Por Daniela Moreno

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Hay una mujer sentada a la mesa en una cafetería. Podría parecer que está esperando algo, pero no a alguien. Se ve cómoda estando sola y de hecho la presencia de alguien más arruinaría un poco ese misticismo que la rodea. Es guapa, ella. Su cabello cae sobre los hombros con una libertad casi caótica, sus ojos marrones, clavados en las páginas de un libro con hojas amarillentas y humedecidas por el paso del tiempo y las muchas lecturas de las que ha  sido objeto, se mueven con precisión, la misma precisión de la que hace gala en muchos otros actos. Intimida un poco, no cualquiera osaría acercarse, y esto es mejor para ella porque con su mera presencia filtra a la mitad de las malas compañías. Su expresión es algo dura, está concentrada en ese mundo perfecto que narró alguien más para que almas solitarias como la suya pudieran sumergirse aún en medio de tanto ruido como el que la rodea. Parece imperturbable, los murmullos de las otras mesas no la distraen, ni el ruido de los autos que circulan por la calle, ni el tintineo de las cucharas y las tazas que llega desde la cocina, es como si estuviera protegida por una burbuja invisible e infranqueable, hasta que suena el teléfono que está sobre la mesa. Después de todo, sí tiene contactos con el mundo y el sonido de la campanita que sale de ese aparato que preferiría no tener pero que tiene alcanza a generarle una mueca de hastío y desagrado. Termina el párrafo tratando de ignorar el aparato pero la duda le taladra la cabeza y tiene que mirar: todo cambia. Con el solo acto de digitar el código que programó para que nadie más que ella pudiera tener acceso a los mensajes que recibe, su expresión se vuelve otra, exhala, suspira, maldice todo en un mismo momento, la comisura de su boca sube un poco del lado derecho y tiene que cerrar el libro porque las manos comienzan a temblarle. Ella se da cuenta y esto la molesta. La molesta sentirse así, nerviosa, no ser dueña de la situación, sentirse fuera de control. Se sorprende a sí misma sonriéndole a un teléfono: ¿ella? ¿sonriéndole a un teléfono? El acto más frecuente y más absurdo en este mundo en el que nos comunicamos con pantallas, arrastrando los dedos sobre objetos que responden a veces con lentitud pero asegurando un contacto abstracto con el otro. Ese otro que probablemente también está sonriéndole al teléfono, o que incluso puede que no exista. Pero sí, sí existe y ha logrado, con un mensaje de texto, perturbar a esa mujer imperturbable que hacía unos segundos era dueña de sí misma y de todo lo que la rodeaba, ha logrado hacerla cerrar el libro, sin marcar la página, porque le tiemblan las manos, ha logrado esbozar en ella una sonrisa de ilusión, que viene desde dentro, y romper la burbuja que la mantenía a salvo y alejada del mundo, filtrando a la mitad de las malas compañías. La ha sacado de su concentración: la ha hecho perder el centro. Esa mujer que hacía tan poco se iba a comer el mundo en cuanto lo deseara, actuaba a voluntad y sin reparos, ahora no es más que víctima de sus circunstancias: el temblor de las manos se acompaña de una sensación en el estómago que los naturalistas podrías comparar con mariposas, y no hay nada que ella pueda hacer para cambiar esto. No pudo evitarlo y no puede luchar contra eso: no quiere, tampoco. La seduce la idea de sentirse vulnerable. Muy en el fondo sabe que llegó al punto en el que no puede seguir fingiendo que no pasa nada, pero no responde. No ha respondido porque sabe que una sola línea la delataría. Porque sabe que responder es enfrentar ese miedo que le da mostrarse, exponerse, declararse frágil…

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