Estoy perdiendo valiosos minutos de sueño. Eres como esa cucaracha muerta al final del pasillo. Lleva ahí tres días. Al principio me aterró, la vi moverse y creí que no podría con ella, pero me armé de valor y no sé de dónde saqué fuerzas para aplastarla; me olvidé del asco y de todos los momentos anteriores en los que me he enfrentado a una puta cucaracha como esa y he sufrido lo mismo. Una vez la vi muerta, la rocié con raid mata-bichos para asegurarme de que no volvería de su tumba a jalarme los pies en la noche. Sólo las pinches cucarachas, los muertos y tú hacen eso. No me molesté en recoger su cuerpo, quemarlo o darle cristiana sepultura. La dejé ahí para que otras de su misma calaña vinieran a comerse sus restos y a envenenarse con lo que, desde mi muy pobre opinión, es un insecticida chafa y caro. Para eso y porque ni muertas me atrevo a tocarlas, todos los días salgo de casa con la esperanza de que haya desaparecido, pero sigue ahí, como tú, pudriéndose lentamente en el final de un pasillo. No hay manera de que regreses, pero tampoco vas a desaparecer. Y no entiendo porqué. Son -tanto la cucaracha como tú- un desagradable recordatorio de lo podrida que está una parte mía y lo frágil que es mi armadura. Que mato al tigre y me espanto con el cuero. Que prefiero dejar ahí el cuerpo y aborrecerlo todos los días antes que acercármele y ensuciarme las manos con su inmunda existencia. Son, los dos, prueba de que aún tengo miedos a los cuales no consigo enfrentarme. Hoy salí y no sólo estaba la muerta, también había una viva. Me fui antes de que se percatara de mi cobarde existencia.

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