Desde hace prácticamente 7 años vivo en el estado de Querétaro. Desde que llegué aquí el aura que envuelve a este lugar es casi idílica; un crecimiento industrial exponencial que ha ido transformando a esta en una sociedad posmoderna casi palpada de cualquier libro de Gilles Lipovetsky, una reconocida atmósfera de seguridad constantemente usada como referente en contraste a otros estados que se desmoronan a pedazos, indicadores económicos positivos que nos dicen que incluso contamos con el primer lugar en PIB por estado, bueno, ¿qué les digo? hasta pioneros somos en las leyes contra el uso de animales en circos (aunque a las mujeres que abortan sí las encerramos tras rejas pero bueno).

 

Durante mucho tiempo, al igual que muchos otros queretanos y foráneos, pensé que Santiago de Querétaro, la capital, era un sinónimo del estado, lo más lejano que conocía después de esta ciudad-estado era San Juan del Río, más allá de eso, nada. En un estado que contaba, hasta 2010, con poco más de 1, 827,000 habitantes, de los cuales, 1,200,000 se agrupaban en su capital y zona metropolitana es comprensible que ignoremos lo que se halla más allá de sus fronteras.

 

Sin embargo, la vida me ha llevado, por diversas situaciones, a conocer la realidad alterna que impera en las zonas marginales de esta ciudad paradisiaca y en los municipios que, enclavados en la sierra gorda, pareciera que fueron olvidados por todos o que, de plano, nunca existieron. Cuando se observa un poco más de cerca es como si levantáramos una alfombra y viéramos toda la basura que se ha acumulado ahí debajo, almacenada por la pereza de todos los inquilinos. Cuando levantamos la alfombra vemos que ahí debajo están guardados algunos primeros lugares vergonzosos, alcoholismo en mujeres jóvenes, madres solteras, accidentes de tráfico relacionados con alcohol como primera causa de muerte en varones jóvenes, primer lugar nacional en consumo diario de alcohol, consumo del mismo que comienza a partir de los 9 años, suicidio como una de las primeras causas de muerte en el grupo de hombres de 14 a 24 años. La lista podría seguir y seguir y, definitivamente, no debería estar sucediendo.

 

Hace unos pocos días regrese de una visita al municipio de Colón, en donde estoy interesado en implementar un taller. Ahí donde hablé con un amigo mío, el padre Mario, hombre de Dios al que le importa poco la religión y mucho la gente. Al entrar al pueblo la atmósfera era calmada, el lago da la bienvenida, hay un clima ligeramente fresco pero con el sol calentando la piel, las calles con pocas personas que comienzan su día poco a poco en medio de la calma de un sábado, las radios sonando y las puertas de los locales abriéndose para comenzar la jornada. La iglesia luce predominante y se respira la calma. Desgraciadamente aquí nada está calmado.

Hace poco en la calle trasera el ejército mató al “Kike” Plancarte, líder templario exiliado de Michoacán que vino a refugiarse al estado en donde “no hay violencia ni narcotraficantes”, la gente ha comenzado a llamar a la calle por su nombre y a la privada en donde se le abatió como “Privada de los Templarios”. El alcoholismo está presente en más de la mitad de la población, aquí prácticamente sólo los niños de primaria no beben. El uso de drogas es omnipresente desde la secundaria, todo mundo conoce a los narcomenudistas que operan en la zona pero nadie se atreve a denunciarlos porque son sus clientes o porque tienen miedo de hablar con una fuerza policial que fabrica artículos en los diarios de la capital regodeándose por capturar sesenta migrantes centroamericanos cuando ellos plagiaron a los mismos migrantes durante tres meses en sus domicilios particulares para ser usados como sexoservidores(as), una vez que dejó de ser divertido fue tiempo de entregarlos y deportarlos. A una niña de 14 años, una de las más bonitas del lugar la engancha un dealer de 29 años y se la roba de su casa, tres días después aparece muerta en un canal de Morelia, Michoacán, el dictamen del ministerio público a su madre; “para que investigamos, total, ya está muerta señora”. Así como la justicia, las instituciones de gobierno y la ayuda social aquí no son más que una broma de mal gusto. A una mujer que se arma de valor para atreverse a denunciar el maltrato de su marido le dicen que no pueden atenderla porque sus heridas no son “suficientemente graves”, que regrese en cinco días porque hay mucho trabajo, pero ella también tiene que trabajar para darle de comer a sus hijos y no tiene tiempo de estar convaleciente, en cinco días las heridas se habrán ido, no habrá delito que perseguir y ella tendrá que regresar a dormir con el enemigo. A un joven de 17 años que sufre bullying en su escuela y es constantemente golpeado y agredido, al buscar ayuda en las instancias correspondiente se le contesta con un simple, llano, frío y absurdo “¿qué no eres hombrecito para defenderte?”, acto seguido se le despacha, hoy en día hace mucho que abandonó el pueblo debido a la incapacidad de tener seguridad en su propia escuela. Las autoras de este par de joyas son las tres únicas psicólogas con que cuenta el DIF del municipio de Colón.

 

Sin embargo la verdadera razón de mi interés por asistir a este lugar era otra. Una de esas situaciones que golpea directo en la cara, te despierta, te sacude, revienta la burbuja en que vives. El padre Mario ocupa sus sábados recibiendo jóvenes en su parroquia, jóvenes de entre 15 y 17 años aproximadamente, lo que tienen en común es haber consumido alcohol o drogas hasta llegar a un estado casi de inconsciencia sólo para recostarse en las vías del tren…y esperar a morir. Colón es un foco rojo que presenta indicadores de suicidio alarmantes, en un municipio de 50,000 personas se tienen proporcionalmente más suicidios que en la ciudad de Querétaro y su zona metropolitana, los casos que se presentan rara vez son primerizos, existen personas que cuentan cuatro intentos. ¿Qué nos está pasado como sociedad?, ¿de qué enfermedad es síntoma este fenómeno?, ¿qué valor registra la vida humana en estos tiempos posmodernos que nos enloquecen y nos ciegan, que nos hacen sobajar nuestro propio valor como personas?, ¿en qué momento dejamos de ver a nuestro prójimo, en que momentos marginamos y convertimos en fantasmas a aquellos que son iguales a nosotros?. Estamos presenciando no solamente la fractura del tejido social sino una bomba sobre la cual estamos parados y que no tomará demasiado tiempo en explotar, y cuando lo haga lo hará en nuestra cara y vamos a darnos cuenta muy tarde del error que significó creer que sólo esta ciudad espejismo necesitaba atención, de creer que en Querétaro no pasa nada. Cuando una sociedad deja de valorar la vida del que tiene enfrente, la objetiviza y le asigna un valor como si se tratará de una mercancía, la cual es susceptible de ser comprada, intercambiada o destruida a conveniencia nos enfrentamos a un cáncer que detona la violencia y la inestabilidad, el núcleo de nuestras comunidades se comienza a ver cercado y asfixiado y nos enfilamos a un estado fallido y a una decadencia moral. Cuando una persona deja de valorar su propia vida como digna de ser vivida, como poseedora de un valor innato, cuando no ve sentido a continuar y se entrega a morir acostado a las vías del tren nos damos cuenta que ha perdido toda esperanza y noción de un futuro, de un sentido, de un propósito, si no es capaz de encontrar una sola razón para conservar su propia vida ¿qué razones podría tener para salvaguardar la de otros, para tender la mano a otros?, si continuamos así el siguiente paso es la erradicación de esa sociedad y la erosión del tejido sobe el cual se construyó alguna vez. Me niego a aceptar que esta sea la línea que estamos siguiendo como sociedad, como individuos, me niego a aceptar que la vida humana no tenga sentido, dignidad y que no valga la pena vivirla, por el contrario, en estos tiempos disparatados siento la necesidad de gritar a todo pulmón que la vida vale la pena bajo cualquier circunstancia, que estamos aquí para pelear. Si no somos nosotros entonces ¿quién tomará las riendas de nuestro futuro?, hoy hago un llamado a salir de nuestra propia realidad, a encarar la cara oculta del progreso y la modernidad, a dejarnos sentir la marginación que nos han vendido como el futuro de México y gritar nuestra inconformidad, hoy les hago un llamado a no dejar que esto siga sucediendo, hoy quiero que nos preguntemos ¿qué podemos hacer al respecto?, esta es una realidad que no estoy dispuesto a aceptar.

 

-Omar Ojeda

 

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