En Grosso Modo siempre he podido escribir lo que quiera, como quiera, cuando quiera. Es preferible que lo que quiera escribir no sea doloroso para nadie, que la forma en la que quiera hacerlo sea prudente y que el tiempo en el que lo haga sea cada quince días. He de admitir, sin embargo, que cada vez me cuesta más trabajo. Soy una crítica implacable y una editora insoportable, y cada vez que intento alguna línea me corrijo los tiempos y las formas más veces de las que debo, y entonces tardo más en autorizar lo que escribo que ustedes en ignorarlo. Pero no tienen la culpa los lectores de los cargos de consciencia que atesoro. Prosigo entonces. Grosso Modo ha sido siempre un espacio de completa libertad para expresarme, cuando las letras llegan a la pantalla ya pasaron por el filtro del superyó y del qué dirán así, de lo que es sensato, de lo que es abstracto y de lo que es francamente incomprensible, cualquiera de las anteriores condiciones es completamente aceptable para que estas escasas palabras vean la luz de los jueves, que ya hace mucho que no son de caguamas, tristemente. Esos jueves de caguamas y de filosofías de un comedor pequeño pero acogedor que fue centro y testigo de eventos tan variados y jocosos como serios y contundentes. Testigo de conversaciones, de besos, de amores, de retos, de fidelidades y aventuras, de sabores y sinsabores, de coqueteos, de peleas, de gritos y sombrerazos. Ese comedor fue testigo de todo, y lo sigue siendo, sin duda. Me queda claro que se me ha contagiado la dispersión y el descarrilamiento -si es que tal cosa es posible-, y que sigo dictándole a mis manos para escribir, -que bueno que lo hago sola, porque seguro parezco loca-, por ésa y muchas cosas más, entre ellas la terquedad de ignorar mis reglas y haberlas roto deliberadamente, de seguir los caprichos de alguien que no soy yo pero que se apodera de mi cuerpo cada vez que la circunstancia lo propicia. La terquedad de aferrarme a algo que quiero sentir, pero que no sé si siento.

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