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Hay errores a los cuales nos hacemos fanáticos, ¿o no, queridos lectores? Hay metidas de pata que nos encanta repetir, una y otra vez, en todas sus modalidades. Hay pendejadas que no nos cansamos de cometer. Yo por ejemplo… bueno, para qué les doy ejemplos, ni que estuviera dando cátedra… ya todos sabemos cómo cometer nuestros propios errores, sobre todo esos, nuestros favoritos. Quisiera escribir de otra cosa, de algo que no fuera tan recurrente como mi vida cotidiana, quisiera escribirles historias de pasión y desenfreno, pero me delataría; quisiera filosofar sobre los problemas reales del mundo, sobre la guerra y el ébola y las formas de detenerlas y no aburrirlos una y otra vez con la cantaleta de la independencia y la soledad y los conflictos no resueltos, pero eso es lo que soy, y el día que deje de serlo… no sé, no sé qué pasaría si dejara de ser quien soy, tal vez absolutamente nada. Los aviones seguirían despegando y aterrizando, el mar seguiría yendo y viniendo, la gente que odia su trabajo seguiría odiándolo, los hippies seguirían haciendo pulseritas y los incompetentes que atienden en las mercerías seguirían fingiendo que la virgen les habla cuando les pides algo…  ¿ustedes la escuchan, queridos lectores? No a la virgen, por supuesto, sino a esa vocecilla tímida por insistente, que repite sin cesar “algo anda mal”… Yo tampoco. Se volvió muda desde que me empezó a valer madres su opinión.

 

 

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