Tal vez sea el vino blanco hablando por mí, o los corajes que he pasado últimamente a causa de… bueno, me disculpo por la confidencialidad violada y lo que sea que implique este artículo. Él tiene siete años y ya me propuso matrimonio, me odió y me amó el mismo día, sufrió mis dolores de cabeza, mis gritos y mis días de empalago y me besó hasta cansarse y me pateó y me escupió y  me embarró sus mocos en el pantalón y me aventó piedras; ya lo arrastré por un salón y lo cuidé porque estaba enfermo, y lo consolé porque estaba triste, y le di agua y le di órdenes y le enseñé todo lo que pude del mundo y lo protegí de todo lo que pude, lo protegí de mí misma y del mundo que nos rodea, le aguanté desplantes y enojos y berrinches y le aguante días de besos interminables y caricias y cosquillas y juegos que ninguno de los dos entendemos, eso me recuerda que tengo que ver una película que no voy a disfrutar sólo por tener tema de conversación con ese niño que se descarrila cada dos minutos y que no sigue instrucciones y que parece que trae un motor dentro pero que en sus momentos de lucidez tiene las observaciones más inteligentes que yo he escuchado en mi vida y en sus momentos de dispersión parece que estuviera yo más loca que él, porque siempre le sigo la corriente, y la mayor parte de las veces la entiendo. Poniéndolo así parece que la transferencia y la contratransferencia fueran en este caso cosas ficticias que nunca aprendí a controlar, y que las relaciones humanas son eso, humanas, porque yo soy su sombra, no soy ni su psicóloga ni su maestra, ni su nana, ni su mamá y al mismo soy todas y cada una de ellas. ¿Él? Él es mi sol: según los niños de siete años que creen que el opuesto de sombra, siempre es sol. El caso es que este sujeto, por decirlo de algún modo, es hijo de padres divorciados y la versión que maneja su inocente cabeza es que el matrimonio de sus papas se convirtió en amistad. No puedo ni imaginar el día en que se dé cuenta de que esta amistad no es más que la prolongación (obligada en este caso, por su mera existencia), de una relación que desde el principio era innecesaria. Innecesaria por decir lo menos, yo no sé bajo qué circunstancias él fue procreado, nacido ni criado en su infancia más tierna, pero conozco de sobra las circunstancias que ahora lo califican de TDAH y de niño problema en la escuela, del niño al que la sombra “le dejó una huella”, según una directora que se aparece cada venida de obispo y que no ha de tener la menor idea de en qué consiste mi trabajo, pero bueno, es el niño con TDAH en la escuela; el niño que debe ser feliz, aunque no aprenda nada, según su madre; y el niño que me ha enseñado de psicología y de relaciones humanas más que cualquier adulto, según yo. El que observa las hormigas con la concentración que cualquier adulto necesitaría para programar una computadora, y la dispersión que cualquier esquizofrénico mostraría ante ninguna provocación. Él es él, y yo soy yo, y nos encontramos en un momento y un mundo en el que ninguno sabía cuanto necesitaba del otro, nos odiamos y nos disfrutamos tanto y al mismo tiempo que cualquier observador ajeno ha de creer que yo más loca que él. Sus preguntas me han hecho cuestionármelo todo, y mis respuestas seguro que no le han servido de nada, porque ya quisiera yo tener la mitad de su inteligencia. Los piquetes de mosquito que padece me han sacado de quicio, al igual que su tonito de voz chillón y los gases que expide cual chiste de primaria, todo le aguanto, porque sé que él no necesita un abandono más, porque necesita un apoyo, una cómplice, una ayudanta, y eso soy yo. Y yo necesito a alguien que me necesite, alguien para quien yo pueda hacer una diferencia, alguien que me admire y que diga cuán hermoso es mi cabello y que linda me veo cuando me pongo labial, y él es eso, es alguien que no se ajusta a los estándares y que necesita atención especial, misma que a mí me encanta otorgar.

Él cree que el matrimonio de sus papás se convirtió en amistad, y yo no voy a estar ahí para consolarlo cuando se dé cuenta que sus papas se odian o se aman, o no sé qué rayos sientan uno por el otro, pero amistad no puede ser.

Conmigo él desfoga sus frustraciones y sus temores, y pone a prueba mi paciencia y mi astucia, me pone a prueba a cada minuto y yo a él trato de hacerle entender cómo lidiar con un mundo  que no gira a su ritmo. Jugamos guerras de pulgares y de sables láser y piedra papel o tijera tienes cola de ballena y a la mantis religiosa y a cualquier cosa que se nos ocurra para matar el tiempo en un lugar que los dos aborrecemos en la misma medida, a veces la única compañía placentera somos uno del otro, y a veces el único enemigo somos uno del otro. Así de ambivalente es nuestra relación, y así de funcional, tanto que vamos a cumplir el plazo, y a terminar con esto, porque siempre tuvo fecha de caducidad y porque no es sano continuar  con algo que no va hacia ningún lado. Cada quien tiene que seguir su camino, él con su TDAH y yo con mi codependencia, a ver qué hacemos uno sin el otro: él va a crecer, y se le va a quitar en cuanto sus hormonas lo hagan concentrarse en una sola mujer, pero yo, yo voy a vivir toda mi vida necesitando que alguien me necesite, y tratando de sublimarlo.

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