Somos un par de coyotes itinerantes, fulgurantes, vagando en la estepa desértica cubierta de tierra y roca bajo la luz azul de una luna de ocaso. Peleamos y reñimos, mostramos los dientes y nos alzamos el uno contra el otro con furia y vigor, mostrando músculos y lamiéndonos las heridas de cuando en cuando. Olfateo la sangre fresca con precisión, con oídos de colores y ojos hipnotizantes, caminando con tranquilidad pero con un ritmo implacable hacia mis presas, hacia la carne trémula y la carroña, hacia el desierto de los sentidos y la lujuria. Tú me persigues con perseverancia y tenacidad, te quedas inmóvil mientras desgarro sexo entre mis colmillos y maúllas en el frío y el tornasol del crepúsculo. Soy el negro de tu alma, la noche de tu corazón que bordea tus brazos y se pasea como pavorreal. Soy los músculos adoloridos y las repeticiones, soy el peso que cargas con obsesión y devoción por la mañana. Soy las ansias de dejar que la libertad cabalgue por la carretera de la depravación como mustangs salvajes en tierra de olvido, de retribución y pago primitivo. Soy aquel que que se ríe de la muerte en la cara y la reta para humillarla. Soy los surcos de tus ojos que se extienden como garras y el cristal ahumado que las cubre por las mañanas con la arrogancia de una cabellera inmutable, con la precisión del oro en tus manos. Soy ley marcial que te disciplina en la indisciplina, en la belleza de lo mundano, lo casual y lo bizarro. Soy tu soledad en lugares oscuros y ocultos, soy la clandestinidad que buscas al pagar por placer, soy el tubo en el que se deslizan los cuerpos carentes de lencería, curvos y exuberantes, tersos, edulcorados de silicón, que deslizan manos hacia tu pantalón y gritan historias por montón. Soy el sabor del whisky y la cerveza en tu boca, el tabaco en tus pulmones, el latido incesante de tu corazón que bombea sangre a cada miembro de tu cuerpo cuando buscas cacería desechable y rondas la noche como un depredador insaciable. Soy la resaca del día siguiente, ebrio de fluidos, vaginas, culpas, actos temerarios y encuentros vacíos anhelantes de olvido. Soy cada canción provocadora y cada guitarra que llora. Soy el peligro, el voyeurismo y el exhibicionismo que se mueren por ser inmortalizados. Soy la devoción por tu espejo y las leyes de la física. Soy las barreras que has levantado para no penetrar y el deseo incansable de alguien que las rebase, soy el hartazgo fácil que lucha con tu olvido tan difícil. Soy la adicción a las mujeres complicadas, los cuerpos sinuosos y las llamadas a las tres de la mañana. Soy el encanto que lleva a la perdición. Soy la lujuría por el sexo que reclama como suyo cada labio, cada pubis que se mueve al ritmo de riffs sucios y musculosos, cada par de piernas que se enroscan en tu cadera. Soy cada mujer que llega a desestabilizar mientras llega el siguiente momento en que duerma y tu tomes la batuta, que yo sé diriges mejor que yo. Soy sexo en lugares públicos, soy una casa echa para fornicar en cada rincón, en la cama y el sillón. Soy la colección de ropa interior sucia que robas como trofeo, para inhalar su aroma penetrante. Soy cada roce de piel desnuda con piel húmeda. Soy cada mujer que monta tu sexo, besa tu deseo, grita su instinto y golpea la cabecera de la cama. Soy las lenguas que se encuentran y se anudan, el cañón de las espaldas que se arquean, el sonido de las nalgas que chocan, el sudor ácido del placer, soy aquel que desciende a un pozo y lo hace fluir, soy una mano que se desliza furtiva entre tu escote, aparta tu corpiño y se contagia del calor de tus senos, soy tu pezón entre las llemas de mis dedos, soy tu corazón batiente que dice que no deberías hacer esto tan pronto pero te impide parar. Soy el orgasmo que tratas de aprisionar entre tus dedos cuando sale por tu boca, soy el dolor de tus piernas después de ser poseída. Soy un coyote vagando en la estepa desértica del deseo y la provocación bajo la luz azul de la luna, bajo los rayos ultravioletas de la urgencia, relamiéndose ante la selva roja, negra y dorada de la belleza velada y la elegancia perversa. Soy todo esto pero también soy tú y tú eres yo. Somos Cástor y Pólux, somos hermanos gemelos que residen en el mismo corazón. Ni tú estas aquí para evangelizarme ni yo estoy aquí para desterrarte. Nuestro mayor problema es no haber entendido que somos dos naturalezas habitando al mismo hombre, que somos dos individuos solitarios que forman una manada, seguimos peleando guerras de sangre porque no hemos entendido que somos matices de la misma paleta de color. Mientras más pronto lo entendamos más pronto volveremos a ser hermanos y encontraremos paz. Porque yo soy tú y tú eres yo, pero juntos somos él, el hombre. Tú eres día y yo soy noche, pero juntos habremos de ser trueno que retumbe y viaje en la garganta ríspida del desierto de la depravación y la redención, en el cuerpo de una vida con forma de mujer y pasión.

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