https://www.flickr.com/photos/cgc/7080721
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Termina la clase

Había terminado mi última clase en la facultad de psicología de la UNAM, estaba en el tercer y último piso del edificio y, como se acostumbra por la época del año, estaba lloviendo. Desde ese tercer piso se veía una explanada principal y también algunos edificios aledaños que no conozco para qué se utilizan, aunque he ido en algunas ocasiones a la facultad básicamente solo conozco un salón. Las seis de la tarde indicaba mi reloj, ese día la clase terminó temprano y no se veía mucha gente afuera de los pasillos de ese piso por lo que pude quedarme mirando cómo llovía sin temor a ser molestado.

Comencé a pasearme por las aulas y una en particular llamó mi atención porque estaba mas o menos llena. Todos los alumnos prestaban mucha atención a lo que decía su maestra, cuando la mayor parte de los alumnos en una clase tienen ese nivel de concentración en el tema que se está tratando seguramente significa que se argumentan tonterías pues, he notado que si los temas requieren de un pensamiento abstracto más elevado casi nadie los entendemos y por lo tanto andamos distraídos, en cambio, cuando se tratan temas poco complejos todos tenemos una opinión.

El chico nerd.

Probablemente en el salón se hubiera concentrado el calor humano y la humedad del ambiente los obligaba a abrir la puerta con esperanza de que el vaho sudoroso se dispersara. De todos modos eso me convenía, podía ver a la mayoría de los alumnos y uno de entre todos ellos llamó mucho mi atención: tenía una apariencia de ratón de biblioteca, no parecía ser muy listo sino muy preocupado por tener buenas calificaciones, usaba gafas demasiado grandes para su cabeza (de por sí grande también), tal vez estaba sobrevestido para una clase: traía camisa y mocasines que resaltaban del resto de todos en el salón vestidos mucho más ligeros con playeras de superhéroes y tenis deportivos de colores extravagantes. Pese a todo esto, lo que hizo que volteara a verlo es que estaba quedándose dormido en su silla, supuse que tendría un punto muy importante qué intentaba demostrar al resto de sus compañeros, parecía querer decirles –yo no necesito estar despierto para sacar mejores notas que ustedes–, pensar eso me irritó.

La chica compulsiva.

Cambié y observé a otros alumnos. Una de ellas parecía querer desquitar el precio que había pagado por su cuaderno escribiendo lo más rápido que podía hasta en las esquinas del papel. Me pregunté qué sería todo lo que consideraba tan importante que deseaba retenerlo para sí y después conglomerarlo con las otras tantas libretas con notas que seguramente atesoraría desde la educación primaria. Casi podía imaginarla llegando a casa y revisando sus anotaciones de las clases de geografía de la secundaria llena de orgullo por todo lo que había escrito y pensando que retener las letras le hacían dominarlas. Nadie puede tener el control sobre el conocimiento, el conocimiento se debe de burlar de nosotros cada vez que intentamos retenerlo en libros o en Wikipedia diciendo cosas como –estos humanos no tienen ni idea de lo que creen que saben y se pavonean de su evidente ignorancia como un torero que reta a su debilitado adversario en un espectáculo montado–.

Mentiría si dijera que no busqué una chica que me gustara, alguien que me atrajera y pudiera más adelante fantasear con que me dirigía a ella y teníamos una agradable conversación, tal vez un café o una copa. Pero no. No pude encontrar a nadie con las características que busco en una mujer, probablemente porque la mujer con la que quisiera estar tiene características que solo encontraré en mi imaginación.

El joven en movimiento.

Alguien me intrigó mucho más que el chico nerd y la niña compulsiva. Había un joven vestido de playera negra y muchas pulseras, era delgado, sugerentemente alto, cabello largo al hombro y caucásico, al menos era tres o cuatro años mayor que el resto del grupo y parecía carecer de la capacidad de quedarse quieto. Si no eran las piernas temblando era el bolígrafo moviéndose de arriba para abajo rápidamente o virando la cabeza como si condujera un camión y tuviera que estar espejando para no atropellar algún transeúnte. Moverse-moverse-moverse, era todo lo que hacía, rayaba su cuaderno y dirigía la mirada para el frente, comentaba algo con la chava de su lado y ponía pequeños trozos de papel en el cabello de la persona sentada frente a él. Luego tomaba los audífonos que colgaban del cuello de su camisa y se colocaba un solo auricular, contoneaba ligeramente su cabeza de arriba para abajo en el aparente ritmo de la música, luego se lo quitaba y proseguía a garabatear en su antebrazo algún símbolo de quién-sabe-qué. Entre sus dimes y diretes pareció tener una breve relevación, sostuvo la respiración y cerró los ojos, subió la mochila que llevaba a sus piernas y lentamente como para no llamar la atención la abrió, bajo el cierre con la ansia y expresión de un niño a punto de cometer una travesura, cuando estaba los suficientemente abierta para introducir la mano dentro, lo hizo, parecía revolver las cosas dentro y comenzaba a hacer un movimiento lento para sacar algo ¿tal vez un medicamento? Su comportamiento no parecía normal, pero bien podría ser alguna droga y por eso estaba tan ansioso, si estuviéramos en otro país podría sospechar que sacara un arma y arremetiera contra todos pero aun así no podía descartar la idea. Quizá un esto-o-lo-otro. Pero en breves instantes lo descubriría, vería cuál era ese secreto…

–Si dígame, ¿buscas a alguien o esperas algo?– dijo la maestra al filo de la puerta ­­–distraes un poco la atención parado allí–. El joven con su mochila en las piernas se detuvo y se percató de mi mirada, al parecer, solamente él y yo estábamos concentrados en otras ideas, todo el grupo estaba viéndome desde hacía quién sabe cuánto tiempo como si fuera alguna especie de pervertido buscando a mi próxima presa.

–No… yo solo… ya meee iba…–, ya eran casi las 6 con cinco minutos.

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