Últimamente me dan miedo los aviones. Mal momento para acobardarme. Justo en un periodo en el que estoy tomando un vuelo cada dos meses, porque tuve la genial idea de aceptar una serie de cincunstancias que dieron como resultado que, si quiero tener algún contacto real con la persona que solía ser, debo, forzosamente, subirme  a un avión.

En este último contacto real con esa mujer cada vez más distante, me di cuenta de que, en efecto, las preguntas que me formulo son, generalmente, mucho más complejas que sus respuestas. Por fin escuché de viva voz ese discurso que había imaginado tantas veces, con el que tanto había fantaseado y fue al mismo tiempo tranquilizador y decepcionante. Yo ya había calculado todas las posibles opciones, sus causas y sus consecuencias, y, de entre todas, la “real” es la más aburrida, la más ordinaria y la más superficial.

No sé si este nuevo orden de ideas me entristece, me alegra, me avergüenza, me alivia, me encabrona o todas al mismo tiempo. Cosa curiosa, que sea precisamente eso, el tiempo, lo que no funcionó. La verdad confunde y clarifica al mismo tiempo. Este tiempo es clarificador y confuso y no se cuándo va a dejar de ser así.

Por un momento se me ocurre que hubiera preferido quedarme con mis fantasías y mis fantasmas, y no aterrizar en una realidad tan banal y tan insípida. Las nubes desde arriba permiten imaginar, soñar, fantasear, idealizar… pero desde abajo, aunque sean las mismas nubes, son sólo cúmulos de agua evaporada que tarde o temprano va a caer por su propio peso, pero de momento son inalcanzables, exactamente así, así me siento.

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