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Frente mío había un vaso riedel con un par de hielos y lleno de un líquido amargo y agrio que hacía dudar de su supuesta procedencia escocesa, costaba solo 25 pesos el trago así que su calidad debía ser raquítica pero no podía importarme menos. El contenido del vaso era en realidad lo que mejor aspecto parecía tener en todo ese lugar, había mesas metálicas con etiquetas de Corona por todo el local, las sillas a veces eran solamente bancos austeros y corroídos, y la gente.. la gente era lo peor que había ahí. Todos parecían disfrutar de su encuentro en ese lugar con luces amarillentas y paredes destartaladas donde el sudor humano se conglomeraba en el techo de la cantina que, para colmo, estaba en un sótano. Esa gente me exasperaba, su ruido me irritaba, mis pensamiento me perseguían y las emociones que de ahí emergían eran terriblemente nefastas, plagadas de rencor y decepción.

Un trago más y uno después de ese último, era la rutina que serviría de paliativo para todos mis pensamientos. Si estás confuso y aturdido por la mierda del alcohol entonces no hay mayores preocupaciones. El mundo se detiene y los dolores sanan mientras tu tengas algo que tomar. Cuando salí de ese lugar tenía que buscar la forma de regresar a casa. El foso donde me había introducido para beber se veía mejor que el rumbo en el que estaba, no se veía ni un alma en la calle, excepto por pequeños grupos de bastardos esperando a gente que saliera de ahí en las circunstancias idénticas a las mías: solo, ebrio, confundido y con ganas de que alguien lo devolviera a la realidad. Además, llovía como si esa agua que caía tuviera que bastar para el resto del año. Caminé unos minutos cubriéndome con una gorra y mi chamarra de piel sintética hasta que me encontré una estación del metrobus, no me llevaría a mi destino pero al menos me acercaría, estaría seco y me podría dormir ahí.

Aparentemente, sobreestimé mis capacidades, cuando quise poner un pie dentro del transporte el piso pareció moverse y los barandales para sujetarse parecían estar mal ubicados fuera de mi alcance, se me dobló el tobillo y con lo empapado de mis converse caí sobre mi hombro dejándolo adolorido. El conductor del metrobus se acercó y me preguntó si estaba todo bien, probablemente desde donde él manejaba el vehículo no alcanzaba a percibir el olor a alcohol que impregnaba todo mi cuerpo y cuando se acercó le quedó mucho más claro. No recuerdo haberme levantado de ahí para sentarme pero debí hacerlo porque cuando abrí los ojos ahí estaba el conductor nuevamente con dos amigos suyos vestidos de policías, puede ser que incluso lo fueran. Muy amablemente me dijeron que me levantara y me fuera a la chingada, así lo hice, pero no sabía en dónde estaba.

Fuera de la estación del metrobus saqué mi celular para ver mi ubicación, entonces un tipo que se veía peor que yo y olía 100 veces más asqueroso se me acercó, me exigió que le diera mi teléfono y me negué. “Si me vas a robar al menos que te cueste”, pensé. Al instante sentí un dolor punzante en el vientre y volvía a caer, primero de rodillas y después mi cara tocó el pavimento. El dolor me recorría todo el cuerpo, no sabía si había sido un golpe (o mil), o si había sido una navaja, una patada o qué; la lluvia que seguía su ciclo tormentoso y aunque desde el concreto donde tenía recargada la cara se veía la estación del metrobus, nadie pareció acercarse.

Las gotas de lluvia dejaron de tocarme la cara, algo les impedía el paso y me percaté que había alguien junto a mí, traté de levantar la cara para verlo pero estaba demasiado oscuro para reconocerle la cara, llevaba un paraguas lo suficientemente grande para cubrirse él mismo y tenía como efecto colateral cubrirme también, estaba vestido de tonos oscuros, en la noche todos los tonos son de ese color, sus zapatos (que fueron lo primero que vi) estaba relucientes como si ni siquiera el agua se atreviera a tocarlos, no podía distinguir sus facciones pero era delgado, bien vestido y aparentaba ser bastante atractivo. Llevaba unas gafas de lentes rectangulares bastante pequeños y se acuclilló junto a mí para dejarse ver mejor. Para entonces el agua que manaba por debajo de mi cuerpo ya estaba teñida de ese rojo alarmante y escandaloso expulsado por la herida del acero. Me asusté, tuve miedo y me sentí más desolado que nunca. Excepto por ese extraño ahí acuclillado quien pronto me dirigió la palabra: –Puedes decir que la ciudad es ominosa e inicua, pero solamente te dio lo que estabas buscando. En cierto sentido es bastante justa.– Hablaba en voz lo suficientemente alta para que lo oyera pero no parecía estar buscando respuesta y yo no iba a suplicar ayuda, era evidente que había visto lo sucedido. –Si lo deseas, podemos acabar en este momento con tu conciencia de sufrimiento, alejaré de ti la idea de que eres impermanente y te regalaré un desapego hacia el mundo, así podrás concentrarte en lo que se te de la gana y jamás distraerte por lo demás, nada importará, no te traerá ya dolor, ira, ni tendrás que conservar esos rencores añejos que te guardas.­– finalizó.

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