El que no quiere saber, que no pregunte. No es extraño que las preguntas indiscretas nos lleven a informaciones incómodas. Una vez descubierta la verdad tenemos varias opciones: hacer oídos sordos, hacer un alboroto, fingir indignación, aparentar madurez, exponer abiertamente el odio, la ira o el rencor, dar rienda suelta al ejército de preguntas que suceden siempre a una respuesta, en fin, la lista de posibles reacciones es larga, y casi todas son poco satisfactorias. Uno querría no meterse en problemas, pero cuando te das cuenta es porque ya te llegó la mierda al cuello y todo apesta. Uno querría no hacerle daño a los demás, ir por la vida cagándola sin afrontar las consecuencias, pagar con tarjeta y nunca ver el estado de la cuenta. Pero eso no se puede, queridos lectores. No se puede porque no todos, es más, casi nadie, estamos dispuestos a escuchar la verdad y asumirla, así, sin más: sin hacer un drama o sentir que se nos acaba el mundo. Decimos “no eres tú, soy yo”, porque no estamos dispuestos a escuchar “eres tú, tú y nadie más que tú”; decimos “no tiene usted el perfil para el puesto”, porque decir “es usted incompetente” es ofensivo, aunque sea verdad. Decimos “tengo miedo al compromiso” porque no podemos decir “la idea de pasar el resto de mi vida acostándome con la misma persona me aterra”. Decimos “estamos en contacto” porque sería cruel decir “no te voy a llamar, sólo fue sexo”. Decimos “que tengas buena suerte” para no decir “la idea me parece una locura, y estás perdiendo tu tiempo”. No juzgamos, por no parecer altaneros; no culpamos, porque nadie está libre de pecado; no insultamos, porque no es apropiado. Ponemos un chingo de reglas, para no cumplirlas. Llegamos de panzazo a la quincena, pero nos decimos a nosotros mismos que somos “muy bien administrados”. Hablamos en plural, para cargar con menos culpa. Así somos, somos un montón de decisiones irresponsables ocurridas de manera consecutiva, o en el mejor de los casos, intermitente, alternadas con momentos de pasión y de encanto, que duraron poco pero hacían que las cosas valieran la pena. Somos la suma de las horas que pasamos posponiendo lo inevitable, procrastinando. Es demasiado difícil aceptarlo a veces, pero nada es para siempre. Todo y todos tenemos fecha de caducidad, por supuesto que a nadie le gusta pensar en eso cuando empezamos un proyecto, una relación, un viaje, un sueño. A nadie le gusta pensar en que las cosas se acaban, todo por servir se acaba. A nadie le gusta pensar en el pedo en el que se está metiendo ni en cómo carajos le va a hacer para salir de ahí, porque de momento es placentero, probablemente cómodo, seguramente conveniente y tal vez hasta necesario hacer oídos sordos a esa discreta voz de nuestra conciencia, que dice suavemente “esto está mal”.

Advertisements