Teníamos como quince minutos viendo hormigas. Ellas subían sin preocupaciones, y al parecer sin rumbo fijo, por una pared blanca, mientras él las observaba con un grado de concentración que no le he visto poner en casi ninguna otra actividad. De pronto se le ocurrió mover sus deditos y dirigirlos hacia una de ellas, que murió aplastada en un instante.
-No las molestes. -Fue todo lo que atiné a decir, como si los años que estudié psicología no me hubieran servido de nada. Acto seguido murieron aplastadas otras tres hormigas y la mirada traviesa de ese niño que me reta cada vez más se dirigía sólo hacia mí.
-Si las molestas ellas te van a molestar a ti. -Otro error-.
-¿Cómo me molestarían?
-Pueden morderte.
-Ya me mordió una y no me duele.
-Moléstalas entonces. -Creí estúpidamente que era mejor sacrificar a unas cuantas hormigas que seguir discutiendo con él, que además casi siempre tiene la razón. Mi rendición zanjó la discusión y él se sentó tranquilo a unos centímetros de la pared donde un grupo de cuatro hormigas llevaban en hombros un pedacito de madera.
-¿Trabajan en equipo?
-Sí, y así es más fácil. -Aprovecho cualquier oportunidad para tratar de inculcarle valores y buenas costumbres, aunque los frutos de mi esfuerzo son tímidos y casi no se dejan ver.
Transcurrieron unos minutos, él seguía concentrado en el ir y venir de las hormigas y yo trataba de justificar mi incapacidad de lidiar con su oposicionismo bajo el argumento de que estábamos realizando un ejercicio de concentración, objetivo último de mi presencia en su vida.
-Si les soplas, se paran, mira. -Me lo dijo en voz bajita, como para que las hormigas no pudieran escucharlo, y cuando volteé a verlo estaba con la cara a tres centímetros de la pared, quietecito, siguiendo el rumbo de las hormigas con su boca, y soplándoles intermitentemente. Él soplaba y ellas, en efecto, se detenían. Él dejaba de soplar y ellas seguían su camino. Sopló otra vez, se detuvieron.
-¿Ya viste?
-Sí, ya vi. Dije, con una sonrisa enorme y una envidia aún más grande. El grado de satisfacción que a ese niño le estaba produciendo ver a unas cuantas hormigas es algo que muchos adultos ya no obtenemos con casi nada. No tardó en llegar la estocada final:
-¿Cómo respiran las hormigas? ¿Tienen pulmones? ¿De qué tamaño son los pulmones de las hormigas?
¡Pta mad…! Pensé, pero me alcancé a censurar y respiré profundo. Admití un “no lo sé” y alcancé a prometerle que iba a investigar y que al día siguiente hablaríamos de las hormigas, su respiración y cualquier otra cosa que quisiera saber sobre ellas. Temía que mi investigación fuera completamente inútil, porque sus intereses se mueven al ritmo de su hiperactividad, pero no podía no hacerlo porque si el martes me repetía la pregunta y yo no conocía la respuesta mi sentido de insuficiencia no me iba a dejar en paz. Así las cosas, dediqué el breve tiempo libre que tuve la tarde del lunes a investigar sobre las hormigas y sus curiosidades. Hablando de curiosidades, es curioso cómo una idea puede alojarse en una cabeza y propagarse como un cáncer. En su caso, el tamaño de los pulmones de las hormigas; en el mío, la extraña sensación de que mi vida en este momento es como esas clases de cálculo de quinto semestre de preparatoria: el profe llegaba, siempre feliz, y después de saludar a unas desmañanadas señoritas -defecto que se me quitaría pronto-, escribía en el pizarrón alguna ecuación de tercer grado con letra clara y precisa. Con respuesta. Daba media vuelta y nos decía, simple y llanamente: “procedimiento”. El espasmo producido por esos caracteres indescifrables duraba un par de minutos, en lo personal, mi mente comenzaba a trabajar a ritmos ahora inalcanzables y se debatía entre seguirle la conversación al profe -quien después de someternos a la tortura gozaba de intentar charlar sobre música, la hora del pan, o fútbol- y encontrar la combinación de integrales, diferenciales, o cuanta artimaña algebraica pueda existir con el fin de llegar al anunciadísimo resultado. Lo recuerdo con placer, generalmente terminaba primero, con el procedimiento correcto, y pedía más, y más y más. Me encantaban esas clases: sabía que había una respuesta correcta, una y sólo una, y llegaba. No como ahora. No como la vida real. De las clases de cálculo me queda la sensación de que sé a dónde quiero llegar, sé donde estoy ahora, sé cuáles son los elementos de mi ecuación y sé cuál quiero que sea el resultado: simplemente no tengo la menor idea de cómo voy a llegar ahí, porque lo que veo no se parece en nada a lo que esperaba ver, y en menos a lo que debería de llegar a ver. Después vinieron las clases de psicología, donde se supone que aprendí a quitar esos “tengo que”, “deberías”, y otras muchas creencias irracionales. Esas clases en donde dejó de haber respuestas correctas, y aparecieron la toma de decisiones y el libre albedrío, las teorías y los casos de libro. Esas clases que odiaba, porque siempre podía ser una opción, o la otra, o ninguna de las anteriores, o todas las anteriores. Más recientemente, vinieron las clases para ser profesora de español, y luego las de español, y cambié de lugar, cambié de perspectiva, y aprendí que sí se puede sentir pasión por lo que uno hace, que sí es posible ir a trabajar feliz y salir de ahí más feliz todavía. En estas clases hay reglas, hay formas, hay expresiones, también hay variables e imprevistos para los que la profe debe estar siempre preparada, y también hay excepciones. Las excepciones son numerosas e importantes, y las señalo en el pizarrón con un simbolito como los que aparecen cuando te quieren advertir para que no te electrocutes. Debería (porque en las clases de psicología fracasé en aprender a quitar esos “deberías”), bueno, debería haber triangulitos de advertencia también en la vida, indicando esos momentos en donde debes prestar especial atención y replantearte si ese procedimiento te está llevando al resultado que tienes anunciado hasta arriba del pizarrón. Pero no los hay, y ahí vamos, humanos y hormigas, caminando en paredes blancas e ignorando que podemos ser aplastados en cualquier momento y por cualquier razón. Por cierto, las hormigas se caracterizan por sus antenas y por un exoesqueleto que cubre y protege sus cuerpos. Como todo insecto, no poseen pulmones y respiran a través de espiráculos ubicados en sus costados.
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