Hoy tomé una decisión. Cosa curiosa, desde que una se dedica a analizar el lenguaje y todos sus cambios e irregularidades desde una perspectiva pedagógica, me veo comprometida a explicar y justificar cada una de mis palabras. En español, “tomamos una decisión”, como si las opciones estuvieran dadas de antemano, puestas sobre la mesa con antelación sin que el sujeto hablante (que por el mero hecho de serlo ya es una pasiva víctima de las circunstancias), bueno, sin que el sujeto hablante pueda hacer nada para producir alternativas. En inglés, por el contrario “we make decisions”, y eso, en la traducción más literal significa que nuestros vecinos del norte y demás angloparlantes del mundo son dueños y señores de su vida y de las decisiones que “hacen” porque no es que las opciones estén predeterminadas, sino que, el que habla, se encarga de fabricar la opción que mejor solucione cualquiera que sea la encrucijada. La encrucijada, en mi caso, no es evidente. Es un mero abanico de posibilidades (una vez más, ante las cuales yo no soy capaz de producir ninguna nueva), y yo sólo me incliné por la que considero… Ay, no sé ya ni cuál adjetivo adjudicarle… El caso es que me pegaron la edad y las circunstancias y de pronto supuse que tengo que empezar a tomar las decisiones propias del adulto independiente que pretendo ser, y ese adulto independiente no debería de tenerle miedo a quedarse sola, ni a comprometerse…

Advertisements