Por Núñez Paniagua

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Eran pasadas las 4:00 am cuando me desperté incapaz de volver a conciliar el sueño, desde hacía unos años mi organismo se había acostumbrado a levantarse cada vez más temprano. Yo no cumplía con las 8 horas que se supone una persona debe dormir para poder tener un sueño reparador, unas 5 o 6 se habían vuelto suficientes para mi.

Permanecí un momento más recostado antes de levantarme, palpé la cama en que dormía para cerciorarme de no haber tenido un episodio de incontinencia. Estos episodios eran raros, me habían sucedido unas cuantas ocasiones solamente, pero con el paso de los años uno se vuelve temeroso de que los accidentes que ocurren en una o dos ocasiones se repitan por el resto de la vida. El colchón estaba seco.

Hice un esfuerzo por reincorporarme y quedar sentado al borde de la cama, al hacerlo se encendió la lámpara de noche, ahora hasta los equipos más sencillos tenían sensores para que iluminarán al menor signo de movimiento. Con la luz encendida alargué la mano para buscar los anteojos y el bastón, –cuando aumenta la edad aumentan los aparatos que debe cargar para continuar llevando una vida ordinaria– pensé.

Al ponerme en pie se encendieron el resto de las luces de la casa. Un programa de gobierno había descubierto que era más barato instalar estas precauciones para que uno vea por dónde camina en lugar de pagar las cirugías de cadera que ocasionaban las caídas en búsqueda del interruptor de la luz. –Debieron ser los gringos– se comentaba en el club, –nunca damos mérito a un investigador a menos que sea gringo–, –o europeo– agregué yo en tono sarcástico.

La habitación estaba colocada en el espacio alguna vez destinado para el comedor, yo no consideraba que mi casa fuera pequeña, de hecho me sentía muy afortunado de tenerla y aun recuerdo que fue hace más de cincuenta años cuando cerré el trato con el banco que me dio el crédito para hacerme con ella. En ese tiempo tendría unos treinta años y parecía que comprar una casa como esta sería una buena inversión. El plan era que cuando acabara de pagarla, 20 años después de ese día, podría vendarla y hacerme de una vivienda más grande, cosa que no ha sucedido. La construcción estaba dentro de una calle cerrada, había muchas casas iguales con sus fachadas idénticas, todas contaban con dos plantas y unas escaleras pequeñas por donde, en ese momento, no tenía ningún impedimento para desplazarme pero ahora otra historia se contaba. En la planta de abajo se encontraba la cocina, el comedor, un medio baño y un pequeño patio de servicio, el día de hoy el comedor se convirtió en mi dormitorio y el medio baño lo tuve que adaptar para hacerlo un baño completo y ampliarlo todo lo posible para hacer una puerta más grande y ponerle barras de seguridad. En la segunda planta había dos recámaras muy amplias e iluminadas, pero inútiles en mi situación actual, ahora me era muy complicado subir los 18 escalones que separaban ambas plantas, como era un espacio pequeño resultaba imposible adaptar barandales que me ayudaran y, aunque pudiera pagarlos, los nuevos mini ascensores diseñados con ese fin requerían un diseño arquitectónico muy diferente.

No me preocupaba demasiado, la segunda planta ahora se había convertido en una bodega donde almacenaba todo aquello que en el presente consideraba importante. Había muchas fotografías, diplomas y cuadros, las paredes estaban abarrotadas de recuerdos, estaban en la segunda planta porque abajo ya no cabía ni un objeto más. Nunca me consideré de esas personas que guardan un sinnúmero de objetos nimios, pero últimamente empezaba a atesorar todos los objetos que me llevaran a momentos placenteros de mi vida.

Me serví un vaso de agua de la llave y lo tomé para refrescar la garganta. Después pasé al baño y me coloqué la dentadura. Miré el rostro que se reflejaba en el espejo colocado sobre el lavamanos, a mis ochenta y cuatro años hice un pequeño ejercicio de imaginación y traté de pensar si cuando era joven alguna vez pensé en que llegaría a esta edad. –Por supuesto que no– le dije al reflejo en el espejo, –cuando uno es joven y se endeuda por su nueva casa jamás piensa que va a envejecer–, concluí esa máxima de vida en aquella madrugada.

Encendí la radio, hacía ya unos minutos que habían comenzado las transmisiones, resulta que dormir menos no era una característica únicamente de mi persona, sino que la compartía con muchos otros individuos de mi misma edad, pero como habemos tantos, los programas en la radio decidieron iniciar sus operaciones horas antes y así llegar a más público. La voz que sonaba carraspeaba y se escuchaba áspera y firme, el locutor se adivinaba entrado en los setentas y debía seguir trabajando. Yo desconozco si la pensión que recibiera después de jubirlarse no le alcanzaba para vivir, como era mi caso, y por eso había pedido no retirarse de la empresa de radio o lo hacía únicamente para mantenerse ocupado. Las noticias anunciaban un nueva propuesta de ley a cuyos detalles no presté mucha atención pero seguro sabría de ella en próximos días.

Faltaban algunas horas para irme al club pero me disponía a revisar las ofertas de trabajo en el diario que se descarga en mi lector electrónico. Pese al desdén de muchos en años pasados por las versiones electrónicas de los diarios, la batalla entre los periódicos, revistas y libros en papel contra los digitales se había definido: la tecnología consumió todo rastro de la forma de vida de antaño. Con el paso del tiempo las personas nos dimos cuenta que aferrarnos al método antiguo de hacer las cosas era en vano, la sociedad y los avances nos orillaban a incorporar la tecnología a nuestra vida cotidiana, mi generación contó con mucho adiestramiento con los gadgets que aparecieron en nuestra juventud, de modo que le dimos la bienvenida a los novedosos avances. Casi no nos dimos cuenta de cómo dividimos a la sociedad en dos grupos: los que tenían acceso a los nuevos medios informáticos y los que no, así, sin darnos cuenta excluimos cada vez más a la clase baja, fomentando su ignorancia y su desprecio por la tecnología que en aquellos días se implementó para casi cualquier trámite ciudadano. Cuando de repente vuelvo para pensar en esas cuestiones no me queda claro si fue algún tipo de complot del gobierno o si de verdad éramos incapaces de ver como relegamos a las personas en situación de pobreza para hacerlos cada vez más pobres, numerosos y resentidos.

Mis pensamientos fueron interrumpidos cuando visualicé el siguiente anuncio: “Se solicita maestro suplente para Universidad Estatal de la Tercera Edad – Turno de dos horas por un día”, debajo aparecía la leyenda: “Confirme si su perfil es adecuado para el puesto y resérvelo aquí”.

Tocando un par de veces la pantalla aseguré mi trabajo del día. Era común encontrar estos lectores en la casa de casi todo el mundo, pero, por si acaso, se había instalado pantallas táctiles en las principales plazas públicas y afuera de las iglesias, donde una gran de transeúntes podían ver los mismo anuncios y reservarlos si coincidían con su perfil. Esta modalidad de trabajo por pocas horas al día había sido instituida hacía pocos años, era una de las soluciones que se encontraron para reincorporar a los “AMOS”, ahora nos llamaban así, en la vida laboral. El procedimiento era simple: uno podía elegir diariamente entre un catálogo enorme de trabajos que estuvieran relacionados con las áreas de experiencia laboral que tuviste durante tu juventud y que cargabas en tu perfil virtual, mismo que te hacía recomendaciones sobre labores cercanas a tu domicilio y las marcaba con un nivel de intensidad física del 1 al 3, donde 3 era “intenso”, 2 “nivel medio” y 1 “poco intenso”. La paga no era muy generosa, pero era inmediata terminando la jornada de máximo 4 horas, de este modo, si a uno le hacía falta dinero, bastaba con trabajar un día para comprar algo de despensa o algún gusto pequeño. Este sistema tenía la ventaja de ayudar también a los proveedores de productos y servicios que no son capaces de costear tener un empleado de tiempo completo y contratan los servicios esporádicos de gente con mucha experiencia. Este sistema logró prosperar dado que además de este ingreso, todos los “AMOS” tenemos derecho a nuestra pensión universal, limitada, es cierto, pero accesible a cualquiera que haya cumplido con ciertos requisitos, el principal: ser viejo.

Ahora ya nadie se dice a sí mismo viejo ni senectud. Somos los “AMOS”, los Adultos Mayores Operadores de la Sociedad, un término que algún político acuñó para colocarse en un gran cargo utilizando únicamente el voto de los mayores.

Viejo o no, yo había conseguido un empleo ese día, y si no llegaba habría sanciones que se verían reflejadas en mi pensión de modo que iría a trabajar ese par de horas y después me dirigiría al club.

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