Las semanas empezaron a pasar, pasaban rápido, era lunes y había tantas cosas que hacer que el jueves me tomaba siempre por sorpresa y el viernes como si no contara. Pasaban rápido las semanas, los fines de semana más. Él siempre se venía. Yo nunca terminaba. Yo dije que sí y es sí a todo. Con ese lema he aceptado suspirando todo lo que me hace pensar ¿para qué batallas? pudiendo estar rascándote el ombligo en un lugar más cómodo y menos húmedo. Pasaba todo el día frente a una computadora, y al llegar a casa lo único que deseaba era ponerme otra vez frente a la computadora para comunicarme con todos a los que extrañaba por el capricho de estar lejos para que ellos me extrañaran a mí. Que fuerte declaración. Sólo ahora que lo escribo me doy cuenta de que me largué a ver quién me extrañaba… el resultado no es muy alentador. Vivo en el silencio de los que no quieren abrir la boca “por no hacer daño”, en el teclado de los que se animan a escribir y en la pantalla de los que se dan un tiempo para verme. Tal vez es mucho pedir hacerle falta a alguien. La vida sigue, aún con las ausencias. En este orden de ideas me encontré cumpliendo menos años de los que necesito para inspirarles algún grado de respeto a los incautos extranjeros que siempre opinan que soy muy joven para ser su profesora o a los nacionales que se preguntan cómo rayos ascendí tan rápido en una empresa en la que hago el trabajo de tres personas y mi jefa aún me pregunta -con una mirada que no he alcanzado a descifrar- qué se siente ser tan joven y tener tanta energía; al parecer es ciega ante las ojeras moradas que ostento y la postura de desahuciado y la distracción que cada vez merma más mi eficiencia. En fin, lo que he aprendido hasta ahora es lo siguiente: hay profesiones que trastornan, y trastornados profesionales. Me alejé de los segundos y fui a caer en los primeros… o me alejé de los primeros para convertirme en los segundos, o no importa que haga, seré siempre la misma profesional trastornada o trastornada profesional que, alentadoramente, no está sola. No soy la única workahólica (palabra que sé muy bien no existe pero que todos entendemos) que tiene una relación sadomasoquista y codependiente con su trabajo. Él se fue. Yo no termino. Mal de muchos…

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