Fotografía por scalespeeder con licencia de atribución de Flickr
Fotografía por scalespeeder con licencia de atribución de Flickr

Las botellas con etiquetas.

El domingo 9 de junio de 2014 a eso de la media noche fue cuando revisé los resultados de la convocatoria para entrar a la maestría en la UNAM. Una sensación horrible me mantenía despierto para esperar ver esa lista, una especie de nudo en el estómago junto a una especie de nausea nerviosa eclipsada por unas ganas incontenibles de gritar o golpear algo; soy una persona que ha pasado gran parte de su vida apaciguando las emociones, conteniéndolas en pequeñas botellas de vidrio transparentes con etiquetas que dicen “ira”, “enojo”, “tristeza”, pero que a la vez hacen lugar para otras con nombres más favorables: “pasión”, “alegría”, “éxtasis”.

Desbordamiento.

(Escucha Lagunas Mentales mientras lees este post)

De vez en vez, cuando me dirijo hacia una de esas botellas para almacenar la emoción, ocurre lo que es propio para un envase lleno a tope y se termina derramando por unos instantes. Es justo ese preciso momento en el cual todo se viene abajo, la emoción derramada de la botella explota como un envase de agua mineral arrojada con mucha fuerza hacia la pared. ¡Bum! ¡Explota! Me enfrento a momentos de pura exaltación, sin límites, un frenesí de emoción imparable cual si fuera un adicto que está preparando su siguiente dosis. Esos instantes son puros, son vulnerables y regocijantes.

Cuando esto ocurre, tardo bastante en recuperar la quietud y la calma. En días pasados la depresión fue la que se desató y viví una inquietante y mísera existencia por unas horas, que poco a poco se fue transformando únicamente en un estado de tristeza y, al final, cuando pude contener el derrame de la botella con la etiqueta de “depresión” escrita en ella, se alejó de mi esa sensación para devolverme a mi inmutable estabilidad pragmática, hedonista y nihilista, que siempre he considerado la forma más correcta de vivir.

El chorro característico.

Este elaborado sistema de botellas con etiquetas es más complejo de lo que uno piensa. Para hacerlo funcionar debemos tratar de aletargar las emociones lo más que se pueda, de otro modo, terminarían desbordándose en cada ocasión. Es más o menos como retiran las corcholatas de las botellas de vino blanco espumoso para reemplazarlas con su corcho correspondiente: en principio se genera tanta presión que si se tratara de quitar la primer tapa simplemente explotaría, en lugar de ello, primero se congela la botella y después se reemplaza con el corcho, así se evita la explosión pero, se conserva suficiente presión para que cuando se destape se produzca la expulsión del corcho y el chorro de vino característico de este bebida. Las personas usamos esos mismos mecanismos, solo que los disfrazamos de acciones frugales y mundanas, por ejemplo, dediqué gran parte de la noche a ver Orange is the new black, cuya obscenidad y morbo me invitaban al siguiente capítulo y así sucesivamente hasta que te envuelves tanto en la trama que las horribles sensaciones de nauseas y ganas de gritar se han enfriado lo suficiente para que pasen inadvertidamente a volverse parte del contenido de su respectiva botella.

Aceptado en la maestría en psicología.

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Lista de aspirantes aceptados en la maestría en psicología con residencia de neuropsicología clínica en FES Iztacala generación 2015 – (1)

Por fin, revisé la lista de aceptados y ahí encontré mi nombre NÚÑEZ PANIAGUA formando parte del nuevo alumnado en la maestría y fue entonces cuando fue la euforia la que se desbordó. Entré en un periodo de agitación en el que grité con todas mis fuerzas, canté una canción de calle 13 a todo pulmón, escribí a mis mejores amigos y bailé por toda la habitación. No podía pensar en otra cosa más que en lo afortunado que era, la sensación de poder hacer cualquier cosa me invadió, el saber que puedo realizar las cosas por mi propia mano y que las barreras son invisibles y te reducen únicamente hasta donde las dejes me hizo reír hasta llorar. Y es que había acomodado muchas cosas para que aquel momento fuera tan importante, había puesto en un solo hecho parte importante de mi futuro. Renuncié a un trabajo con la espera de recibir una buena noticia y manejé mi vida como si esa información hubiera estado en mis manos mucho antes.

Orange Black, Agua Maldita, Juego de Tronos.

Días después, tuve una cita en la UNAM por lo que me preparé para el viaje, descargué de itunes el último álbum de Molotov Agua maldita, con la intensión de escucharlo en el trayecto. Me había fijado la meta de por fin subirme al metro. Para contextualizar un poco mi situación: crecí en una ciudad de menos de 50 mil habitantes, cuando me mudé de ahí tarde como 5 años en adaptarme una ciudad de 800 mil, además, nunca he tenido la necesidad de utilizar el transporte público. Por lo tanto, los más o menos 9 millones de habitantes del DF con su servicio de metro me daba un poco (mucho) miedo. Deseaba llevarme mi libro de Juego de Tronos para pasar el rato mientras me transportaba, pero es un tomo bastante grande e incómodo para andarlo cargando y yo no quería llevar mochila ni mucho menos, por lo que lo tuve que dejar.

Reflexiones de a metro.

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Imagen que “Oram Odeja” uso para tranquilizarme por mi primer viaje en metro. Gracias amigo.

Para nunca haber usado el metro me fue bastante bien, es bastante sencillo de usarlo, en realidad, creo que para realizar cualquier actividad para la cual se necesiten más de tres neuronas la gente debe recibir una capacitación de unas 6 horas y leer un manual (o de menos ver un tutorial de youtube); para usar el metro seguramente se necesita solamente el 0.34% de media neurona, lo que explica porque lo puede usar cualquiera.

Cuando estuve en uno de los asientos del metro camino a la estación de Copilco tuve una extraña sensación, me sentí extrañamente cómodo y me resultó muy familiar, como si me hubiera subido miles veces. Esto es curioso porque es raro que yo me encuentre cómodo en lugares con mucha gente, pero fue en ese momento cuando caí en cuenta de la razón de mi tranquilidad. Me encontraba rodeado por decenas de personas cuya vida y existencia me resulta tan irrelevante como la mía para ellos, en ese lugar todos somos tan extraños e insignificantes que podría estar sentado yo o cualquier otra persona de los 9 millones de habitantes y sería exactamente la misma escena. Ninguno conoce al otro, la posibilidad de que en ese contexto me encontrara con alguien conocido eran casi nulas e inexistentes. En ese lugar a nadie le interesa la vida del otro, en ese momento se transforman en una especie de robots sin sentimientos y emociones, todos las dejan afuera, en su existencia real, porque en el metro no son importantes, en el metro se despersonalizan y se vuelven autómatas. De una u otra forma, ese espacio te hace dar cuenta de tu finitud e irrelevancia para el mundo, conmigo o sin mi, la vida seguiría y nuestro contexto es tan pequeño que ni siquiera el esfuerzo conjunto de todos los ahí reunidos provocaría un cambio cosmológico. Así como me he dado cuenta de que la vida es sufrimiento, ese momento me concientiza de la impotencia del ser humano.

La confluencia de gente, la finitud de nuestras acciones y todos los demás pensamientos que se me atravesaron en el metro fueron los que me provocaron esta sensación de comodidad en cierta medida placentera y relajante.

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