Algo se rompió. Todo lo que no había llorado en varios meses lo estoy llorando de golpe. Tengo otra vez en el estómago esa sensación horrible de vacío e indigestión al mismo tiempo. Algo se rompió. Algo grande. Algo irreparable. Todos esos miedos que uno tiene cuando empieza una relación crecieron y crecieron, alimentándose de besos y de abrazos y de te amos genuinos pero traicioneros. Esos putos monstruos crecieron y decidieron aparecerse todos de madrazo, juntos, rugiendo y me muero de miedo. Todavía está mi humedad en tu cama y hoy parecen tan distantes esos planes de ir por el mundo y por la playa y por todos lados y por ninguno. Parecen tan imposibles esos momentos de reírnos de nada y de jugar con nosotros y de desvelarnos hablando de nuestros fantasmas. Es horrible. Es dolorosísimo. Se quedaron tantas cosas sin decir y tantos besos sin darse, y tantas fotografías sin tomarse y tantos hoteles sin visitarse y tantos cafés sin tomarse y tantas peleas sin pelearse y tantas películas sin verse y tantas noches sin desvelarse y tantas comidas sin prepararse y tantas lecciones sin aprenderse. Nos faltó tiempo y ganas y huevos para hacer que las cosas funcionaran. Alimentamos esos malditos mieditos hasta hacerlos demasiado grandes, demasiado fuertes y demasiado poderosos demasiado pronto. Hay momentos en los que siento que voy a partirme en dos del dolor. Que ya no tengo ni aliento ni lágrimas para seguir llorando. Quiero detenerme y te juro que no puedo controlarlo. No puedo hacerme a la idea de que todo se termine así, tan súbitamente. Ni siquiera agonizamos.

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