Grosso Modo

Revista Grosso Modo

Una luz en la oscuridad, parte 2 — November 30, 2017

Una luz en la oscuridad, parte 2

Dice Sabina que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, pero miente. Miente yo creo que a propósito, porque al final ha de negarlo todo. Una vez habiendo hecho el viaje que me llevó al lugar donde creí haber sido feliz, puedo decir sin miedo a equivocarme que al lugar donde has sido feliz deberías siempre volver. Que te dejes la vida en intentarlo, en intentar ser feliz. Me lo digo a mí misma todos los días, si te has de morir muérete tratando de ser feliz. No te des por vencida, no la dejes ganar, la muy hija de puta te quiere ver vencida, derrotada. Ella se alimenta de tus inseguridades y de tus miedos, no la dejes ganar. No voy a venir ahora a hacerme la valiente: hay rounds que he perdido sin siquiera meter las manos, pero hoy le voy ganando la batalla. Me ataca de muchas maneras, la tramposa. Y siempre rompe las reglas, la mañosa. Pero esas luces en el cielo y ese aire gélido me recordaron que estoy viva, y que si pude llegar al polo norte también puedo llegar al fin del mundo, y lo voy a hacer por muchas razones, entre ellas la de demostrarle a esa que me ve despeinada desde el espejo, que aunque a veces no tenga fuerzas ni para levantarse, es capaz de vencerse a ella misma, su más fuerte rival. Me lo digo, se los digo a ustedes, y se lo diría a Sabina si me oyera: vuelve a ese lugar donde fuiste feliz, a ese lugar mental, a ese lugar en tu corazón, en tu estómago, en tus venas, a ese momento donde sentiste latirte el pecho tan fuerte y la sangre correr tan rápido y la respiración acelerarse y todo girar y al mismo tiempo detenerse: vuelve, siempre siempre vuelve porque las luces no son verde neón, ni rojas ni rosas ni moradas, había nubes y treinta y siete grados centígrados bajo cero, tenía los dedos de los pies congelados y cinco capas de ropa, podía sentir mis dientes congelados y mi cuello dolorido por buscar eso en el cielo que tantas noches había soñado, pero las luces no son verde neón, son más bien blancuzcas y encontrarlas es igual de difícil que encontrar una aguja en un pajar, pero las encontré, y esas luces blancuzcas me demostraron que nuestros sueños las más de las veces pueden no ser como los soñamos, pero eso no tiene porqué decepcionarnos. El sueño lo cumplí, las luces las vi, fueron espectaculares y yo fui feliz. Volví al lugar donde alguna vez fui feliz y otra vez fui feliz. Puedo ser feliz.

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Una luz en la oscuridad — November 17, 2017

Una luz en la oscuridad

Dice Sabina que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, y aun así, aquí me tienen, a escasos días de regresar cuando menos al mismo país donde fui tan feliz, en búsqueda, tal vez, de alguna felicidad diferente o parecida, de una luz que me devuelva las ganas de vivir la vida, de un logro que me quite esta sensación de fracaso, de un frío que me caliente, de alguna soledad que me haga sentir acompañada. Llevo varias noches seguidas soñando con extraños instrumentos musicales, sostenidos por fantasmas viejos pero conocidos, despertando con ese dolorcillo de panza que puede ser tan familiar y tan molesto al mismo tiempo. Otras tantas noches tengo sueños violentos, donde grito, insulto o golpeo casi siempre a la misma persona, cada vez con un poco más de odio, la psicóloga dice que esa persona soy yo. Así somos los psicólogos, sabemos la verdad oculta detrás de las cosas, las verdaderas intenciones, los colores reales de las cosas. Resulta que todo temor es cumplimiento de deseo, que existen la negación y la proyección y que mucho de lo que hacemos está impulsado por un fuerte complejo de Edipo o por la subestimada envidia del pene. Así somos, creemos que sabemos la verdad, y la estudiamos, escudriñamos esa verdad hasta que sale como carne deshebrada en el salpicón, poca y un poco embarrada de todo lo demás. Ya no sé si fui feliz en aquél lugar. Tiendo a pensar que sí, porque si no fui feliz ahí entonces no he sido feliz nunca en ninguna parte, y eso me dejaría en la incapacidad total de ser feliz y por lo tanto en la miseria ¿para qué vivir así? Tuve que haber sido feliz en algún sitio, de algún modo, y tal vez incluso sin darme cuenta.

El nudo gordiano — November 3, 2017

El nudo gordiano

De acuerdo a la leyenda, existía en tiempos remotos un campesino oriundo de Gordión, llamado Gordias, el cual ataba a sus bueyes al yugo con un conjunto de cuerdas que se anudaban entre ellas de modo extraordinariamente complicado, complicado hasta el punto de ser prácticamente imposible desatarlas.  Este hombre sería clave para cumplir una profecía, según la cual, el próximo rey de Frigia vendría por al puerta del este junto a un cuervo que se posaría en su carro. De acuerdo a las tradiciones y predicciones, aquel que lograra desatar el nudo gordiano sería el hombre que conquistaría oriente.

La historia cuenta que, cuando Alejandro Magno se embarco en su cruzada para conquistar el Imperio Persa, cruzó el Helesponto, un estrecho entre Europa y Asia y conquistó primeramente Frigia. Una vez ahí, y conocedor como era de las leyendas y profecías, se enfrentó al reto de desatar el complicado nudo. Gordias le dijo que muchos hombres antes que él habían intentado, en vano, de realizar tal hazaña. Alejandro, tras detenerse a pensar en la mejor forma de completar la tarea, empuñó su espada y de un tajo corto el nudo. Inmediatamente después, una tormenta de rayos cayó sobre Frigia, situación que fue interpretada como la aprobación de Zeus al método de Alejandro, tras lo cual, el guerrero dijo: “tanto monta cortar como desatar”. El resto es historia, como todos sabemos, el gran conquistador logro anexar Asia a su imperio.

En la vida nos hemos de enfrentar, nos guste o no, con una multitud de nudos gordianos, situaciones de extrema complejidad que demandan todos nuestros recursos y parecen ser, a primera vista, problemas irresolubles. Nos tomamos tiempo en examinarlos desde todos los ángulos que podemos encontrar, intentamos una y otra vez desatarlos, regresamos sobre nuestros pasos y seguimos tirando de las cuerdas sin cesar, esperando que en uno de estos intentos el nudo finalmente ceda y consigamos avanzar hacia nuestra próxima conquista, ungidos, como modernos Alejandros.

Sin embargo, el problema radica en que, como dijera Albert Einstein; “Locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultados”. Hemos vivido y crecido en una sociedad, sistema educativo y modelo de pensamiento que aboga por la causalidad, por el pensamiento lineal y en algunas ocasiones, por el proceso sobre el resultado. Durante años nos hemos encargado de reprimir y asfixiar las diversas manifestaciones de pensamiento creativo, lateral, en detrimento de un orden y una modalidad de solución de problemas que comienza a mostrarse como una formula desgastada y no tan efectiva en variedad de situaciones.

La definición de la palabra problema de acuerdo a la Real Academia Española de la Lengua es; “Planteamiento de una situación cuya respuesta desconocida debe obtenerse a través de métodos científicos”. Esto nos da un indicio sumamente importante y que, al parecer, no está en la mira de muchos de nosotros, no existe problema que no tenga solución, aquel problema que carezca de repuesta no es, por definición, problema, es una ley, un hecho, algo inalterable. Cuando logramos identificar un problema y emprendemos una propuesta de solución que se muestra inefectiva, no quiere decir que el problema es cerrado y no admite remedio, quiere decir que nuestra estrategia no funciona. Es entonces que debemos hacer uso del pensamiento lateral, de la creatividad, de la espontaneidad, olvidar por un momento las reglas y valores preestablecidos y replantearnos los sucesos.

¿Que pasaría si cambiamos la estrategia?, ¿que pasaría si alteraramos el orden que creemos debemos seguir?, ¿que pasaría si cambiamos la óptica y dejamos de concebir el problema como tal?, ¿que pasa si nos atrevemos a redefinir nuestra propia situación vital?. Las matemáticas son simples, si sumamos siempre los mismos números el resultado será igual, si cambiamos las cifras, los signos o el orden, el resultado, invariablemente, será distinto pero no necesariamente incorrecto.

Un último punto importante de considerar es este, la gran mayoría de problemas en la vida no son fórmulas científicas ni álgebra, no requieren una respuesta exacta y unánime entre todos aquellos que se lanzan a tratar de conseguir la solución. La vida en su infinito abanico de colores, inmensa y caprichosa, rica y desbocada como es, posee tantas aristas que sería imposible contarlas, y para fortuna de nosotros, que muchas ocasiones estrechamos nuestro campo visual innecesariamente, eso quiere decir que el número de posible soluciones es exponencialmente mayor a una sola y que en repetidas ocasiones el problema tal vez ni siquiera sea problema. Muchas veces, no hace falta pintar un cuadro nuevo, sólo unos buenos lentes con la graduación correcta.

Me gusta ver la vida de este modo y creo firmemente que en cada uno de nosotros reside un Alejandro Magno esperando a conquista nuestra propia Persia, sea cual sea el significado de esta tierra para nosotros, y si queremos traspasar nuestros tormentos y ser libres es conveniente recordar de vez en cuando que: “tanto monta cortar como desatar”.

SEAN LOS MUERTOS BIENVENIDOS —

SEAN LOS MUERTOS BIENVENIDOS

 

A HONRAR A NUESTROS MUERTOS

NOS ENSEÑARON LOS VIEJOS

CON SUS CUENTOS Y CONSEJOS

PA´ QUITARNOS LO PENDEJOS

 

CUANDO ALGUIEN SE MUERE, LLORAMOS

GEMIMOS, GRITAMOS, REZAMOS

LA PENA ES MUY GRANDE Y EL DUELO

NO ACABA NI PRONTO NI LUEGO…

 

PERO CON VELAS Y PAPELES DE COLORES

CON FLORES, CON COMIDAS Y CANCIONES

ARMAMOS ALTARES Y DECORAMOS PANTEONES

PARA QUE VENGAN LOS MUERTITOS

A ORGANIZAR PACHANGONES…

 

SI SE ACERCA LA CALACA

LA EVITAMOS COMO LEPRA

PERO AUNQUE ESCAPEMOS DEL RAYO

DE LA RAYA NADIE ESCAPA.

 

QUE NO FALTE EL PAN, LOS CIGARROS

EL TEQUILA, EL DOMINÓ

EL AGUA, LA SAL Y EL ROSARIO

LA VIRGENCITA QUE LOS CUIDA

Y EL CAMINO PA´ GUIARLOS.

 

LA MONEDA PA´PAGARLE

AL BARQUERO QUE LOS CRUZA

DEL OTRO LADO DEL RÍO

DONDE ESPERAN LOS CANINOS

QUE QUISIMOS CUANDO VIVOS

 

SEAN LOS MUERTOS BIENVENIDOS

VENGAN A VISITARNOS

LOS QUE TODAVÍA ESTAMOS VIVOS

LOS QUEREMOS Y EXTRAÑAMOS

FELIZ CUMPLEAÑOS — September 14, 2017

FELIZ CUMPLEAÑOS

No recuerdo, en veintisiete años, un solo cinco de septiembre que no haya estado nublado, literal y figurativamente. Siempre me ha sorprendido la gente que hace cuentas regresivas para celebrar su onomástico, que se organiza fiestas millonarias, que se da regalos ostentosos. ¿Y luego qué? No encuentro ningún mérito en mantenerse vivo, además del de no suicidarse, que en mi caso sí debería contar, y ahora, mientras lo escribo, me doy cuenta de que este año sí merezco felicitaciones por ese simple y llano motivo. Pero bueno, volveré al punto original, según el cual, para el grueso de la población, sobrevivir no constituye ningún mérito y por lo tanto llegar a otro día que, según el calendario gregoriano, representa el día en que, por algún capricho del destino, un determinado individuo nació, me parece no sólo tonto sino superficial. Hace casi diez años me enteré, por error, que fui concebida, coincidentemente, por error. Siendo la segunda de una familia de tres, durante casi dieciocho años creí que mis padres habían planeado y programado mi existencia, que habían recibido la noticia con felicidad, pero sin asombro, que habían pensado en mí como el resultado de un esfuerzo, no de un accidente. Resulta que en tiempos de crisis económica y por lo tanto matrimonial, mi mamá tuvo a bien embarazarse “accidentalmente” producto de la imposibilidad de tomar anticonceptivos a consecuencia de una operación de la vesícula. Bullshit. Los bebés pueden cumplir diversas funciones dentro de una familia, una popular es la de mantenerla unida. Supongo que debería sentirme honrada al pensar que yo cumplí ese propósito siendo apenas un ser de un par de kilos y unos cuantos decímetros de estatura, sin la menor capacidad de sobrevivir sola y sin asomos de llegar a hacerlo en mucho tiempo. Pocas personas me felicitaron este año, sólo la familia y los amigos más cercanos, y alguno que otro despistado que no se ha dado cuenta de que yo no lo felicité en Facebook. Supongo que está bien, coseché lo que he sembrado. Ya no quiero hipocresías en mi vida, ya no necesito personas-paja que llenen mi existencia. Si mi existencia está condenada a ser solitaria, que así sea. Si nací y crecí siendo poco gregaria, por qué habría de cambiar ahora, un poquito más allá del cuarto de siglo, cuando me interesan menos que nunca las opiniones ajenas y no me importa ni siquiera estar sola. Cuando defiendo el silencio y me empeño en encontrar un motivo feliz en cada día, cuando como avena, y yogur, y cereal y fruta y aun así no bajo de peso, porque tomo tantas drogas que ya no sé si me hacen efecto o se contrarrestan unas con otras. Por qué habría de cambiar ahora que me corté el cabello como cadete para negociar con la vida que el cáncer no se lleve a mi tía, que estoy en medio de un duelo y sigo cayendo por la espiral interminable de la enfermedad mental. Cuando gasto en doctores y medicinas lo mismo que en todo lo demás. Por qué habría de cambiar ahora, que tengo la edad perfecta para morir joven y trágicamente, dejando detrás de mí una estela de desazón y desasosiego. Por qué habría de cambiar ahora, si no puedo.

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El Pensador — September 7, 2017

El Pensador

Puedo afirmar, sin lugar a dudas, que El Pensador, escultura de la autoría de Auguste Rodin, es mi obra favorita dentro de este género. Es, para mí, una obra de arte completa, una obra de arte verdadera, con todo lo que ello implica. Trasciende las fronteras del bronce que le da forma, transmite pasión y vida a través de sus contornos, sintetiza la vida de su creador, proyecta todos los sentimientos e ideas que pudieron pasar por la mente del francés cuando se encontraba absorto en su realización, es el pináculo de una vida de genialidad, pero más importante todavía, es capaz de despertar ideas, sensaciones, sentimientos, pasiones y declaraciones en quienes tienen la oportunidad de admirarla, abandona lo estático de su condición y empuja a una revolución en la mente del espectador.

Ahí está, un hombre a las puertas del infierno de Dante, sentado en una roca, desnudo, dejando ver el estadio más cercano a la perfección que el cuerpo puede alcanzar al retar sus propios límites. Se lleva la mano derecha a la barbilla, con el puño cerrado, apoyándose sobre su rodilla, inclinando su cuerpo al frente, con la vista en el horizonte, abstraído en el cosmos que debe ser su cabeza, su mente, sus ideas, su humanidad.

Siempre que le miro me reencuentro con aquello que nos convierte en humanos, con aquello que no compartimos con ningún otro ser viviente en este mundo, con la misma esencia de la vida de los hombres, con el pensamiento y la razón. Su figura me recuerda la que, a mi parecer es la pregunta más importante de todas las que podríamos formularnos; ¿por qué?.

En contraposición a la sencillez de su composición, formular el cuestionamiento ¿por qué?, conforma para mí, no solo parte de la lingüística que da línea a nuestro pensamiento, sino la base de la abstracción que da luz a todo conocimiento, que da forma al hombre mismo. El animal humano se vuelve ser humano gracias a la palabra, y la palabra deja de describir y pasa a crear cuando la mente concibe la pregunta prohibida para muchos, la pregunta que permite imaginar, evolucionar, entender, descubrir, impulsar nuevas eras, vernos a nosotros mismos y a los demás, pareciera que podemos acercarnos a los titanes cuando nos cuestionamos esa complejidad, cuando preguntamos ¿por qué?.

Las características definitorias del ser humano son la capacidad para amar y la razón, la capacidad para cuestionar, cuestionarse a sí mismo, cuestionar a los demás y cuestionar al medio. En cuanto a la última, hemos sido testigos del paulatino deterioro que ha tenido en nuestras sociedades y sistemas educativos actuales la habilidad para el pensamiento crítico, se ha encasillado a aquel que osa preguntar en el papel de un agitador, de un rebelde, de alguien que incita disturbio y desequilibrio, que amenaza el status quo, la moral y buenas costumbres, y quizás tengan razón, pero la genialidad de las mentes más brillantes y el legado que han dejado en este mundo nos enseña que el progreso, la evolución, el cambio, la revolución y, en general, la culminación de la maravilla que es la vida humana, tiende a ir de la mano de la inconformidad.

La cultura, la ciencia, la tecnología, la verdad, si es que es accesible a la conciencia humana, empiezan cuando el niño pequeño pregunta a su madre, a su padre a su hermano o hermana, a su abuelo, a su maestro, a su amigo, a la naturaleza, a Dios el ¿por qué? de las cosas que le rodean y que sus sentidos le capacitan para apreciar. Indaga en el origen de su vida misma y como ésta fue posible, indaga en el sol, la luna, las estrellas, la lluvia, los animales y plantas, el amor, el odio, la tristeza, la amistad, las leyes que rigen este juego llamado planeta tierra, las leyes físicas, las leyes de la existencia, las leyes de su cultura y nación, de su mundo y finalmente culmina en un sentido que justifique la vertiente de esa vida cuyo inicio algún día le intrigo. Así como nuestro hogar tiene puertas y ventanas, nuestra mente puede ser abierta de par en par hilando preguntas sin parar, parecidas al viento que vence la cerradura y el pestillo. Una vez que somos familiares con la sensación que implica el conocimiento, con el poder del saber, ya no hay vuelta atrás, se inicia el viaje y el refinamiento de este prodigio tan abstracto que es la mente, que no puede funcionar sin un laberinto de células y estructuras cerebrales, cada vez menos misteriosas a los ojos humanos y que sin embargo no pueden explicar por si mismas el fenómeno de la conciencia. El todo es más que la suma de las partes, pugnan algunas escuelas psicológicas, y en este caso es lo más cercanos que estamos de definir lo inaudito del pensamiento humano expresado a través de la palabra, de la pregunta, de la idea.

Es para mí síntoma de una sociedad disfuncional la censura del individuo, sea cual sea su edad y condición vital en toda gama de aspectos, y una muestra de sanidad y humanidad todo aquel que, sin importar el tramo de su vida en que se encuentre, pregunta ¿por qué? y despierta a la capacidad de convertir en posible lo imaginable. Es responsabilidad de nuestra sociedad, de nuestra familia, de nuestra escuelas, de nuestros gobernantes, pero sobre todo, de nosotros mismos, hacer espacio a la crítica y a la duda, al saber, a la aceptación y el ejercicio de nuestra condición de seres pensantes, a nuestra condición humana, que finita como es, puede perdurar como el bronce de ese Pensador.

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El amor no nos salva de la muerte — September 1, 2017

El amor no nos salva de la muerte

La entrada anterior divagué un poco sobre despedir a las vidas pasadas, sobre convertirnos en alguien más, sobre la metamorfosis. Esta entrada, mucho me temo, lectores, tengo que hablar de la muerte. De despedir a la vida para siempre, total y absolutamente. De ese dolor excruciante que se esconde tras un “no soportó la operación”. Como Dios es un cabrón, les dio a los perros una esperanza de vida mucho menor que la de los humanos. Como quiere que las personas buenas sepamos que de nada nos sirve ser así, nos regala periodos de felicidad seguidos de momentos de miseria total. Se le ocurrió la manera más cruel de hacernos entender que el amor no nos salva de la muerte. Es un cabrón, y para demostrarlo nos hace sentir este dolor a quienes creemos que los perros tienen alma, y que en sus ojos se reflejan los más puros y hermosos sentimientos que los humanos sólo podemos fantasear con conocer.  La vida y la muerte, dos amantes traicioneras. La una, llegando sin pedir permiso, la otra, que se va sin otorgar prórroga alguna y se lleva consigo lo hermoso y lo divino. Irremediable. No hay nada que yo pueda hacer que me vaya a devolver a mi diablillo pelirrojo. Por mucho que llore, grite o patalee, por mucho que intente negociar con la huesuda, ofreciéndole a cambio mi vanidad, mis obsesiones, mi avaricia, mi paciencia, lo que sea. Ella no cede. Llevo una semana dándole vueltas a la tristeza en los ojos de mi papá cuando tuvo que decírmelo, intentando contener el llanto pero con la voz quebrada. Vuelvo a recordar ese momento y vuelvo a sentir cómo algo dentro de mí se rompió y un poco de mi vida se murió con ella. Pasé por las primeras etapas del duelo en breves minutos, la negación, la ira y la negociación se sucedieron antes de la medianoche. Yo no diría que una termina para que comience la otra, diría que van apareciendo y se mezclan para formar un monstruo que te carcome desde dentro y que le abre la puerta a la depresión: hija de puta. Como si no tuviera ya que vivir contigo ahora resulta que tengo que lidiar con un duelo inesperado e increíble. Ningún perro se muere en esa operación, ni a consecuencia de ella. Pero mi Pasita sí. Lo que alcanzó a balbucear la veterinaria fue que probablemente estaba enferma de los riñones, y no pudo procesar la anestesia, que no fue una sobredosis, porque hubiera muerto durante la operación, que no había signos de hemorragia, pero que si queríamos podía hacer una necropsia. ¿Y qué, mancillar el cuerpo de Pasita sólo para descubrir si la culpa fue de alguien? ¿Eso nos la traería de vuelta? No, nada nos la traerá de vuelta. Se fueron para siempre sus ojitos negros preciosos y brillantes, su carácter implacable, sus travesuras cotidianas. Destruyó todo lo que pudo: cuatro pares de audífonos, un cable de conexión, la tapa de una USB, masticó mis lentes, dejó inservibles mis protectores bucales. Dos camas, el zoclo de la duela, la puerta, el auto, su collar y su correa. Secuestradora asidua de los calcetines negros de mi marido y cómplice sin límites de Luma. Lumita, su hermana mayor, también la extraña. Esta última semana no ha habido nadie que se le acurruque entre las piernas, que le muerda las orejas o las rodillas, que le pase por encima mientras duerme. Pasita. Pasiflorina, en realidad. Pasa María, cuando me hacías enojar. Busco en algún sitio consuelo o resignación, y no los encuentro.

Ayer leí de

Slide1algún poeta que cada perro que se muere se lleva una parte de nuestro corazón con él, pero que cada perro que llega nos regala una parte del suyo, así que si somos lo suficientemente afortunados, podremos vivir tanto y tener tantos perros como para que nuestro corazó

 

n se complete de partes de corazones de perro y podamos ser tan buenos como son ellos. A eso aspiro. A desarrollar la bondad y la pureza de estos animalitos peludos que me miran a través de unos ojos sinceros y que me han sanado el alma de una manera en la que ningún otro ser, cosa o ente había podido. Perdón, Pasita, por todas las veces que perdí la paciencia contigo. Necesito pensar que mi diablillo pelirrojo se ha convertido en un angelito pelirrojo que nos cuida desde el cielo de los perros y corre por verdes praderas y duerme en una cama hecha de calcetines negros. Que come

sobre cuando le place y que tiene juguetes de a montón. Necesito pensar que las cenizas que atesoramos en una urna rodeada de flores en la entrada de la casa no son sólo cenizas, sino un símbolo de que Pasita sigue estando en nuestra manada. Necesito pensar que no fue culpa de nadie, porque no puedo soportar lo opuesto. Necesito fuerza, y no encuentro de donde sacarla. Mi cuerpo ya no puede más, mi mente no soporta la presión, mi psique no tolera otra mala noticia, mi corazón está roto.

Del otro lado del diván — August 18, 2017

Del otro lado del diván

¿Cuánto café piensas tomar hoy? Es lo que me pregunté cuando decidí levantarme, quince minutos antes de las seis de la mañana, porque ya no quería seguir dando vueltas en la cama. “El que sea necesario”, me respondí. El diagnóstico de depresión fue duro, pero esperado. Lo que uno sabe a fuerza de machetearse el DSM no va a dejar de saberlo nunca. La ansiedad, esa sí fue una sorpresa. Las estadísticas reportan que alrededor del 60% de las personas que padecemos depresión también presentamos ansiedad. Es una mala pasada de la salud mental, déjenme decirles. Cuando se enlistan depresión, ansiedad, irritabilidad, sí, suena mal, pero permítanme compartirles cómo fue esta semana para mí, solo para desahogarme. El fin de semana pasado fue un continuo entre coser a máquina como si de eso dependiera mi vida, intentar tener un poquito de tiempo de esparcimiento y lamentarme por cuán rápido pasa el fin de semana. El domingo me armé de valor y le pedí a mi papá que me ayude a pagar las pastillas, yo simplemente ya no puedo más. Llegó el lunes y con él mi horario lleno, mi pasión por mi trabajo y mi angustia porque me estaba quedando sin medicinas. Esta vez un amigo hizo el favor de enviarlas desde la CDMX porque la dichosa farmacia on-line convino duplicarle el precio y, por supuesto, yo me quebré. En fin, le envié a mi amigo cinco mil pesos por un OXXO y recé para que todo saliera bien, pero el lunes se terminó lo que tenía y el cartero no llegaba con mi paquete. Pasé la mañana del lunes tomando café, por supuesto, preocupada por todo el trabajo que tengo acumulado, por la colcha, por las pastillas, porque no sabía que hacer con mi cuenta bancaria, porque el fin de semana había durado tan poquito. Por la tarde llegaron las pastillas, justo después de tomarme la última. Brinqué, grité y me emocioné, y acto seguido guardé silencio y una sombra entristeció mi mirada -¿qué te pasa? -me preguntó mi marido, el mártir de mi revolución, el que no quita el pie del cañón; -me pasa que estoy harta de trabajar para pagar esto, y que no quisiera emocionarme cuando llegan, y que quisiera no tener que tomarlas y no tener que hacerte pasar por todo eso; -lo importante es que estés bien, respondió. Lunes, martes y miércoles me levanté puntual a hacer treinta minutos de bicicleta casi dormida pero consciente de que esos doce kilos extra no se van a ir solos. Los tengo que correr a patadas. El miércoles fui al banco, me dijeron que no puedo abrir una cuenta con ellos porque ya tuve una anteriormente y la que quiero es sólo para clientes absolutamente nuevos. Le menté la madre a la ejecutiva. Salí enfurecida, eran las nueve de la mañana con siete minutos y yo ya había rabiado por eso y porque mi marido no me contestaba el teléfono ¿dónde carajos se había estacionado? Pasé la tarde entre llorando y durmiendo. Simplemente no tenía fuerzas para hacer nada más. El jueves fue simple: cuatro estudiantes seguidos, atendí a cada uno con menos paciencia, más hambre y más café que al anterior. Cuatro horas de pausa: las dormí sin más. Otras cuatro horas de clase. Por las noches cenamos, vemos una serie, jugamos con nuestras perras y dormimos, o eso intentamos. Era la una de la mañana y yo seguía con el ojo pelón, pensando en cómo la vida nos lanza una curva cuando menos la esperamos. O cómo simplemente no atrapamos la pelota aunque la veamos dirigirse rápidamente hacia nosotros. Estuve cavilando sobre el mal carácter que tuve durante toda la semana, sobre mi tono de voz con mi mamá, mi impaciencia con mi marido, mi poca tolerancia con mis estudiantes. No puse atención en cambio a cuánto cosí, a que fui a visitar a una amiga y regresé caminando a casa -algo impensable para mí-, a que soy capaz de desempeñar casi todas mis clases con un altísimo nivel de calidad y ya no me duermo en casi ninguna. No, yo me centré en lo negativo, en lo difícil, en las fallas, en las imperfecciones. Antes a eso lo llamaba ser malhumorada o perfeccionista, ahora hace falta llamarle irritabilidad y pensamiento negativo, porque son rasgos característicos de una enfermedad mental.

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Duro y a la cabeza: una enfermedad mental. Nunca me imaginé teniendo que depender de unas pastillas para funcionar medianamente bien, se supone que yo debía estar del otro lado del escritorio, del otro lado del consultorio, del otro lado del diván. Se supone que yo debía ser quien conservara la cordura en ese espacio seguro que es la consulta del psicólogo. Ayer le pregunté a mi mamá, presa de una curiosidad estúpida, quién elegía mi ropa cuando yo era niña. Me dijo que desde los tres años yo elegía que ponerme, que porqué preguntaba. Lo hacía porque esa pregunta forma parte de la clase que estaba impartiendo, un simple pretexto para practicar el pretérito imperfecto, pero yo no me acordaba. No me acuerdo de casi nada de mi niñez. La tengo bloqueada, reprimida, y estoy segura de que en algún recoveco de ese inconsciente está la raíz del problema. Mi madre me dijo asustada que pensó que algo había hecho mal. Sarcásticamente pensé: por supuesto, debiste ponerme una camisa de fuerza, pero no lo dije. Así me dieron la una y media de la mañana, con un dolor entre el estómago y el pecho en un gesto de empatía hacia una noticia que acababa de recibir. Es así: todos tenemos que despedirnos, de alguna forma u otra, en un momento u otro, de nuestras vidas pasadas. De nuestras vidas sin compromisos, de nuestras vidas pagadas, de nuestras vidas sin hijos, sin enfermedades mentales, sin duelos, sin habernos roto el corazón, sin esa borrachera de la que tanto nos arrepentimos, de nuestras vidas antes de esa decisión que lo cambió todo, de nuestras vidas antes de haber encontrado el amor, de nuestras vidas antes de ese trabajo que nos hace miserables. A veces es un placer despedir a una vida pasada. A veces es un dolor. ¿De cuántas vidas han tenido que despedirse, queridos lectores? ¿Cuántas veces la vida les ha jugado un revés que lo cambió todo? ¿Cómo batearon esa curva? Estoy melancólica, queridos lectores, disculpen la verborrea.

No tengo tiempo — August 5, 2017

No tengo tiempo

Yo me voy a morir. Eso lo sé. Todos lo sabemos, pero es raro quien se atreve a abrirle la puerta de su mente a esa idea: el sentido de supervivencia nos lo impide. Yo me voy a morir, de un infarto, y va a ser joven. No creo llegar a los sesenta años, bien me iría si cumplo los 50. ¿Qué cómo lo sé? Bueno, hay cosas que se saben, y punto. Si doy por bueno lo anterior ya he vivido más de la mitad de mi vida y por lo tanto el camino que me queda por delante es más corto que el que puedo ver hacia atrás. Mucha gente me ha dicho muchas veces que vivo con prisa, que tiempo al tiempo, que las cosas tardan en madurar. Bueno, yo no tengo tiempo de esperar. Ya no tengo ni un año más para esperar a un hombre que ni siquiera sabía si quería llegar a mí. Ya no tengo ni un semestre más para estar en una escuela que me frustraba más de lo que me gustaba. Ya no tengo ni una hora más para quemar mi piel bajo el sol y  sobre arena blanca, temiéndole al cáncer pero arriesgándome en pos del bronceado. Ya no tengo ni un minuto más para seguir teniendo miedo. Me voy a morir y el sólo imaginar ese momento en el que sepa que no hay marcha atrás, que todo se acabó, el pensar en el posible dolor, en el calor, en el frío, en la falta de aire, el rezar para que sea dormida, esos simples pensamientos me producen un vacío en el estómago y un dolor en el pecho. Siempre que puedo digo que yo no quiero ver morir a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos, e irme quedando sola en un mundo que ya no conozco y que los jóvenes me miren como a un mueble viejo, estorboso y obsoleto, y que a mi funeral no asista nadie, porque ya todos se fueron, yo no quiero eso. Nunca he entendido el deseo de vivir 100 años, la inmortalidad, la eterna juventud. ¿Para qué  querría alguien ser joven eternamente? ¿Vivir para siempre en la crisis del cuarto de siglo y no saber si lo que está haciendo es lo que le va a llevar a donde quiere ir? ¿Para qué querría alguien permanecer joven viendo a los suyos envejecer sin remedio? El tiempo pasa, y no hay nada que podamos hacer contra ello. No lo tenemos, no nos pertenece: se nos escapa de las manos cual agua limpia y fresca en un oasis en el desierto de nuestra vida, sí, la misma que vivimos esperando el fin de semana, la quincena, que el próximo mes nos sorprenda, deseando cumplir nuestro propósitos de año nuevo pero sin hacer nada al respecto, graduándonos, teniendo noviecillos que son compases de un rato y teniendo relaciones que no esperábamos pero que se quedan. La vida se nos pasa sin saberlo y de pronto los bebés que nunca iban a crecer se están yendo a la universidad y yo me pregunto en qué momento y cuando volteo a verme me doy cuenta de lo señora que soy y me resigno a mi suerte, qué va, me aplaudo mis decisiones: tengo la vida que quiero, y quiero la vida que tengo y  no tengo tiempo para perderla.

A mi amigo le gusta hablar de futbol — August 3, 2017

A mi amigo le gusta hablar de futbol

Libraries gave us power,

then work came and made us free,

what price now for a shallow piece of dignity?

-Design for life, Manic Street Preachers

Francisco tiene 45 años. Dejó a un hijo y su hogar en su natal El Salvador cuando se fue en busca de una mejor vida. Partió con la esperanza de tener un futuro más esperanzador, es decir, casi cualquier escenario que no fuera el de su país. Llegó a México después de haber viajado cientos de kilómetros y atravesó nuestro país con gran penar pero con la esperanza poblándole la mirada. A medio camino por nuestro territorio llegó a Querétaro preguntándose cuándo terminaría su travesía, cuánto más camino habría que recorrer para poder encontrar un lugar que, con un poco de suerte, pudiera llamar hogar. Dividendo sus esfuerzos entre la infame Bestia y las caminatas diurnas llegó al punto que cambiaría su suerte. Mientras caminaba siguiendo la vía para no perderse llegó a una bifurcación con un mecanismo encargado de desviar el tren a izquierda o derecha con tal suerte que a su paso se activó dejando pie quedó atrapado. Tratando de no quedar inconsciente logró liberarse aunque quedo maltrecho en el lugar hasta que acudieron a él los auxilios médicos. Francisco ingresó al hospital en donde tuvo que enfrentar tres cirugías que terminarían por amputar cuatro dedos de su pie derecho y dejarlo veintiún días en cama. Su ropa vieja, sucia y maltrecha fue tirada a la basura junto a sus zapatos, no tenía un centavo, todo lo que le pertenecía era el cuerpo cicatrizado y testigo de incontables escenas que alojaba la bata del hospital. Fue ahí en donde la psicóloga a cargo de su caso consiguió ponerlo en contacto con las personas que terminaron auxiliando y dándole refugio tras ser dado de alta y no contar con absolutamente nadie en México. Francisco tuvo otra oportunidad; después de ver a la muerte de frente y a la cara, hoy está recuperándose en México, piensa en cómo estará su hijo y si seguirá en su empleo, si tendrá ya una mujer con quien forma una familia, si pensaran en el. Platica con sus nuevos anfitriones y amigos sobre futbol, conoce a los Gallos de Querétaro y a la selección mexicana, le gusta el fútbol español y se emociona cuando habla sobre la doceava Champions del Real Madrid o el Barcelona de Pep Guardiola. Hoy Francisco recuerda su paso por México y su meta original; llegar a los Estados Unidos y trabajar su camino hacia una vida digna, como un anhelo de una vida pasada. El periplo que tuvo que atravesar en nuestro país y la situación actual del vecino del norte le han hecho reconsiderar. Para él, así como otros tantos miles que llegan cada día y que no quieren seguir las penurias pero tampoco quieren regresar a la espiral de violencia de la cual huyeron en un principio, México se ha vuelto cada vez más un destino de llegada y no un punto de paso, cada vez se arraiga más el sueño mexicano de trabajo, vida y dignidad en un país de su mismo idioma y con costumbres similares a las suyas, en donde puedan tener acceso a cosas que jamás hubieran podido en Centroamérica. Hoy Francisco sueña un futuro que inminentemente se convertirá en realidad; un país en donde nuestro vecino, compañero de trabajo, de escuela, esposo, esposa, hijo o amigos pueda ser guatemalteco, salvadoreño, hondureño, cubano o haitiano. Por mi parte, yo no puedo pedir que esa realidad se cristalice o no, porque es un hecho que así sucederá y lo que yo diga no es relevante. Lo que sí puedo aspirar, soñar y trabajar por conseguir es, quizás no un mundo, pero sí una sociedad o una comunidad que logre ver en la migración y en el migrante a un trabajador internacional y no un delincuente, que logre ver riqueza cultural e histórica y no parasitismo, que logre ver esperanza, fuerza, consistencia y dignidad y no una mercancía susceptible de ser comercializada y desechada. En una era donde el odio, la intolerancia, la ignorancia y la xenofobia han comenzado a ganar votos y traer a la superficie pensamientos que creíamos largamente superados es indispensable hacer un ejercicio de introspección y reconocer que, como pocas veces en la historia, tenemos la oportunidad de demostrar que lo contrario, que el amor, la compasión, la dignidad y el humanismo pueden cambiar a un país y pueden vencer a la demagogia y aquellos ciegos de poder. Estamos a tiempo de identificar en nosotros mismos las conductas que tanto reprochamos al extranjero y desterrarlas, demostrar que, por esta ocasión, sí existen diferentes categorías de personas y nosotros podemos ser mejores. Pero sobre todo; podemos reconocer, aprender y amar la sonrisa, la mirada,las manos cansadas, los pies atormentados, los corazones desbordados, la fe ciega, la esperanza reconfortante y la confianza implacable de aquellos que, como ramas a través del concreto, reclaman su derecho a la dignidad, a la justicia, a la humanidad y lo dejan todo en este valle de sufrimiento para poder dar una pizca de la vida que merecen a sus familias. Como país y como ciudadanos cargamos, por cada amputación física y espiritual, una amputación moral en nuestra conciencia. Recordemos que, como dice la canción, “somos idénticos al que llego sin avisar.