te hubiera pasado y cuando hayas terminado el caldo volverá ese pensamiento una realidad– explicó con un rostro tan serio que parecía estar revelándome la formula alquímica para transmutar el plomo en oro. –Mju mju–, asentí un par de veces y después siguió –bueno, no es como una lámpara maravillosa que vuelva realidad los deseos, mejor dicho hace que recuerdes como reales cosas que en verdad no sucedieron… pero ¿qué es la realidad en verdad? Si tu recuerdas que algo sucedió ¿no significa que es real? Te pongo un ejemplo, seguro tienes algún familiar que ya falleció, tus recuerdos con esa persona son lo que la vuelven real y te dan certidumbre de que existió, si tu pudieras agregar un recuerdo de haber estado con esa persona y… no sé, decirle lo mucho que la extrañarías si faltara ¿no te haría eso estar más tranquilo? ¿quién podría decirte que eso no es verdad si tu lo recuerdas con mucha claridad?

–Es como mentirte a ti mismo– espeté. –Es darte la oportunidad de hacer cosas que de otro modo no habrías tenido la oportunidad –me corrigió– ¿qué te gustaría? ¿haber tenido una experiencia religiosa? ¿haber recorrido algún paraje inhóspito? ¿haberte acostado con alguien?

Me acorraló. En verdad deseaba todo eso y si era tan sencillo como comer un caldo entonces valía la pena intentarlo, al preguntarle cuál era el precio…

–Jeje, hay un pequeño costo secundario para crear un recuerdo, debes sacrificar otro, puede ser el que tu decidas, incluso algo traumático. El caldo disipará ese recuerdo y lo reemplazará con uno nuevo– terminó y mi ingenio parecía haber resuelto el problema.

Me sirvió el caldo, era una especie de sustancia blanquecina en una taza de café. Me concentré en el recuerdo que quería generar en mi inconsciente, se trataba de un simple beso, y el recuerdo que quería olvidar era: el haber llegado a ese lugar. Si eso era real, entonces habría engañado a mi mente y esa estrategia me impediría volver a sumergir mis recuerdos en una acción tan vil.

Tomé el caldo de un golpe esperando no alcanzar a percibir el sabor pero mientras atravesaba mi garganta lo entendí. La sustancia blanca, la fosa de Mnemesio, el callejón, las paredes de ladrillo rojizo, todo eso me resultaba familiar porque hacía tiempo (¿años? ¿días? ¿meses? ¿horas?) había estado ahí y había elegido olvidar el mismo recuerdo que escogí ahora pero entonces, ¿cuál había sido el recuerdo que creé en aquella ocasión?

–Oye Christian, ¿cuántas veces recuerdas haber hecho esto?– preguntó Mnemesio y su tono lúgubre me heló la sangre.

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