La noche estaba lluviosa y no tenía absolutamente ningún plan a pesar de que era sábado en la noche. Después de estar echado en mi cama alternando entre ligeros pestañeos y un capítulo de una serie que sólo empecé a ver porque me quedé sin nada más que ver decidí que la mejor opción era visitar a un viejo amigo y comprar un chingo de cervezas…otra vez. Llegué oliendo a perro mojado por la combinación de mi eterna y fiel chamarra de piel y la lluvia que últimamente cae a cantados aquí. Mi amigo abrió la puerta y lo salude como se debe saludar a un viejo amigo; con un apretón de manos y un abrazo chocando los hombros. Lo primero que hicimos fue ir por las mencionadas cervezas y después nos pusimos a resguardo, abrimos un par de latas, la bolsa de churros y nos pusimos al día sobre nuestro día. No había mucho que contar. Le platiqué como es que venía de mi clase mensual de diplomado, impartida por una vieja checoslovaca tan loca como siempre me imaginé a las europeas del este pero en el mal sentido, no bebimos ni tuvimos una noche loca, por el contrario, me impartió una clase de prevención de la violencia que más bien parecía danza tribal, su pinche clase más que prevenir incitó en mi la violencia y me dieron ganas de darle un putazo cuando se le ocurrió la graciosa idea de ponerme a mi junto al resto del grupo (conformado en su mayoría por señoras de billete) a berrear como gorilas de lomo plateado en brama. Y yo que traía la playera que compré en Hugo Boss en uno de esos días de depresión que apacigüé como la nena que soy a veces. Mi conclusión junto a él fue lógica; nadie debería poner a otra gente a moverse, fluir y danzar como retrasados mentales, por más pinche soltura que necesite mi rigidez a mi que me dejen en paz con mi obsesividad que los dos estamos muy chingón juntos carajo. No había sido un día fácil. Así como hay días en que al abrir los ojos estoy rebosante de ideas, de alegría, de chistes pendejos, de status de facebook cagados y de ideas para salvar el mundo hay otros en que simplemente siento cómo las tripas me dan vueltas y me tiemblan las manos, me gana la ansiedad pues. Y se siente muy culero. Incluso he acuñado un termino para dicho estado anímico; lo llamo neurosis de viernes/sábado, pónganle el día que quieran si les ha pasado. Uno de esos días en que los planes que tienes terminan por no realizare porque a veces se te olvida que la gente tiene otros amigos y otros compromisos además de ti mismo, se te olvida que si no hablas Dios no escucha el muy cabrón y al final, la idea de no tener nada que hacer, nadie con quien estar, te lleva a maquinar ideas pendejas sobre el rumbo que está tomando tu vida, sobre donde estarías si no te ayudara todavía mamá, sobre si alguna vez conocerás a alguna mujer que no esté tan loca (ya no aspiro a conocer a una que esté cuerda), sobre si alguna vez te podrás sacudir esa sensación tan horrorosa que llamas soledad aunque no sabes a ciencia cierta si es en verdad ella. Tomas el teléfono y empiezas desesperadamente a escribirle a gente a la que tal vez no le escribirías si la situación fuera otra y la crisis se agudiza si incluso esos recursos no están disponibles, al parecer fui engañado por mucho tiempo y el sexo casual no arregla nada, sólo lo empeora a la mañana siguiente. Para acabar de joder el ya de por si jodido asunto, mi mente estaba inquieta y mi corazón convulsionado. En esa clase de 10 de la mañana a 7 de la tarde comparto espacio con una mujer que creía era una lección de vida que ya había aprendido pero olvidaba que las personas como yo somos como alcohólicos que un día se comen el mundo y al siguiente pueden tener la peor recaída, emborrachándose de recuerdo, de preguntas, de hubieras y de sentimientos que no acabaron como hubieran querido, ahí está de nuevo, un hubiera. Te preguntas que pensarán los demás en la habitación, los que no saben la historia, los que sí la saben y sólo son mudos testigos de lo que es obvio porque cuando ella entra tus ojos dejan de prestar atención al frente, sólo tienen cabida para ver el cabello húmedo, la boina y el chaleco, las botas de montar que tanto me fascinan, los movimientos de su cuerpo cuando el asunto de la terapia psicocorporal se torna sugestivo, las curvas de esa mujer cuando recostados en el suelo ejecutando alguna dinámica su camiseta se levanta y deja ver el abdomen que muchas veces besé entre desvelos, el beso de despedida que trata de gritar amistad pero termina susurrando tiempos pasados. Supongo que es mejor parar aquí, finalmente una recaída no necesariamente significa regresar a la adicción y, ni ella es el tema de esto que pongo aquí hoy, ni ustedes quieren ir más profundo en mi mente. Ella pertenece a otro mundo y otro momento, un momento pasado que se transformo en algo diferente, que pudo ser y no fue por los motivos que sean. Simplemente recuerdo esa canción de los Arctic Monkeys; “drunken monologues, confuse because it’s not like I’m falling in love I just want you to do me no good and you look like you could”. Si es tedioso aquí imagínense para el pobre cristiano que lo soportó en vivo sin quejarse como todo un estoico. Y es sobre él que vengo a hablar hoy. Conozco a ese cabrón desde hace casi siete años, desde el segundo día que estuve en suelo queretano y, desde entonces, rara vez nos hemos separado, mentado la madre seguro, los dos somos más necios que la caca, pero jamás hemos tomado rumbos realmente separados, por algo debe de ser. De una casa de estudiantes a un departamento y de ahí a vivir juntos dos veces, es uno de esos tipos que puedes dejar de ver por meses pero invariablemente sientes cerca. Atrás de sus lentes a veces me pareciera ver a un wey más rígido que un brazo de albañil (sin albur) pero, de cuando en cuando, nos deja ver que hay vida, pasión, emociones que le desbordan como a todos nosotros. Si algo tengo seguro es que es una de las personas más tercas, persistentes, perseverantes, comprometidas y encausadas que conozco, algún día quisiera llegar a su nivel de expertisse en algo porque a mi me cuesta un huevo enfocarme y a él lo invitan a congresos para hablar sobre el trabajo que escogió un día y nunca soltó. Últimamente lo he visitado más frecuentemente, quizás en parte porque no he tenido muchos planes de fiestas locas, porque he estado cansado y con neurosis de sábado y porque sé que la mayoría de las veces es una opción segura para beber cerveza y ver vídeos de youtube sin mayor complicación cuando el cuerpo pide tregua, o quizás porque, por segunda vez, amenaza con mudarse. Esta vez el destino es más cercano y el futuro se vislumbra algo más certero. Desgraciadamente existen personas que pensamos tan seguras que nos olvidamos que podrían irse en cualquier momento y tal vez con él ha pasado algo así en los últimos meses. Hasta el momento en que la realidad golpea de nuevo y golpea más fuerte y te recuerda que cada quien vuela a donde le conviene cuando le conviene. Hay una parte en mi a la cual le gustaría que no fuera tan pinche necio cuando algo se le cruza por la cabeza y así se quedara aquí para seguir hablando de fútbol y mujeres con cerveza y vídeos de youtube pero hay otra que se siente orgullosa de contar entre sus amigos a ese tipo, castroso e irritante pero, a final de cuentas, leal como pocos en estos tiempos de amiguitos de peda y niños que juegan a ser adultos pero se rehúsan a madurar, camarada pues. Él y yo hemos tenido nuestros altibajos en la vida pero creo que siempre hemos tenido claro que el otro está a una llamada de distancia para sacar una botella y desahogar las penas, él lo ha hecho por mi, espero que yo por él, y si fuera lo contrario, me gustaría enmendarlo hoy y que supiera que lealtad se paga con lealtad y que 200 kilómetros no impiden estar a una llamada de distancia para brindar por esto que ahora sé (gracias a él) que se llama periplo. Pinche Chispo, aún tengo tú botella de cognac tamaño frigobar esperando a ser abierta para brindar por tu regreso, ese que yo sé algún día sucederá porque las amistades así no se pierden por una pinche maestría. Pinche wey cabrón, como me da gusto ver lo que eras, lo que eres y en lo que puedes convertirte, nomás por tus huevos porque nadie te hizo favores. Sé que algún día regresarás y sé que nuestra amistad es suficientemente chingona como para sobrevivir al D.F. y el metro (después de todo hasta tú pudiste), así que antes de que te vayas nos vamos a chingar un cognac y brindar, cuando nos visites tienes en mi casa tu casa, y cuando regreses vamos a beber Corona light con un disco de Molotov. Mientras tanto acabo con una canción en honor de un brother from another mother. 

 

“Por lo que fue y por lo que pudo ser, 

por lo que hay, por lo que puede faltar,

por lo que venga y por este instante,

levanta el vaso y a brindar por el aguante…”

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