Grosso Modo

Revista Grosso Modo

Confiar en la memoria — April 2, 2018

Confiar en la memoria

Tal vez ustedes, queridos lectores, puedan ir por la vida fiándose de su memoria, y espero que así sea, pero yo no puedo darme ese lujo. “La salud mental es un continuo” premisa que no se me olvida de las clases de psicopatología que parece haber tomado otra persona en otra vida, y hoy sé que es un continuo en el cual uno puede moverse a velocidades imprecisas de manera involuntaria. Trataré de no desviarme demasiado, les decía que yo no puedo fiarme de mi memoria, me juega malas pasadas. Se me olvidan las cosas más básicas y los recuerdos más felices, confundo los sueños con la realidad y me invento cosas que nunca pasaron para justificar otras que recuerdo mal. Tengo una “libreta del odio” y otra de “las cosas preciosas”, donde anoto toda la porquería que pienso de mi misma y de los demás y también todas las cosas pequeñas que debería de disfrutar como cualquier otra persona normal, pero que cuando tengo una crisis olvido por completo. Hace una hora hablaba con mis papás y mi marido sobre la marihuana en California, y solté así, sin más ni más, que yo me vería muy beneficiada de su consumo. Nadie objetó mi comentario. Los cuatro presentes en esa mesa, cada uno a su manera, hemos vivido y sobrevivido a este viacrucis de la enfermedad mental, unos más estoicamente que otros, unos más intensamente que otros, pero todos salpicados de la misma mierda. Yo, por supuesto, la más. La más porque soy la que escucha voces y ve sombras, la que tiene los ataques, las crisis, la que va al psiquiatra y a la psicóloga, la que se toma las pastillas y la que “tiene el problema”. A veces le llamamos “la condición”, “lo que te pasa”, “tu forma de ser”, “tu proceso”, “tormenta”, “tu situación”, o cualquier otra pendejada que se nos ocurra para no decirle depresión mayor ni ansiedad generalizada, como los psiquiatras han señalado, con su pluma fuente, su altanería o su numerito F.32 bien acomodado en la receta que elocuentemente me prescriben, no sin antes aconsejarme que tome agua y haga ejercicio, que me va a hacer bien. Yo me tomo todo lo que me dicen y me esfuerzo todo lo que puedo y trabajo tanto como me permiten y descanso cuando tengo tiempo entre la dieta, las medicinas y la rutina de fingir que soy una persona funcional. Sigo teniendo crisis al menos una vez a la semana y los síntomas siguen apareciendo y evolucionando y transformándose, yendo y viniendo sin parecer que esté cerca el final. ¿Habrá un final? ¿Se acabará esto alguna vez antes de que me acabe yo misma? ¿Podré alguna vez decir “cuando estuve enferma”? ¿Ya toqué fondo? ¿Ya pasó lo peor? ¿Voy de subida o de bajada? ¿Cuándo? ¿Qué tengo que hacer para curarme? ¿O tengo que aprender a vivir con eso, como me dijeron tres psiquiatras antes de que uno me diera una esperanza? ¿Podré algún día volver a confiar en mi memoria, en mis decisiones y en mis sentimientos? ¿Podré algún día responder a estas preguntas?

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Un Dios intervencionista — March 4, 2018

Un Dios intervencionista

“Si Dios no existe, todo está permitido”

-Fiódor Dostoyevski

Jean-Paul Sartre alguna vez dijo que “el hombre nace libre, responsable y sin excusas”. Camus argumentaba que existen dos tipos de rebelión, la del hombre y la metafísica, siendo ésta última la más elevada, la rebelión del hombre contra el lugar en que la creación misma lo ha situado. Desde hace mucho tiempo he caminado en la delgada línea que separa fe y existencia, si es que tal cosa existe, cruzando extremos de cuando en cuando, buscando respuestas. Mi propia vida, y la representación que he elaborado de la vida de los demás me ha llevado a sentir la necesidad de delimitar en mi cosmovisión personal la idea del milagro, la libertad y la responsabilidad, y creo que no he hecho mal, de otra manera, estoy casi seguro, ésta vida ya hubiera terminado de enloquecerme y no hubiera descubierto uno de los motores que me impulsan a intentar vivir con ferocidad, desde este lado de la trinchera.

Estoy convencido que discutir a Dios es un requisito indispensable para llegar a formular, por lo menos, una vaga idea de libertad. Cada día me topo con océanos de personas que dicen ser creyentes, profesar una religión y regir su existir conforme a la doctrina que profesan. Ese no es ningún problema, la libertad de culto no me incumbe. Lo que llama poderosamente mi atención es la creencia en la existencia de un Dios intervencionista, no debido a dicha creencia per se, sino debido a las consecuencias, que desde mi razonamiento, implica dicha creencia.

La cuestión de ese Dios que expande sus brazos lo suficiente para tocar los eventos que suceden en la vida de cada uno de nosotros, en este mundo, se presenta, para mí, en una especie de continuum. Los hay desde aquellos que creen que no cae la hoja del árbol sin que Dios interfiera, y también los hay moderados, que simplemente piensan que esta vida en un gran tablero de ajedrez, en donde ellos se esfuerzan por jugar lo mejor posible, pero a final de cuentas la partida ya está decidida, y el resultado será el mejor para ellos. El problema reside en dos cuestiones fundamentales desde mi perspectiva; la existencia o no de ese “destino” y las consecuencia de atribuir a Dios los sucesos que acontecen o las situaciones que llevan a ellos.

Si asumimos que Dios existe y que nuestro destino está sellado, entonces ¿qué queda de nosotros, los seres humanos?, ¿no significaría eso que nuestra existencia y actos, que nosotros mismos somos irrelevantes?. La libertad sería una mera ilusión si nuestra destino está escrito en piedra, si el resultado se encuentra previamente establecido y no podemos hacer nada para cambiar tal designio, ¿de que sirve entonces que los hombres comencemos guerras, revoluciones, huelgas?, ¿de que sirve que se busque la esencia y la personalidad, de que sirve que se luche y se trabaje arduamente por cambiar las variables?, si nada de lo que hagamos tendrá un efecto real en el resultado final hemos vivido engañados, a la igualdad y a la fraternidad les restamos la libertad, ya que jamás la tendremos, el absolutismo de un destino preestablecido borra tal posibilidad de un plumazo.

De la misma manera, necesitamos reparar en la carga que achacamos a ese mismo Dios si le concedemos la capacidad de intervenir. Si Dios nos guía a través de un plan maestro, si mueve los hilos en el teatro que es el mundo terrenal, si nuestro nombre está inscrito o excluido del libro de la vida desde antes de venir a este plano, si Dios, en su libertad para hacer a pesar de nosotros, realiza milagros, ¿porqué no se ha hecho responsable a Dios de sus actos?. Creer en milagros es creer que Dios puede y quiere alterar nuestra realidad y que sus actos van más allá, que están sobre nosotros mismos, y creer esto significaría que Dios ha permitido un mundo en el que sus hijos viven en medio de guerra, peste, hambre, desolación, genocidios, miseria, un mundo en donde los justos han perdido empleos honrados, no han podido pagar sus hipotecas, no han podido alimentar a sus hijos, han perdido a sus amigos y familias en medio del horror de las balas, han sido víctimas de secuestros, violaciones y torturas, significaría que Dios pudo hacer algo…y prefirió no hacerlo. ¿No sería ese un Dios sádico y despiadado, contrapuesto al Dios que es todo amor, ese del que todos hemos oído hablar?. Lamentablemente, entre todas las personas que he conocido, creyentes en el Dios intervencionista, no he conocido a una sola que se haya detenido a reparar en la responsabilidad que está atribuyendo a su Dios al concebirlo de esa manera.

La verdad es que la llave para despejar las dudas sobre la existencia de un Dios no está en mí, desde luego. No tengo pruebas de la existencia de tal ser, pero tampoco tengo un argumento irrefutable sobre su inexistencia. Me considero a mi mismo un agnóstico teísta. Creo que debe haber algo que sobrepase la experiencia humana, no creo que el racionalismo puro sea suficiente para explicar como acabamos aquí, pero también creo firmemente que si ese ente existe, existe por encima de nosotros, es sobrenatural y por tanto los recursos humanos no califican para entender tal experiencia, siendo redundante buscar su comprobación.

Cuando comencé este escrito con la cita correspondiente a Fiódor Dostoyevski, uno de los hombres que más lejos llego en el planteamiento de la libertad y la existencia del hombre, de la cuestión de Dios y la divinidad, no lo hice con la intención de referirme a ninguna anarquía o Apocalipsis moral. Muy al contrario, me sentí inspirado por la interpretación que hace Sartre en “El existencialismo es un humanismo”. Si Dios no existe el ser humano puede hacer lo que quiera, es libre, y eso lo ha de llevar a hacerse responsable, ya no hay nadie a quien culpar. A lo largo del tiempo que me ha llevado entender lo expuesto aquí, de la mano de algunas de las más brillantes mentes que hemos conocido, y hacerlo una filosofía de vida, con la cual trato de ser congruente, he llegado a un cierto número de convicciones.

Tengo una convicción que me dice que ningún hombre nacido en este mundo tiene un destino escrito en piedra, que ningún hombre debería preocuparse demasiado en el cielo o en e infierno, al concebirlos como limitantes, que ningún hombre está irremediablemente condenado a seguir el camino ya trazado para él por alguien que ni siquiera puede ver o concebir, incluso cuando la situación no puede ser modificada, quedará el cambio en la actitud, y que esto no significa el declive moral de las sociedades o que los criminales jamás pagarán. Tengo una convicción que me dice que cada hombre, como ustedes y como yo, es responsable de sus actos, que cada ser elige lo que ha de ser, al menos en cierta proporción, que cada acto genera consecuencias y que la libertad reside en romper las cadenas de la esclavitud haciéndose cargo de tales consecuencias, que somos más libres cuanto mas responsables, que la libertad es un fuego que enciende la mecha de la vida. Creo que cada atrocidad es consecuencia de los hombres y que cada acto de maldad es traído a este mundo por los hombres, no creo en el demonio tentador de hombres, en el maligno como hacedor de pecado, recordando a Carl Gustav Jung y su épica confrontación con el inconsciente, comparto la visión del demonio como la proyección de los deseos mas oscuros provenientes de aquellas mentes que no pueden tolerar ese lado instintivo y pulsional, concibo la tentación no como la perturbación de la virtud, sino como el deseo inaceptado que no nos atrevemos a saciar. Creo también, y es esta la parte medular, que nadie debería sentirse atemorizado por esto, ni desamparado ni perdido, al confrontarse a la carencia de destino y sentido inherente a la existencia humana, porqué eso significa que puede perseguir el sentido que desee, que puede dar directriz a su vida en la medida de su humanidad y no ser preso de una profecía, creo que nadie debería temer a la libertad una vez que se enfrenta a ella, creo, por el contrario, que esto es la definición misma de la vida. Prefiero vivir en un mundo donde la gente trabaja por conseguir lo que quiere,antes que pedir milagros. Prefiero creer en un mundo donde la existencia es absurda y sin sentido, donde mis actos traen consecuencias e implican responsabilidad, porque eso significa que he decidido hacerme cargo de mi vida y seguir el camino que entre todos, he escogido, más allá del miedo y la incertidumbre, ahí donde se encuentra el hambre indomable por vivir.

Aplaudir de pie — March 1, 2018

Aplaudir de pie

A-516080-1225521818.jpegNo recuerdo cuándo comenzó a gustarme Sabina, aunque sí que recuerdo la primera vez que lo acepté: el profe había preguntado qué tipo de música nos gustaba, y yo lo mencioné al aire, creyendo que nadie escucharía mi voz, pero fue la que más llamó la atención y de inmediato aquel sujeto flaco y cansado se dirigió hacia mí “¿cuál canción?” –Princesa… Ese fue el principio de una larga relación entre un par de Sabinas y yo. Uno más auténtico que el otro, la mar más exitoso y definitivamente más importante en mi vida de lo que jamás nadie hubiera podido imaginar de un sujeto que según mi madre tiene voz “aguardientosa” y según mi padre “se mete más coca que nada”. No me importa, en su música escucho muchas veces las cosas que a mí me gustaría saber decir. El fin de semana pasado lo vi por última vez en concierto. Y digo por última vez porque hay certezas que existen, aunque no nos guste aceptarlas (y otras que aceptamos sin chistar, aunque no existan). La vez pasada canceló el concierto porque lo tuvieron que operar de emergencia, esta vez casi lo vuelve a cancelar porque estando borracho se pegó en un ojo y fue a dar otra vez al hospital. Reposo absoluto fue lo que le recomendó el médico. …pero estando anunciado en el Auditorio Nacional de México nadie puede quedarse acostado en la cama… fueron sus mismas palabras al pararse en el escenario con su traje color uva y sus lentes oscuros. Se mueve un poco más despacio, pero cuenta con la misma pasión sus historias de vida y sus inspiraciones. Se hace acompañar de una serie de sujetos con casi el mismo grado de talento y bellas voces, así que no se le reprocha que de cuando en cuando los deje cantar a ellos y hasta se le agradece su falta de ego. Es simplemente un hombre al que la vida le dio todo el éxito que merecía, no sé si toda la felicidad que necesitaba. Hablando de ídolos, él y yo tenemos al mismo: un paisano mío que murió joven pero  que dejó tras de sí toda la herencia musical necesaria para darle identidad a un pueblo… las amarguras no son amargas cuando las canta Chavela Vargas y las escribe un tal José Alfredo… A mí mis amarguras sí que me las escribió un tal José Alfredo y se abre paso la nostalgia al pensar en que nunca jamás podré verlo ni escuchar su voz en vivo ni tomarme un tequila con él. La misma nostalgia de pensar que Sabina va a morir, seguramente pronto. Si a mí me preguntan, yo volvería a desgañitarme con sus canciones de dolor y desamor, con sus rimas y sonetos y volvería a hipnotizarme en su labia fluida y persuasiva, pero sé que no tendré otra oportunidad. Aproveché cada una que tuve, y le aplaudí de pie, como el maestro que es, como el hombre que escribió las letras más dulces para los momentos más amargos y que puso en palabras casi todo lo que a mí me hace vibrar. Lo peor del amor, es cuando al punto final de los finales, no le siguen dos puntos suspensivos.

Aparte de sufrir… — February 1, 2018

Aparte de sufrir…

“Aparte de sufrir, ¿qué más sabes hacer?”

La primera vez que la psicóloga me preguntó esto creo que ni la escuché, estaba demasiado concentrada sufriendo. En la sesión más reciente me lo repitió, orgullosa de mi porque estoy respondiendo a su pregunta de forma exitosa, qué digo, exitosísima. El “éxito”, sin embargo, no es algo que desconozca: la semana pasada saqué del cajón una medalla de plata que acredita que me quemé las pestañas en la universidad, misma que ni siquiera me digné a ir a recoger. Mi mamá tiene pilas y pilas de documentos llenos de dieces redonditos y diplomas y reconocimientos varios, además de un mueblecito tapizado de vidrios cortados en formas geométricas irregulares con mi reluciente nombre grabado de la forma más elegante posible. Todo podría irse ahorita mismo a la basura y yo seguiría siendo la misma persona que soy. Mi “éxito” fue siempre académico. Cuando se me acabó la academia se me acabó el éxito y me topé con que a la vida le vale madres cuántos dieces me sacaba, a la vida no le importa que pueda recitar de memoria las preposiciones, que pueda hacer una ecuación de tercer grado, que me sepa todas las capitales del mundo, que me haya memorizado el DSM o ninguna de las tantas estupideces que alguien te dice que debes hacer para “ser alguien”. Mi camino desde que se me acabó la academia ha sido tortuoso, empedrado, empinado, hostil, confuso. Cinco años han pasado y cinco píldoras son las que hoy tomo diariamente para intentar funcionar como una persona “normal”. Aun así, presento ataques de ansiedad con suficiente frecuencia como para que sean un problema y la ideación suicida persiste en mi cabeza pese a todos mis esfuerzos, y pese a que ya no me siento miserable –al menos no tanto ni la mayor parte del tiempo-. Aparte de sufrir, sé hacer muchas cosas, muchísimas, y las hago todos los días con la esperanza de que se me vuelvan un hábito y me hagan olvidarme de los síntomas. Pero los síntomas no son un mal recuerdo, ni son de gripa. Estoy en un lugar muy raro entre la resignación y el ímpetu por ganarle la batalla al monstruo que me atormenta. Cuando pienso en el futuro casi siempre me pregunto ¿estaré aquí para verlo? Aparte de sufrir, sé pensar, y eso me está matando.

¿Cómo seguimos cuando ya no podemos seguir más? — January 30, 2018

¿Cómo seguimos cuando ya no podemos seguir más?

“Trespass your torments ir you are what you wanna be…”

Manic Street Preachers

¿Como seguimos adelante cuando ya no podemos más? Siempre me ha intrigado la pregunta. I’m a sucker for una buena historia de superación. Qué pasa por la mente del atleta olímpico que vence sus instintos de supervivencia y toda indicación de rendición por parte de su cuerpo, qué pasa por la mente del sobreviviente de atentados terroristas, desastres naturales, zonas de guerra que sobrevive tormentos con una voluntad inquebrantable de vivir, qué pasa por la mente del emprendedor que persigue una visión contra toda situación desfavorable y mentalidad mediocre, qué pasa con el indefenso que persigue la libertad y la dignidad, el migrante que sigue su camino a pesar de todo, aquel que defiende al desprotegido arriesgándose a sí  mismo.

Por más tentados que estemos a creer que se trata de personas extraordinarias, de súper hombres y mujeres (qué lo son en cierto sentido) debemos  aprender a desarrollar estas remarcables características de perseverancia en nosotros mismos y en aquellos que nos rodean si queremos generar una sociedad resiliente. Se dice que cuando enfrentamos la dificultad todos nosotros luchamos tres batallas sin distinción; la primera es una lucha contra nosotros mismos, nuestra mente, nuestras inseguridades y temores, la segunda es contra nuestros rivales, aquellos que compiten contra nosotros para conseguir una menta y la tercera es contra el sistema; las trabas que tendremos que enfrentar y vencer para lograr los obstáculos.

Podremos ganar las dos ultimas no fácilmente pero sí con el debido esfuerzo. Sin embargo; el verdadero reto es la primera batalla, aquella que libramos contra nosotros mismos, contra nuestro conformismo, desconfianza en nuestras capacidades, sentimientos de inferioridad o inmerecimiento. Dicen que El diablo se esconde en los detalles y está esperando cualquier pequeña grieta, cualquier descuido para recordarnos que no somos suficientemente bueno. A menos que nos adelantemos y entendamos que si ganamos esta batalla podremos ganar cualquier guerra. No importa el objetivo si hemos vuelto el mirar hacia nuestro interior un ritual y una rutina diaria sin excepciones. ¿Como ganamos esta batalla? Cuestionándonos cuál es nuestro núcleo de creencias, visualizando al meta, el momento al cual queremos llegar, manteniéndonos presentes en el presente haciendo presencia, encontrando honor y orgullo en lo que hacemos, entrenando hasta que no fallemos un solo tiro y, sobre todo, teniendo en claro la trascendencia y el sentido último de lo que hacemos.

Un verdadero líder, un verdadero guerrero, sabe que su esencia está en crear y creer en algo que resonará en el futuro, en su gente, y no sólo en él o ella. Todos tenemos una voluntad de darle sentido a nuestra existencia y pasando la angustia inicial de descubrir que no tenemos un sentido predefinido podemos encontrar el regocijo de saber o libres de elegir el sentido que deseemos para nuestra existencia. ¿Cuál es nuestro sentido?, ¿qué queremos lograr?, ¿que dirá nuestro obituario? Todo empieza sabiéndonos libres, plenos de sentido, valientes, capaces y listos de ganar la primera batalla del día y de la existencia. Todo empieza queriendo ganarla, como todos esos extraordinarios ordinarios que abren camino día a día.

La Racha Ganadora — December 14, 2017

La Racha Ganadora

¿Han sentido alguna vez, queridos lectores, que todo les sale bien? Que la vida es buena, que el sol brilla, que pueden lograr lo que se propongan. Pero no sólo eso, también que son exitosos, que son inteligentes, que incluso son atractivos.  ¿Lo han sentido? Esa llamarada en el pecho y ese latir de su corazón fuerte y decidido a conquistar hasta las más altas montañas. Yo lo siento. Para mí, es el sentimiento más extraño y desconocido del mundo, y por supuesto, esa vocecilla que se ha callado, pero no se ha muerto está aprovechando la ocasión para susurrar desde mis entrañas que en cualquier momento me voy a dar en la madre, que esto se va a acabar. La muy oportunista me dice que ni me emocione, que pronto todo se va a ir al carajo, que nada más la pruebe, que así se siente: la felicidad. Esa felicidad que nunca podré sentir como mía propia, según ella. Esta última semana he vivido un maratón que ha ido desde el ataque de pánico más fuerte del… bueno, no hay mucho récord que romper, que ha ido desde un ataque de pánico hasta haberle hecho una invitación a una casi completa desconocida para irle a mostrar mi trabajo. Siento que voy en una carrera de velocidad y que se me puede atravesar una piedrita en cualquier momento, una piedrita que me haga tropezar, caer estrepitosamente y seguramente romperme las piernas, y no volver a correr jamás en mi vida, eso me dice la vocecilla. Yo no he respondido nada, estoy demasiado ocupada con mi vida real como para hacer caso de las voces en mi cabeza, pero muy en el fondo tengo miedo, y mucho. A cada paso que doy hago como que tengo todo bajo control con la esperanza de que así sea.

Una luz en la oscuridad, parte 2 — November 30, 2017

Una luz en la oscuridad, parte 2

Dice Sabina que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, pero miente. Miente yo creo que a propósito, porque al final ha de negarlo todo. Una vez habiendo hecho el viaje que me llevó al lugar donde creí haber sido feliz, puedo decir sin miedo a equivocarme que al lugar donde has sido feliz deberías siempre volver. Que te dejes la vida en intentarlo, en intentar ser feliz. Me lo digo a mí misma todos los días, si te has de morir muérete tratando de ser feliz. No te des por vencida, no la dejes ganar, la muy hija de puta te quiere ver vencida, derrotada. Ella se alimenta de tus inseguridades y de tus miedos, no la dejes ganar. No voy a venir ahora a hacerme la valiente: hay rounds que he perdido sin siquiera meter las manos, pero hoy le voy ganando la batalla. Me ataca de muchas maneras, la tramposa. Y siempre rompe las reglas, la mañosa. Pero esas luces en el cielo y ese aire gélido me recordaron que estoy viva, y que si pude llegar al polo norte también puedo llegar al fin del mundo, y lo voy a hacer por muchas razones, entre ellas la de demostrarle a esa que me ve despeinada desde el espejo, que aunque a veces no tenga fuerzas ni para levantarse, es capaz de vencerse a ella misma, su más fuerte rival. Me lo digo, se los digo a ustedes, y se lo diría a Sabina si me oyera: vuelve a ese lugar donde fuiste feliz, a ese lugar mental, a ese lugar en tu corazón, en tu estómago, en tus venas, a ese momento donde sentiste latirte el pecho tan fuerte y la sangre correr tan rápido y la respiración acelerarse y todo girar y al mismo tiempo detenerse: vuelve, siempre siempre vuelve porque las luces no son verde neón, ni rojas ni rosas ni moradas, había nubes y treinta y siete grados centígrados bajo cero, tenía los dedos de los pies congelados y cinco capas de ropa, podía sentir mis dientes congelados y mi cuello dolorido por buscar eso en el cielo que tantas noches había soñado, pero las luces no son verde neón, son más bien blancuzcas y encontrarlas es igual de difícil que encontrar una aguja en un pajar, pero las encontré, y esas luces blancuzcas me demostraron que nuestros sueños las más de las veces pueden no ser como los soñamos, pero eso no tiene porqué decepcionarnos. El sueño lo cumplí, las luces las vi, fueron espectaculares y yo fui feliz. Volví al lugar donde alguna vez fui feliz y otra vez fui feliz. Puedo ser feliz.

Una luz en la oscuridad — November 17, 2017

Una luz en la oscuridad

Dice Sabina que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, y aun así, aquí me tienen, a escasos días de regresar cuando menos al mismo país donde fui tan feliz, en búsqueda, tal vez, de alguna felicidad diferente o parecida, de una luz que me devuelva las ganas de vivir la vida, de un logro que me quite esta sensación de fracaso, de un frío que me caliente, de alguna soledad que me haga sentir acompañada. Llevo varias noches seguidas soñando con extraños instrumentos musicales, sostenidos por fantasmas viejos pero conocidos, despertando con ese dolorcillo de panza que puede ser tan familiar y tan molesto al mismo tiempo. Otras tantas noches tengo sueños violentos, donde grito, insulto o golpeo casi siempre a la misma persona, cada vez con un poco más de odio, la psicóloga dice que esa persona soy yo. Así somos los psicólogos, sabemos la verdad oculta detrás de las cosas, las verdaderas intenciones, los colores reales de las cosas. Resulta que todo temor es cumplimiento de deseo, que existen la negación y la proyección y que mucho de lo que hacemos está impulsado por un fuerte complejo de Edipo o por la subestimada envidia del pene. Así somos, creemos que sabemos la verdad, y la estudiamos, escudriñamos esa verdad hasta que sale como carne deshebrada en el salpicón, poca y un poco embarrada de todo lo demás. Ya no sé si fui feliz en aquél lugar. Tiendo a pensar que sí, porque si no fui feliz ahí entonces no he sido feliz nunca en ninguna parte, y eso me dejaría en la incapacidad total de ser feliz y por lo tanto en la miseria ¿para qué vivir así? Tuve que haber sido feliz en algún sitio, de algún modo, y tal vez incluso sin darme cuenta.

El nudo gordiano — November 3, 2017

El nudo gordiano

De acuerdo a la leyenda, existía en tiempos remotos un campesino oriundo de Gordión, llamado Gordias, el cual ataba a sus bueyes al yugo con un conjunto de cuerdas que se anudaban entre ellas de modo extraordinariamente complicado, complicado hasta el punto de ser prácticamente imposible desatarlas.  Este hombre sería clave para cumplir una profecía, según la cual, el próximo rey de Frigia vendría por al puerta del este junto a un cuervo que se posaría en su carro. De acuerdo a las tradiciones y predicciones, aquel que lograra desatar el nudo gordiano sería el hombre que conquistaría oriente.

La historia cuenta que, cuando Alejandro Magno se embarco en su cruzada para conquistar el Imperio Persa, cruzó el Helesponto, un estrecho entre Europa y Asia y conquistó primeramente Frigia. Una vez ahí, y conocedor como era de las leyendas y profecías, se enfrentó al reto de desatar el complicado nudo. Gordias le dijo que muchos hombres antes que él habían intentado, en vano, de realizar tal hazaña. Alejandro, tras detenerse a pensar en la mejor forma de completar la tarea, empuñó su espada y de un tajo corto el nudo. Inmediatamente después, una tormenta de rayos cayó sobre Frigia, situación que fue interpretada como la aprobación de Zeus al método de Alejandro, tras lo cual, el guerrero dijo: “tanto monta cortar como desatar”. El resto es historia, como todos sabemos, el gran conquistador logro anexar Asia a su imperio.

En la vida nos hemos de enfrentar, nos guste o no, con una multitud de nudos gordianos, situaciones de extrema complejidad que demandan todos nuestros recursos y parecen ser, a primera vista, problemas irresolubles. Nos tomamos tiempo en examinarlos desde todos los ángulos que podemos encontrar, intentamos una y otra vez desatarlos, regresamos sobre nuestros pasos y seguimos tirando de las cuerdas sin cesar, esperando que en uno de estos intentos el nudo finalmente ceda y consigamos avanzar hacia nuestra próxima conquista, ungidos, como modernos Alejandros.

Sin embargo, el problema radica en que, como dijera Albert Einstein; “Locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultados”. Hemos vivido y crecido en una sociedad, sistema educativo y modelo de pensamiento que aboga por la causalidad, por el pensamiento lineal y en algunas ocasiones, por el proceso sobre el resultado. Durante años nos hemos encargado de reprimir y asfixiar las diversas manifestaciones de pensamiento creativo, lateral, en detrimento de un orden y una modalidad de solución de problemas que comienza a mostrarse como una formula desgastada y no tan efectiva en variedad de situaciones.

La definición de la palabra problema de acuerdo a la Real Academia Española de la Lengua es; “Planteamiento de una situación cuya respuesta desconocida debe obtenerse a través de métodos científicos”. Esto nos da un indicio sumamente importante y que, al parecer, no está en la mira de muchos de nosotros, no existe problema que no tenga solución, aquel problema que carezca de repuesta no es, por definición, problema, es una ley, un hecho, algo inalterable. Cuando logramos identificar un problema y emprendemos una propuesta de solución que se muestra inefectiva, no quiere decir que el problema es cerrado y no admite remedio, quiere decir que nuestra estrategia no funciona. Es entonces que debemos hacer uso del pensamiento lateral, de la creatividad, de la espontaneidad, olvidar por un momento las reglas y valores preestablecidos y replantearnos los sucesos.

¿Que pasaría si cambiamos la estrategia?, ¿que pasaría si alteraramos el orden que creemos debemos seguir?, ¿que pasaría si cambiamos la óptica y dejamos de concebir el problema como tal?, ¿que pasa si nos atrevemos a redefinir nuestra propia situación vital?. Las matemáticas son simples, si sumamos siempre los mismos números el resultado será igual, si cambiamos las cifras, los signos o el orden, el resultado, invariablemente, será distinto pero no necesariamente incorrecto.

Un último punto importante de considerar es este, la gran mayoría de problemas en la vida no son fórmulas científicas ni álgebra, no requieren una respuesta exacta y unánime entre todos aquellos que se lanzan a tratar de conseguir la solución. La vida en su infinito abanico de colores, inmensa y caprichosa, rica y desbocada como es, posee tantas aristas que sería imposible contarlas, y para fortuna de nosotros, que muchas ocasiones estrechamos nuestro campo visual innecesariamente, eso quiere decir que el número de posible soluciones es exponencialmente mayor a una sola y que en repetidas ocasiones el problema tal vez ni siquiera sea problema. Muchas veces, no hace falta pintar un cuadro nuevo, sólo unos buenos lentes con la graduación correcta.

Me gusta ver la vida de este modo y creo firmemente que en cada uno de nosotros reside un Alejandro Magno esperando a conquista nuestra propia Persia, sea cual sea el significado de esta tierra para nosotros, y si queremos traspasar nuestros tormentos y ser libres es conveniente recordar de vez en cuando que: “tanto monta cortar como desatar”.

SEAN LOS MUERTOS BIENVENIDOS —

SEAN LOS MUERTOS BIENVENIDOS

 

A HONRAR A NUESTROS MUERTOS

NOS ENSEÑARON LOS VIEJOS

CON SUS CUENTOS Y CONSEJOS

PA´ QUITARNOS LO PENDEJOS

 

CUANDO ALGUIEN SE MUERE, LLORAMOS

GEMIMOS, GRITAMOS, REZAMOS

LA PENA ES MUY GRANDE Y EL DUELO

NO ACABA NI PRONTO NI LUEGO…

 

PERO CON VELAS Y PAPELES DE COLORES

CON FLORES, CON COMIDAS Y CANCIONES

ARMAMOS ALTARES Y DECORAMOS PANTEONES

PARA QUE VENGAN LOS MUERTITOS

A ORGANIZAR PACHANGONES…

 

SI SE ACERCA LA CALACA

LA EVITAMOS COMO LEPRA

PERO AUNQUE ESCAPEMOS DEL RAYO

DE LA RAYA NADIE ESCAPA.

 

QUE NO FALTE EL PAN, LOS CIGARROS

EL TEQUILA, EL DOMINÓ

EL AGUA, LA SAL Y EL ROSARIO

LA VIRGENCITA QUE LOS CUIDA

Y EL CAMINO PA´ GUIARLOS.

 

LA MONEDA PA´PAGARLE

AL BARQUERO QUE LOS CRUZA

DEL OTRO LADO DEL RÍO

DONDE ESPERAN LOS CANINOS

QUE QUISIMOS CUANDO VIVOS

 

SEAN LOS MUERTOS BIENVENIDOS

VENGAN A VISITARNOS

LOS QUE TODAVÍA ESTAMOS VIVOS

LOS QUEREMOS Y EXTRAÑAMOS