Fotografía por bobaliciouslondon
Fotografía por bobaliciouslondon

Mi reloj marcaba las 9:30, implicando que llevaba media hora de retraso para mi cita. Es extraño porque hacía dos noches había tenido el sueño de llegar tarde a ese compromiso, de modo que cumplí lo que soñé, la diferencia estriba que durante mi sueño la situación la resolví montándome en una motocicleta y colocándome el casco para arrancar a toda velocidad; en el plano no durmiente solamente opté por despertarme más temprano.

Cada minuto que pasaba en el reloj después de las 9:00 me dolía en la consciencia pero ni si quiera parpadeaba, decirme en voz alta lo impotente que me sentía por llegar tarde no me haría sentir mejor, a lo mucho me haría sentir peor. En cuanto el taxi se detuvo frente al edificio de Unidad de Posgrado corrí buscando el salón H301, seguí mi instinto para dar con el y pasado eso, más prudentemente, sofoqué mi excitación y pregunté por la ubicación del aula que buscaba.

La llegada al examen.

Corrí una explanada, subí tres pisos, caminé un pasillo amplio que me recordó a los de mi escuela primaria solo que mucho más grandes, tome las escaleras y llegué al salón. Al entrar vi que mantenían la puerta abierta con una silla de patas metálicas de esas que hacen un ruido estridente cuando las mueves sin levantarlas del piso, por supuesto que tropecé con ella al entrar. En parte porque soy torpe de movimientos y en parte porque quería que todos me vieran entrar y desde ese preciso momento hicieran conocimiento de lo molesto que mi persona puede resultar.

–¿Puedo hacer el examen?– pregunté.

Una chica caucásica lo suficientemente atractiva para llamar mi atención me dio las instrucciones. Yo estaba agitado y comprendí la mitad de ellas, supuse el resto y las preguntas que algunos presentantes del mismo examen me dieron el entendimiento suficiente para realizar la consigna.

El salón estaba repleto, habría unas 46.53 personas en el salón y todas parecían… me gustaría decir que genios pero la verdad es que no. Más bien habíamos mucha gente corriente, con aspiraciones en la vida, compromisos autoinducidos y varios lápices número 2 en el escritorio. Junto a mi se sentó el que me resultó más molesto de todos los ahí presentes, sé que es posible que no sea su culpa y que cualquiera que se hubiera sentado junto a mí me daría esa impresión pero ¿de qué puede escribir un hombre sin prejuicios?

El engreído que no era yo mismo.

Estaba vestido de traje azul oscuro, llevaba corbata, zapatos y todo. Lo que me hizo pensar que era más bien bastante engreído, durante algunos de los descansos sacó un libro de neurofisiología que se disponía a estudiar y en el período de tiempo libre estuvo conversando con dos señoritas que parecían bastante interesadas en lo que les decía. Según comentó, era de Monterey y quería irse a estudiar al extranjero, agregó que después se alejó de ese pensamiento al que etiquetó como malinchista y entonces buscó entrar en la UNAM para estudiar Neuropsicología.

El examen se dividía en tres etapas, cada una más aburrida que la anterior. La primera consistía en hacer un resumen que integrara dos artículos en inglés con el tema de reconocimiento facial de emociones y síndrome de Down, lo menos aburrido de examen fue que aprendí que las personas que padecen este trastorno tienen menor habilidad para reconocer el estado emocional según los rostros de sus interlocutores. Claro que deberían compararme a mí contra ellos, tal vez salgamos igual. La gente cree que porque uno estudió psicología adquirió la capacidad deductiva de Sherlock Holmes, pero lo único que yo aprendí de este personaje fue la capacidad de decir comentarios que molesten a los demás y me diviertan mucho.

La segunda fase: el caso “W”.

La segunda fase fue el caso de “W” que era una persona de 16 años 9 meses quien llevaba 2 años de consumir 50 ml de solvente diario, ahora había salido de su tratamiento pero presentaba problemas en bachillerato en las clases de matemáticas, español, historia y dibujo. Si me lo preguntan (si lo hicieron dado que era un examen) la culpa de ello es del sistema educativo mexicano y si esas eran las quejas de los pedagogos deberían de agradecer que le quedaron suficientes neuronas para decidir regresar a la escuela. Obvio no respondí eso.

Entre cada etapa del examen te daban suficiente tiempo para salir y socializar con los otros aspirantes a la maestría. Estábamos en un tercer piso así que si alguien hubiera tenido la motivación adecuada pudo habernos lanzado al vacío para asegurar su ingreso debido a la baja de prospectos. Muchos de los ahí reunidos parecían conocerse con anterioridad o al menos tenían los suficientes recursos sociales como para iniciar conversaciones entre ellos. Se escuchaba preguntas como ¿qué tal te fue? ¿qué respondiste en la pregunta mil-ocho-mil? Había algunos poco que estudiaban, como el malinchista de traje que estaba sentado a mi lado.

Maratón vs. Socialización.

Fotografía por Eneas
Fotografía por Eneas

Yo hice lo propio, sacar mi reproductor mp3 para prevenirme de escuchar sus pláticas y sacar mi kindle donde estaba leyendo a Murakami de qué hablo cuando hablo de correr. En esos periodos donde debiera utilizar todos mis recursos para concentrarme en tareas importantes es cuando más fácilmente mis mecanismos de defensa me desligan de mi emocionalidad y pensamiento para concentrarme en tareas nimias. Escisión se llama el mecanismo.

La lectura relataba cuando Murakami corrió el maratón original, desde Maratón hasta Atenas, en pleno verano. Lo que había resultado ser bastante duro. También escribía sobre el ultramaratón donde corrió 100km. Tanta lectura sobre correr me dio hambre y comí un sándwich de pollo.

De regreso para la tercer y última fase del examen. Ahora si era un examen de conocimientos sobre neuropsicología. Unas 40 preguntas de opción múltiple eran lo que los aspirantes más estudiosos ansiaban para demostrar las horas dedicadas a leer mientras que uno las utilizó haciendo cosas más relevantes para el mundo como videoblogs del adulto mayor. Este tipo de exámenes de conocimientos no son mi fuerte, yo soy más intuitivo, más de generar respuestas a través de un juicio crítico. Sea como sea, terminé de llenar el engorroso cuestionario y lo revisé una vez más antes de terminar.

–Nos vemos aquí a las cuatro–, eran las 2.

Me senté en el suelo afuera del salón dispuesto a retornar al maratón cuando una chica se disponía a patear mis converse para llamar mi atención.

–Vamos a pasear, ¿quieres venir?– dijo Betsabé.

No hace falta proteger su identidad dado que no la conocen, pero si quieren le podemos llamar “Bebatsa”.

“Bebatsa” y sus dos amigos son psicólogos graduados de la UNAM en la sede Iztacala, justo donde yo deseo hacer el posgrado.

La siguiente cita.

El resto del relato ya no es divertido de escribir, solamente queda saber que la próxima cita es el miércoles 7 de mayo para realizar mi entrevista y que evalúen si tengo lo que se necesita para estudiar la maestría en neuropsicología clínica. Cuando este artículo vea la luz, ya habrá pasado esta tensión.

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