Algunos dicen que los milagros existen, algunos dicen que sólo tienes que salir a la calle y voltear a tu alrededor para darte cuenta de que, segundo a segundo, los milagros se suceden uno tras otro. Yo no sé si los milagros existen, quizás la cuestión radique en preguntarnos cuál es nuestra definición de milagro, pero si esto quiere decir gente ordinaria haciendo cosas extraordinarias, entonces creo que allá afuera, en la calle, existen personas que pueden darte una lección de vida en 10 minutos y, hermano, ya es tiempo de abrir los oídos.

Algo que sí sé es que cuando nos tomamos un minuto para dejar de vivir dentro de nosotros mismos y decidimos romper nuestra coraza, salir al mundo y abrir los ojos lo más que podamos, cuando dejamos de darle tantas vueltas a las cosas, de hablar tanto, de creer que necesitamos tener nuestra propia vida 100% descifrada para poder relacionarnos con el otro, entonces comenzamos a hacer, a crear, a dejar una huella, a encontrarnos a nosotros mismos a través de los demás, a trascender, a vivir, entonces nos damos cuenta que cada persona es nuestro hermano, cada hombre y mujer.

Hay muchas personas dispuestas a señalar lo que está mal con el mundo, y eso es necesario a veces, pero ¿qué pasa con los demás?, ¿qué pasa con lo que queda tras la desolación?. Es importante resaltar los problemas del mundo para hacernos conscientes pero es igual de importante mostrarle al mundo que aún en las peores adversidades y en la más hiriente miseria el espíritu humano existe y se muestra fuerte, valiente, lleno de dignidad, es tiempo de mostrar también ese espíritu inquebrantable.

Últimamente me he dado a la tarea de comprobarlo por mi mismo. Caminando entre las baldosas humedecidas y el olor a tierra mojada, ofreciendo un poco de agua fresca a los policías que aún cumplen con su deber sólo porque es lo correcto, servidores públicos a los que ya nadie da las gracias porque es más fácil asumir que absolutamente todos han caído en la corrupción, aún cuando sabemos que no es así, nunca está de más agradecerles por su labor. Bajo los portales de cantera, resguardándome de la lluvia mientras las madres indígenas y sus hijos se acercan para tomar otro poco de agua y algo de pan para calmar el hambre, todos tienen una sonrisa y ánimo de jugar, estos niños que no han pisado una escuela y que probablemente no tendrán que comer mañana tienen todos energía para jugar, reír, y ofrecer a sus hermanitos que aún no pueden articular palabra un poco de agua y pan.

Sentado en una fuente en el centro de la ciudad viendo como más niños se reúnen, su ropa está sucia pero su conciencia tranquila y no temen mitrar sus dientes con una sonrisa. Ahí mismo nos acercamos a una mujer que empuja su carrito y carga su escoba para limpiar las calles de basura como cada día. Le entregamos un vaso de agua y un clavel, le agradecimos por realizar una labor tan importante. Ella nos entregó una mirada a punto de derramar lagrimas y una voz quebradiza que nos confesaba que nadie nunca antes le había agradecido por le hecho de llevar a cabo su trabajo. Su reacción fue una de las cosas más genuinas y a la vez más hermosas que alguna vez tuve la oportunidad de presenciar. Eso es lo mejor de ser invisible, eres un ser humano hermoso por naturaleza y no porque sostienes una pose. Sólo algunos minutos después escuchamos la voz de un hombre que se mezcla con la mujer mayor que canta a todo pulmón su canción en medio de la muchedumbre. Una ameniza el ambiente de la plaza con una voz que se desliza sin problemas en la melodía y el otro simplemente esboza una sonora carcajada mientras camina.

Ese mismo hombre se acerca al ofrecerle un vaso de agua mientras una mujer muy joven se aleja con expresión de sorpresa y agrado tras preguntarnos porqué hacíamos lo que estábamos haciendo…la gente necesita volver a creer en dar algo sin recibir nada a cambio, en la fe, en la esperanza, en lo que no está preestablecido, necesitan volver a confiar, necesitan volver a darle la mano a alguien cuando cae. El tipo usaba ropa muy sucia, barba sin recortar por meses y todo lo que tenía en el mundo era un carrito de supermercado con algunas cobijas y un perro callejero pequeño de expresión juguetona y bigotes prominentes. Su nombre era Ringo Starr. Nos habló de como llevaba viviendo en las calles desde 1985 y como envidiaba a su perro, ya que tenía mucho éxito con las mujeres debido a su bigote. Tenía una mirada que apuntaba siempre al horizonte, una postura relajada y una sonrisa de quien sabe que es mejor no tomarse la vida tan en serio. Bebió con nosotros mientras comía un pan, gritaba juventud divino tesoro y admiraba a las mujeres hermosas que caminaban por ahí sin ser irrespetuoso, simplemente admirando la belleza de una mujer. Cuando decidimos irnos el hombre se despidió de nosotros extendiendo su mano y nos agradeció la compañía y la bebida, su voz parecía estar a punto de quebrarse pero conteniéndose comenzó a gritar en medio de todos dándonos las gracias y clamando que, si existía el cielo,  nos lo habíamos ganado por hacerle compañía y tenderle una mano. Me despedí de él juntando ambas manos en señal de agradecimiento por haberme permitido compartir esos minutos y le dije que yo tampoco sabía si existía el cielo pero que, lo único que habíamos hecho era comportarnos como seres humanos ante un igual como él y como cualquier otro hombre. Cuando siguió su camino, andando junto a Ringo y su carrito de súper, me di cuenta de como, al igual que entre los nubarrones penetra un rayo de sol, el espíritu humano puede pasar por miles de adversidades, enfrentarse a las condiciones más extremas, vivir en la miseria…pero aún tiene fuerza para esbozar una sonrisa, para levantarse por las mañanas, para ser un amigo fiel, para compartir, para vivir con dignidad. 30 años en la calle pueden darte frío, hambre, soledad, pero también la sabiduría de apreciar los verdaderamente valioso. No creo que olvide a ese hombre y su gran sonrisa.

Tampoco voy a olvidar a Zulema y el día que la conocí. Fue un miércoles en que decidimos asistir al hospital general de esta ciudad y ver qué podíamos hacer y que historias podíamos encontrar. Tuvimos la fortuna de encontrar todo tipo de personas y que nos permitieran conocer algo de lo mucho que había detrás de esos rostros. Una religiosa nos acompaño y ofreció consuelo a muchos de los que ahí estaban. Nos topamos a la familia de un niño de 18 años que estaba queriendo vivir tan rápido que terminó en urgencias debido a una cogestión etílica y, lamentablemente, muchas veces mientras más quisiéramos ayudar a alguien más imposible nos resulta, hay personas que sólo puede ayudarse a si mismas. También pudimos ver el dolor y la angustia de quién espera un milagro pero ya conoce la respuesta, porque seguir el orden natural de las cosas no necesariamente implica que sea menos doloroso o que uno nazca preparado para enfrentarlo. Y así sucede día a día en la sala de espera de un hospital, donde algunos lloran porque saben que no esperan un regreso sino sólo una despedida, y despedirnos e suma de las cosas más aterradoras de hacer cuando sabemos que será definitivo. Sin embargo, en esa misma escena hubo gente dispuesta a sacarle una sonrisa a la nieta que esperaba despedirse de su abuelo, no por ella, sino para regalársela al hombre que le había enseñado tanto y que significaba todo para ella. Fue ahí, justo cuando estábamos por salir cuando vimos a Zulema, una artesana que se encontraba en Puerto Vallarte vendiendo sus productos y que viajó a Querétaro debido a que su padre había caído enfermo. Se refugiaba bajo las escaleras, como si fuera una recamara improvisada, mientras observaba las caras a su alrededor con mirada tímida. La vimos y decidimos preguntarle el motivo de que estuviera resguardada ahí. Tenía días pasando la noche y el día bajo ese lugar porque el dinero no era suficiente para regresar una y otra vez, esperaba que los médicos dieran de alta a su padre y así tener una buena noticia después de ver a su mama en el quirófano en una cirugía a corazón abierta el año pasado y a su hija permanecer tres meses en el hospital por complicaciones tras nacer. Mientras eso sucedía nos platicaba como en cada estancia en el hospital se había topado con personas que la ayudaron de alguna manera, que hicieron alguna diferencias, en palabras de ella personas que dios puso en mi camino por alguna razón. Al mismo tiempo, con sus manos, sostenía unos trozos de tela con los cuales hacía flores, que eran su principal artesanía, durante el día salía a la ciudad a venderlas y recolectar un poco de dinero para sobrevivir, durante la tarde, al regresar, caminaba por la sala de espera y regalaba una flor a aquellos que veía afligíos, desconsolados, ¿porqué?, porque era lo menos que podía hacer después de que Dios había puesto tantas personas y cosas buenas en su vida. Eso fue lo que me dijo mientras esperaba sentada bajo las escaleras. Y así es como uno aprende a poner las cosas en perspectiva.

Quienes me han acompañado en estos esfuerzos son personas que conocí hace poco, hombres y mujeres que tienen un trabajo, ocupaciones y responsabilidades, como todos los demás, pero que en su tiempo, libre, no libre, ocupado, desocupado, sea lo que sea que signifiquen esos términos, gustan de dirigir un grupo de apoyo para hombres, prestar su ayuda en AMANC y cenar con las familias de niños que están padeciendo cáncer, gustan de ver lo bueno que todavía hay en las personas, ofrecen el poco o mucho dinero que tienen y, más importante aún, sus manos, su tiempo, sus oídos, sus ojos, su corazón, son mujeres que han decidido que ser joven no es seguir un guión preestablecido sino dejar una huella, aunque sea pequeña, en el mundo y en el corazón de las personas con las cuales nos cruzamos día a día, mujeres que no se ponen límites cuando se trata de ofrecer un hombre, de escuchar una historia en vez de contarla, mujeres que no temen sentarse y tomar la mano de un desconocido afligido por el dolor. Personas que están deseoso de encontrarse con otras personas por mera humanidad, personas que no están dispuestas a quedarse de brazos cruzados cuando se puede tender una mano a cualquier de nuestros hermanos. Personas que como yo, prefieren intentarlo y fallar antes que no hacer nada.

Estamos convencidos de que en nuestra sociedad existe marginación, miseria y miles de necesidades que requieren ser atendidas. Estamos convencidos de que la vida no puede ser lo mismo para todos, de que muchas veces existimos en base a una historia lineal sólo porque eso es lo que se han encargado de decirnos durante demasiado tiempo, no porque sea la única opción. Estamos convencidos de que podemos cambiar, de que no tenemos ni todas las respuestas ni todas las soluciones pero si tenemos muchas preguntas y mucha voluntad. Estamos convencidos de que el servicio es la mejor forma de prevención, de que la vida tiene sentido y de que el servicio es la mejor forma de trascender, estamos dispuestos a gritar hasta encontrar por lo menos un tímpano en el cual hagamos resonancia. Creemos que hay muchos jóvenes ahí afuera que también están buscando algo diferente, que también están sintiendo en su interior la presión de una vocación de servicio y sentido que quiere salir y manifestares, que caen en la depresión, las adicciones y el suicidio por no haber encontrado una salida alternativa a tiempo, jóvenes que no necesitan más apatía, hedonismo ni drogas psiquiátricas sino saberse únicos y útiles para el prójimo. Creemos que ayudar a otros es la mejor forma de ayudarnos a nosotros mismos. Tenemos fe en las personas. Creemos que la vida no espera, y llamamos a la acción.

Nuestro movimiento busca transmitir una idea, un ideal, un objetivo común y no la importancia de alguno de sus miembros, somos un colectivo, no un grupo, aquí todos aquellos que tengan algo que decir, que hacer y que quieran ayudar a sus hermanos son bienvenidos. Comienzo el cuarto año de Grosso Modo con fe en este proyecto y en las personas que lo integran y hago un llamado a todos aquellos que alguna vez se hayan preguntado las mismas cosas a buscarnos. Somos el colectivo NOÖS.

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