Acabo de comer un plato de frijoles que me supo a gloria. Frijoles que yo limpié y cocí con mucho ímpetu pero poca seguridad. Uno de los recuerdos más claros que tengo desde muy pequeña es el de ver a mi madre limpiando frijoles, lo hace con una precisión y una velocidad envidiables. Muchas veces le pregunté qué criterios utilizaba, muchas veces me lo explicó, hay algunos fáciles, quita piedras y basura, pero hay otros para los que se requiere colmillo, juicio clínico, libre albedrío. Recuerdo también que un par de las conversaciones más duras que he tenido con mi madre han sido mientras ella limpiaba frijoles: a los dos meses de haber comenzado la universidad me le acerqué con muchísimo miedo, estratégicamente escogí un momento en el que tuviera las manos ocupadas para que no me estrangulara por decirle que no quería estar en esa escuela; sin dejar de limpiar nada pero con lágrimas en los ojos me preguntó si estaba embarazada y yo subí corriendo y llorando a mi habitación: no tuve lo que hacía falta para irle con el mismo cuento a mi papá, y cinco años después tuve que volver a acercarme a mi madre, mientras ella limpiaba frijoles, para decirle que no podía buscar trabajo de psicóloga, porque no quería dedicarme a eso: me respondió que eso se lo hubiera dicho al principio. Con lágrimas en los ojos me planté en la cocina y expliqué todas mis razones, ya no corrí hacia mi habitación: al menos de eso me sirvieron cinco años de crecer… Pero no había crecido suficiente todavía, así que un día se me ocurrió la genial idea de que quería ser independiente. Nadie le explica a los jóvenes impetuosos pero ingenuos, como yo, que ser independiente, además de cocer tus propios frijoles, es aprender a planchar, lavar los trastes, que parece que se reproducen solos, pagar luz, renta, estar al pendiente del camión del agua bonafont, sacar la basura, investigar cómo coños se conecta un dvd, y todo esto hacerlo en tu tiempo libre, por supuesto, porque tienes dos trabajos que te mantienen muy ocupada pero no económicamente autónoma. En fin, es también perder la noción del tiempo y el ritmo de los ciclos circadianos, y preguntarse a cada momento si valdrá la pena…

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