Todas las casas tienen puertas, todas. Algunas tienen cerraduras tan complicadas que nos pasamos media vida intentando abrirlas sólo para tirarlas de una patada. Otras nunca logramos abrirlas porque jamás encontramos la llave adecuada. Otras más nunca estuvieron cerradas y basta girar la perilla. Cuando uno finalmente entra en esas casas, a través de esas puertas, puede ver todo de cerca, a detalle…si se toma el tiempo necesario. Se pueden ver todas las pequeñas esquinas con golpes, las paredes y techos con cuarteaduras, las fugas de agua que, gota a gota, te privan de sueño a media noche, los jardines perfectamente podados o con maleza creciendo indiscriminadamente, descuidados. Uno puede ver todo eso y es inútil decir lo contrario. Todos tenemos una casa así y, generalmente, cerramos nuestra puerta para impedir que algún extraño entre y pueda hacernos daño o robarnos, pero de cuando en cuando somos nosotros mismos quienes quitamos el pestillo y dejamos la puerta abierta de par en par, esperando que alguien, que esa persona en particular que ya todos tenemos en mente, entre sin miramientos y recorra hasta el último rincón, día y noche, a lo largo y ancho. Sabemos que podría tomar algo y marcharse sin más pero no nos importa con tal de que entre al menos un momento. , secretamente, nunca nos cansamos de albergar al menos una pequeña pizca de esperanza sobre su permanencia, ya ha sucedido antes que alguien se marche pero es nuestro deber olvidar el pasado y siempre regresar al presente si queremos tener un futuro, así que albergamos fe, albergamos y albergamos. Quizás mi amiga tenga razón; a pesar de tantos madrazos la gente nunca se cansa de intentar ser feliz. Todos hacemos y decimos estupideces por miedo, por prejuicios, lo único que nos queda es seguir adelante con la ilusión de un mejor mañana, de un mañana con ella, aunque no tengamos ninguna garantía de que eso en verdad suceda (y muchas veces no sucede). Todos tenemos períodos de adaptación pero una vez dentro siempre nos acostumbramos a vivir con inquilinos y lo raro termina siendo la idea de vivir solo nuevamente. Uno se acostumbra a muchas cosas; al olor de otro shampoo en tu almohada, al olor de otra persona en tus sábanas, a cerrar los ojos sintiendo el calor de un cuerpo frente a ti mientras lo tomas por la cintura, a que cierta conversación sea siempre la más reciente en tu teléfono, a pensar que es hora de tener más de un cepillo de dientes, a preocuparse por tener siempre el refrigerador vacío porque repentinamente empiezas a sentir deseos de cocinar algo para dos personas, a limpiar un poco para dejar el lugar medianamente presentable en caso de que ella entre, a comprar cortinas porque por primera vez desde que te mudaste necesitas y quieres privacidad, intimidad, sentir que esos cuartos son sólo tuyos y de alguien más, que no quieres salir de ahí, uno se acostumbra a dormir poco porque en plena madrugada los instintos afloran, uno se acostumbra a despertar acompañado, uno se acostumbra a que las mañanas sean más duras porque es mucho más tentador quedarse todo el día en la cama hablando sobre cualquier cosa que ir a trabajar, te acostumbras a perder los miedos y las inseguridades, te acostumbras a creer que puedes hacer todo o, al menos a sentir que tienes una motivación para hacerlo todo, para hacer más, para dar más, y eso requiere invertir todo lo que tienes en los bolsillos y hasta la camisa para completar, uno se acostumbra a correr más rápido porque la cabeza dice que todo está bien y así as piernas se sienten fuertes, uno se acostumbra a extrañar cada vez que esa persona no está, uno pierde la noción del tiempo, rápido cuando estás con ella y demasiado lento cuando está lejos, uno se acostumbra a ser permeable, a conocer nuevas cosas, a hacer cosas diferentes porque quieres conocer más a esa mujer, uno se acostumbra a capturar manos por debajo de las mesas, uno tiene miedos e inseguridades, dudas, pero uno se acostumbra tanto al tiempo con ella a lo bueno que suena un futuro con ella que termina enviando toda esa basura directo al quinto carajo, uno se acostumbra a escuchar sonrisas sonoras, a pasear en bicicleta, a una calle, a un número, a jugar con niños otra vez, uno se acostumbra a sentirse en casa incluso en una casa que no es tuya, siempre y cuando la mujer de la que estás enamorado esté ahí también, uno se acostumbra a sentir la calidez de esa persona, uno se acostumbra a la sensación de su cuerpo al hacer el amor, uno se acostumbra a los besos que saben como sabe el agua para el sediento. Pero no siempre se puede vivir bajo el mismo techo, a veces las personas deciden salir por esa puerta y cerrarla, a veces sientes como si ella fuera tu vecina pero el punto sigue siendo el mismo, alguien sale, la puerta se cierra y uno tiene que buscar la manera de volver a aprender cómo vivir solo. Casi siempre dejamos cosas olvidadas en casa de los demás, así como yo he dejado mil y un recuerdos y varias partes de mi corazón en sus habitaciones, en su cama, así abro mi armario y veo el vestido y el camisón que ella alguna vez olvidó en la mía. Abro los ojos, veo la puerta cerrada, siento mi corazón dolido suturarse y me doy cuenta de que abrir puertas también implica cerrarlas, implica dejar cosas olvidadas por el otro ahí dentro, abrir tu corazón significa también tener que cerrarlo a veces y a veces esa persona está tan dentro de tu casa que eso es imposible de hacer sin que algo de ella se quede dentro. Hoy no dormí bien, cerré los ojos muy tarde y los abrí muy temprano, desperté solo, sin nada más que hacer más que tomar café, recuerdo algo que leí en algún lado, algún día, como, mientras uno crece, va quedando “curado de espanto” respecto a estas cosas, como uno se vuelve un chingón para lidiar con las cosas del corazón, los amores y desamores, como uno se vuelve estoico, porque eso es lo que hace un adulto. Sinceramente creo que el hijo de puta que escribió eso era un reverendo imbécil o nunca se enamoró realmente. Al menos yo sigo aumentando años y esto aún me duele hasta la chingada, sigue doliendo como el carajo llegar a casa un viernes por la noche, con el cielo cayéndose a cantaros y recordar sus lágrimas y las tuyas, sigue doliendo hasta los huesos besar sus labios, decirle te amo y luego despedirte mientras la puerta del auto resuena como tu corazón partiéndose en pedazos, con lo que podría ser un parabrisas empañado o, bien, unos ojos hinchados de tristeza que fallan para enfocar al ver su semblante cabizbajo alejarse en la noche. No sé, simplemente hay puertas que al cerrarlas duele el alma.

 

-Omar Ojeda

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